viernes, 1 de octubre de 2010

La Magia del Río - CAPÍTULO 9



DEJARON EL PUERTO de Frutos y caminaron hacia las orillas del Tigre.

Cruzaron pocas palabras, cogidos de la mano, disfrutaban en silencio uno la compañía del otro. Nicolás sabía que necesitaba decidirse sobre Juliet, que si no lo hiciera quedaría haciendo daño a ella, aunque no podría hacerlo sin estar seguro de que Juliet era su mitad. Juliet no podía evitar que su pensamiento la avisase que sus días allí llegaban al fin. Su tiempo con Nicolás acabaría el viernes de la próxima semana. No quería acordar eso, no lograba olvidar.

–Ha faltado algo en la comida de hoy –declaró Juliet.

–¿Qué?

–El postre.

–Hmmm... Mis poderes paranormales me permiten leer el pensamiento de las hermosas turistas que visitan el Delta... A ver, a ver..–. Juliet reía de la broma de él–. Por supuesto, te quedas pensando en un helado.

–Desde luego tus poderes paranormales son de hecho fantásticos, nadie imaginaría que yo me quedaba pensando en un helado.

–Y no es un helado, es helado de dulce de leche, menta y chocolate.

–Nicolás –ella dio una sonrisa triste –, me conoces como nadie nunca me ha conocido.

–Es decir que nadie nunca te quiso como yo te quiero.

La intensidad de las palabras de él la hizo temblar. Nicolás pasaba de la broma a la seriedad en un segundo, el que a veces hacía las cosas más sencillas y en otras, como ahora, dificultaba. Esa oscilación daba más fuerza al que él decía.

–¿Y dónde encuentro mis preciosos helados?

–En algunos minutos los encontrará en tus manos.

Caminaron hacia la Estación Fluvial. Nicolás tomó aliento, el momento mágico se fue. Con Juliet era así: en un momento ella abría su corazón, en el rato siguiente, lo cerraba. Si tuviese más tiempo para ganar su afecto...

–¡Nicolás!

Los dos volvieron la cabeza hacia la persona que lo había llamado. Juliet vio una mujer muy hermosa haciendo señas. Era alta, tan alta cuanto Nicolás, tenía los ojos negros así como el pelo largo que se le caía en cascada por la espalda. La boca carnuda quedaba realzada por un pintalabios discreto, que le daba un aire elegante.

Juliet se encogió de hombros, ya debería haber se acostumbrado con esas cosas. Todas las veces que salía con Nicolás, las chicas lo miraban con admiración y a ella con envidia, o rabia. Nicolás siempre las ignoraba, pero hoy hizo el contrario: con una seña llamó la mujer.

"Bien", dijo Juliet a sus adentros, "él sabe que dentro de poco me marcho del país, no hay porque no ocuparse de otra mujer".

–Hola.

La mujer saludó Nicolás de la misma manera que Juan Pablo, la misma intimidad. Juliet pudo cerciorarse que ella era un poco mayor que Nicolás, tres o cuatro años tal vez.

–Hola, Verónica. Esa es Juliet –presentó Nicolás volviendo la mirada hacia su acompañante–. Mi prima Verónica, Juliet.

–Hola, Juliet.

Juliet fue saludada de aquella misma manera efusiva, tan distinta de los saludos en su familia.

–Hola –dijo Juliet tímidamente.

–¿Es tu descanso, Verónica?

–Sí.

–Y seguro que fuiste buscar Juan Pablo en el restaurante.

–Siempre lo hago en mis descansos –repuso ella encogiéndose los hombros.

–Desde luego, a fin de cuentas él es alguien muy llegado a gastar su tiempo en cuentos chinos –dijo Nicolás con ironía –y además, ustedes nunca tienen tiempo de trocar siquiera unas pocas palabras. ¿He tenido alucinaciones o ustedes quedan mismo de secretos en los últimos días?

Verónica rió.

–El único secreto es que él casi me ha dado con el remo en el casco –Nicolás rió y Verónica miró hacia Juliet con un acento de preocupación –No lleves eso al pie de la letra, Juan Pablo ni siquiera sacó el remo del agua, sino ha dado una de aquellas miradas terribles que suele dar cuando le hacemos preguntas.

–No puedo imaginarlo peleándose con alguien –comentó Juliet.

–Oh, no –Verónica hizo un ademán de desdén –con una mirada derrumba cualquier adversario, no necesita pelearse.

–Verónica, hemos venido por un helado, ¿puedes quedarse con Juliet mientras lo busco?

–Deberías preguntarle a ella se puede quedarse conmigo, ¿no? ¿Has perdido tu buena educación por ahí? Por supuesto que me quedo con ella, y puedes demorar todo lo que quiera. Sabes... dos mujeres siempre tienen mucho que hablar.

Nicolás balanceó la cabeza, sonriendo y siguió hacia la heladería. Verónica llamó Juliet para sentarse en una mesa.

–Eres todo que Nicolás ha dicho, Juliet.

–Por lo visto él ha hablado mucho de mí.

–No ha hablado de otra cosa desde que te conoció. Por eso Juan Pablo estaba preocupado por él.

–¿Ya no lo está? –Juliet no se contuvo.

–No –Verónica sonrió y cogió la mano de Juliet –y yo estoy de acuerdo con él. Creo que ya sabes que Nicolás se ha enamorado de ti –Juliet asintió, bajando los ojos –¿Y tú? ¿Qué sientes por él?

–Eres más directa que Juan Pablo.

Verónica sonrió y soltó la mano de Juliet.

–Buen, somos dos mujeres, quizá sea más fácil hacer confesiones amorosas a mí que a él.

–¿La respuesta es importante?

–Mucho más de lo que puedes imaginar hoy, tal vez un día sepas lo importante que es.

Juliet estrechó los ojos, el tono de Verónica había sido muy fatalista. Seguro que había algún gran secreto entre ellos, un secreto que tal vez Nicolás no supiese, pero que Verónica y Juan Pablo sabían. Aunque bastante distinta de los hermanos, Verónica tenía algo muy parecido a Juan Pablo, pero Juliet no lograba definirlo ahora.

–No puedo decirte lo que siento por Nicolás porque ni yo lo sé. Hace cosa de un mes que deshice un noviazgo de cuatro años debido a su traición.. Aún estoy muy dolida por ello.

–Y Nicolás te hace olvidar a ese hombre.

–Al contrario, Nicolás me hace pensar en mi noviazgo con Bryan y en el propio Bryan.

–Y sigues con él. ¿Por qué?

–Porque me gusta estar con Nicolás. Como nunca me ha gustado estar con nadie.

Nicolás se acercó trayendo los helados y la conversación cambió de rumbo. Verónica se quedó un tiempo con ellos y luego volvió a su trabajo, dejándolos solos. Nicolás se había percatado de la tensión entre ellas cuando llegó, no quiso decir nada para evitar problemas con su familia. Apenas Verónica se alejó, miró Juliet con atención:

–¿Verónica ha sido desagradable contigo?

–No. ¿Por qué lo dices?

–La tensión entre ustedes cuando volví con los helados.

–Bien –Juliet tomó aire –ella ha hecho las preguntas que tu hermano no tuvo valor para hacer.

Nicolás estrechó los ojos y su rostro asumió una apariencia amenazadora que asustó a Juliet.

–No hay problema, Nicolás –ella puso la mano en el brazo de él –No ha sido nada malo, y creo que si estuviese en la posición de ellos, haría lo mismo. ¿Es ella la que cuida la casa de ustedes?

–Sí, es la única prima que tenemos, todos los otros son hombres.

–¿Una familia sólo de hombres?

–Casi. Las mujeres hacen falta –Nicolás acarició la mano de Juliet que aún quedaba en su brazo–. Y no es sólo para cuidar de la casa.

La mirada de los dos se encontró, dejando a Juliet sin aliento.

–Sabes que te quiero, Juliet –dijo él con la voz ronca.

–Sé, Nicolás. Así como sé que yo te quiero, pero...

Él puso el dedo sobre los labios de ella.

–Tienes miedo de lo que sientes, así como del río y de tantas cosas. No hace falta que me lo expliques, yo sé y eso es lo bastante.

Juliet se sintió invadida por el calor sensual que desprendía de los ojos de Nicolás. Experimentaba hacia él sentimientos que nadie le había despertado. Algunos eran sus conocidos, aunque no los sintiera con aquella intensidad; otros, una novedad. Una agradable novedad. Es decir, todo lo que venía de Nicolás resultaba agradable.

Volvieron a recorrer la orilla de Tigre hacia el Luján. Juliet alzó la mirada al Parque.

–¿Te sientes atraída por él?

–No –ella rió –, quedaría más fácil que me convenciera a subirme en un bote que a la rueda.

–Es decir –Nicolás rodeó la cintura de ella con el brazo –que aún me queda una oportunidad de que vayas a mi casa.

–No ha sido eso lo que dije –protestó Juliet.

–Sin embargo, has empezado a considerar la posibilidad de subir a un bote. Es el primer paso.

Juliet sintió el pulso acelerar cuando él dio un paso adelante, acercándose más a ella. Observó aquel rostro agradable, ahora tan cerca del suyo y se perdió en pensamientos. La piel helada hacía un gran contraste con el fuego de sus ojos.

¿Todo su cuerpo sería así, frío? ¿Una mujer encendería aquella piel bronceada y lo haría sudar durante el amor? Juliet sabía que podría ser ella misma quien obtuviera las respuestas. Nicolás la quería.

Cuando él inclinó la cabeza en su dirección, Juliet anticipó que no sería aquel roce suave de la estación, pero jamás había adivinado cual sería su reacción a un beso de Nicolás. Y lo hizo de una manera desconocida hasta entonces.

La boca carnuda tomó la suya con firmeza, haciéndola sentir no sólo su gusto sino también su frialdad. Los labios de él estaban tan fríos como sus manos y aún así, capaces de encender en ella un fuego desconocido. Nicolás la apretó fuertemente contra su pecho y Juliet, sin darse cuenta, entrelazó las manos detrás de su cuello. No fue un beso largo, pero les quitó a los dos el aliento. Cuando Nicolás apartó los labios de los suyos, Juliet apoyó la cabeza en su pecho y pudo oír los latidos de su corazón.

Nicolás cerró los ojos, inhalando el olor dulce del pelo de Juliet. Si pudiera diría ahora mismo: "Yo te quiero como mi mujer". No podía. No antes de ver el lunar. Creía ciegamente en las palabras de Juan Pablo, pero ahora no podía hacerlo. El tema era demasiado peligroso para todos ellos para que él lo manejara de una manera tan ligera. Primero de todo el lunar, luego la pediría en matrimonio.

Juliet tardó algunos minutos en volver a respirar con normalidad. Sentía demasiadas cosas y seguro que Nicolás se percataba de ello. No podía esconder sus sentimientos de si misma y ni de él.

–Nicolás...

Ella alzó la mirada hacia aquellos ojos negros que la encendían y esta vez fue Juliet la que buscó su boca para un beso largo y posesivo. Ya que no podía huir de esos sentimientos, se entregaría a ellos. Como Juan Pablo le había dicho: el tiempo que tenía era poco.

Nicolás enmarcó el rostro de ella con las manos, mirándola como si fuese la última vez, como si quisiera gravar en su mente cada línea, el calor de aquellos ojos, la curva suave de la boca…

Juliet tembló.

–No quiero asustarte –le dijo él en un murmullo.

–Quizá seas tú el que se asuste –Juliet hizo una pausa y tomó aliento–. Quiero ir a tu casa.

Nicolás quedó sorprendido y demoró un rato a reaccionar.

–¿En bote? –masculló Nicolás.

–Has dicho que es la única manera de llegar allá.

–Y así es.

–Si tienes un bote... podemos ir.

–¿Segura de qué quieres ir?

–Sí.

–El bote está al pie de esta escalera. Es sólo bajar.

–¡Has planeado esto! –exclamó Juliet, fingiéndose enojada.

–¿Besarte? –Nicolás contornó la boca de ella con el índice –Lo quise desde el primero día en que te vi. No ha sido planeado, sino un deseo.

–¿Y necesitaba ser aquí?

Nicolás se encogió de hombros.

–Ha sido la primera oportunidad que me diste.

No. No había sido así, pensó Juliet. Había dado otras oportunidades a Nicolás para que la besase, pero él no lo había hecho.. A pesar de la manera relajada de hablar y de actuar, Nicolás era tímido. La novedad le sorprendió y, también, le encantó. Era eso lo que amaba en Nicolás: él no tenía la apariencia del un hombre perfecto.

Bajaron la escalera. Juliet no pudo evitar el temblor que le invadió al mirar el pequeño bote.

–Nicolás...

–Vamos Juliet. Olvídate de tu miedo, piensa en cosas que te gustan.

Él le tendió la mano y Juliet aceptó. Ignoró su miedo y subió al bote. Se sentó en el lugar que él le señaló y se percató de que no era tan chico como parecía. Tal vez pudiesen viajar en él cuatro personas sin estar incómodas. Nicolás soltó las amarras, se sentó delante de ella y cogió los remos.

Juliet tomó aire. Además de ser un isleño, Nicolás era un marinero profesional, aquel miedo no tenía razón de ser. Si conocía alguien que pudiera manejar un bote con seguridad, esa persona era Nicolás. A los pocos minutos se relajó, aunque al dejar el Tigre y entrar en el Luján, un escalofrío recorrió su espina. No era un escalofrío de miedo, era algo más cerca del placer y sorprendió a Juliet.

Sin el barullo del motor, el río parecía mucho más cerca de ella, podía oír el sonido de los remos en el agua, sentir el olor del agua... el mismo olor que sentía en Nicolás. Y que sintiera en Juan Pablo. Ellos olían al río que amaban. Una suave brisa jugaba con su pelo y Juliet cerró los ojos.

Nicolás la observaba con atención. Aunque Juliet hubiese venido por su propia voluntad, sin ninguna presión o insistencia suya, temía que ella se arrepintiera. O peor: quedase en pánico cuando estuvieran en medio del río. La manera como ella se fue relajando la sorprendió. O no. Podía ser un efecto del río.

No le había preguntado a Juan Pablo sobre la relación de una mitad con el río, pero recordó que era un de los señales: la identificación con el Luján. Y sólo con él. Como le ocurría a Juliet. Ella se había relajado solo cuando empezaron a navegar el Luján.

–¿No es esta tu casa, Nicolás? –preguntó Juliet cuando pasaron delante del muelle que él le había enseñado otro día.

–Sí, es ella, pero hay un canal para botes del que es más fácil bajar.

Ella sonrió. Seguro que bajar del bote por una escalera en el río no le iba a gustar. Nicolás remó para el canal y Juliet se quedó encantada con la playa. Tan encantada que no le importó bajar del bote aún en el agua. Se quitó las sandalias y bajó junto con Nicolás, que arrastró el bote para la arena.

–No esperaba que tuviesen una playa –comentó ella.

–Estoy tan acostumbrado a ella que no te he hablado de la playa. Me acordé de ella cuando nos acercamos y me preocupé con tu miedo a bajar en el muelle.

Eso era verdad, la idea de traerla a la playa surgió así. Pero lo que no le diría era la razón de esa playa. Su existencia era un secreto. Como el cambio.

Nicolás cogió la mano de ella y siguieron por un sendero empedrado. La isla era agradable, con muchos árboles que ofrecían su sombra con generosidad. Juliet miraba todo con atención. Luego los árboles disminuían y daban lugar al césped. Ella vio la casa.

–¡Es linda, Nicolás!

–De acuerdo –repuso él con una sonrisa orgullosa–. Lo siento, pero no vas a ser recibida como una invitada de honra.

Juliet lo miró intrigada y Nicolás se lo explicó:

–La puerta de la sala está cerrada, vamos entrar por la cocina.

–Da igual, quedaré dentro de ella de la misma manera.

–Estoy muy contento que estés aquí, Juliet.

–Agradece a tu hermano y a Verónica por que esté aquí. Juan Pablo, al hablar de aquella manera sobre la casa, me ha dejado curiosa; y conocer la mujer que cuida de la casa que amas, me causó celos. He venido mitad por curiosidad, mitad por celos.

–¿Celos? –él repitió divertido.

–Sí. Cuidar de la casa de un hombre es algo muy... personal.

–Juliet, Verónica es nuestra prima, casi como si fuese una hermana.

–Lo sé. Pero he tenido celos.

Ella reía de si misma y Nicolás no pudo resistir a aquella sonrisa atractiva, la tomó en sus brazos y la besó. Un beso suave, tan tierno que Juliet casi sintió ganas de llorar.

–Bienvenida a mi hogar –dijo él aún con ella en los brazos.

Nicolás abrió la puerta y Juliet entró. La cocina tenía muebles blancos, toda suerte de aparatos electrodomésticos, jarrones de flores, un sin número de objetos decorativos y estaba inmaculadamente limpia y organizada. Ella sintió los ojos húmedos: como pensaba, era un hogar.

De allí, pasaron al comedor y Juliet rió al mirar los solemnes muebles de madera oscura.

–¿Qué pasa? –preguntó él.

–Lo siento, Nicolás. No es nada.

–¿Por qué?

Como él parecía curioso y no enojado, ella le dijo la verdad.

–No parece un comedor, sino un salón de reuniones–. Juliet no se percató que Nicolás había temblado con su comentario–. Es muy distinto de la cocina.

–No solemos comer aquí, lo hacemos en la cocina.

La sala podría relacionarse con Juan Pablo: un ambiente elegante. Una mezcla de muebles de madera, hierro y mimbre de mucho buen gusto. Una tele muy grande y sillones confortables, hechos para el uso tras un día de trabajo, dominaban el ambiente. Pequeñas piezas y cuadros en la pared daban el toque personal.

–Me hace pensar en Juan Pablo –dijo Juliet –, aunque hay algo de ti aquí.

–Cuando está en casa, él suele quedarse aquí. Sobre todo cuando hay fútbol –añadió Nicolás señalando la tele.

–Está todo muy limpio y organizado para ser la casa de dos hombres. Verónica hace milagros.

–No. No hace. El milagro es de Juan Pablo.

Juliet se volcó hacia él, que rió.

–Cerca de él todo tiene que estar limpio y organizado. Es casi obsesivo con la organización, las reglas y rutinas.

–Tú no.

Nicolás hizo una mueca.

–Lo mismo que él.

Estallaron en risas.

–He dicho que ustedes son iguales –Juliet le tocó el rostro –increíblemente iguales.

–Eso no me gusta.

–¿Por qué?

–Puedes enamorarte de cualquiera de los dos que da igual.

–No. Es de ti que estoy enamorada.

Nicolás dio una amplia sonrisa y Juliet quedó sorprendida en como aquella declaración le hubiera salido fácil. Sin miedo ni culpa. Simplemente lo dijo y era la verdad.

Tras enseñar toda la planta baja a Juliet, Nicolás la llevó a la piscina. Ella se estiró en una reposera mientras él volvía a la cocina. Juliet miró a su alrededor, tomando aire. Sentía como si este fuese su lugar. Tenía más afinidad con aquella casa que acababa de conocer, ya lista, amueblada y decorada, que con aquella que iba ser el hogar de ella y Bryan. La casa que viera ser construida, que soñara que sería su hogar. Parpadeó para impedir las lágrimas, no quería llorar. No mientras Nicolás estuviese cerca. Después...

Nicolás volvió con un refrigerio. Comieron, bebieron, hablaron de cosas sin importancia. Juliet sentía en él una extraña tensión. Desde que volviera de la cocina Nicolás parecía preocupado. Justo cuando ella iba le preguntarle si todo quedaba bien, él comentó:

–Creo que hoy hace más calor que los otros días.

–Tal vez.

Juliet se quedó sin palabras al se percatar de que Nicolás se iba quitar el polo. Eso le hizo acordar la primera vez que lo vio, nadando en el río. Desvió los ojos. No estaba segura de como reaccionaría a la visión del ancho pecho desnudo, luciendo aquella piel bronceada. Una invitación al pecado.

Nicolás se quedó desilusionado al verla volver la mirada hacia el otro lado cuando empezó a quitarse la ropa. Se encogió los hombros. En algún momento Juliet lo iba mirar, y no había como no percatarse del lunar. Necesitaba que ella viera el lunar.

Cruzaron algunas palabras y Juliet se limitó a mirarle al rostro. La desesperación empezaba a dominar Nicolás. No que fuera urgente que ella viera el lunar, pero su ansiedad por una prueba de que ella era su mitad creaba la urgencia.

Se acercó a ella, arrodillándose a su lado.

–¿Cuánto tiempo tenemos?

–¿No entiendo? –Juliet no comprendió él que Nicolás quería saber. Podrían ser tantas cosas...

–¿Hasta cuándo te quedas en Argentina?

Incómoda con la pregunta, Juliet se sentó en la reposera bajando los pies al suelo y, así, poniéndose de frente a Nicolás.

–Puedo quedarme hasta el viernes de la próxima semana.

–¿Es ese todo el tiempo que tenemos?

–Sí.

El dolor en los ojos de Nicolás la hizo bajar los ojos. Bajar la mirada hacia el pecho de él. La piel bronceada, la musculatura bien definida, el movimiento de su respiración acelerada y...

Nicolás se percató del exacto instante en que los ojos de Juliet se fijaron en su lunar. La expresión de terror en la faz de ella le dio la dimensión de todo que aprendió sobre la necesidad que tenían de ocultarse de los humanos.

Desilusionado, concluyó que ella no era su mitad. Juliet no tenía un lunar. Peor que eso, había cometido el mayor error de su vida: enseñara su lunar a una chica humana. Intentó hacer que aquello sonase normal.

–Es horrible, ¿no?

–¿Qué? –preguntó ella con la voz apagada.

–Ese lunar.

–¿Lunar?

Nicolás pensó que ella no comprendía la palabra, y se lo enseñó:

–Este lunar en mi pecho. Es grande y feo.

–Lunar –repitió ella.

–Sí. Así se llama.

Ella extendió la mano y tocó el lunar con la punta de los dedos. Nicolás tembló de placer con ese toque y por un rato cerró los ojos. La conciencia volvió y los abrió, mirando Juliet que parecía haber entrado en transe.

¿Un embrujo?

¿Consecuencias de que un humano mirara el lunar?

¡Maldito sea! Juan Pablo nunca le explicó sobre ello, ni tampoco cuando Román le dió la idea de enseñarle su lunar a Juliet.

–¿Juliet, estás bien? –la voz de él cargaba toda la desesperación que sentía.

Ella ignoró la pregunta y siguió acariciando el lunar con la punta de los dedos, muy despacio, un roce que provocaba olas de placer en Nicolás.

Él jadeó.

Juliet movió la cabeza y, acercando sus labios al pezón endurecido, besó el lunar. Nicolás se percató de que además de los pezones, otras partes de su cuerpo quedaban endurecidas.

Juliet alzó la mirada.

–Tal vez no me creas... tengo un idéntico, aunque del lado derecho.


2 comentarios:

  1. ¡Sí, sí, sí! ¡Tiene el lunar! ¡Es su mitad!
    ¡Qué capítulo más bonito, tan romántico! Me encantó cuando él le dijo que la quería... Nicolás es tan dulce. Y me encantó que Juliet también se animara a decirle que está enamorada de él. ¿Qué pasará ahora? Me imagino la felicidad de Nicolás cuando tome consciencia de lo que Juliet le ha dicho del lunar.

    Cris, ¡qué bueno que Juan Pablo también tendrá su libro! Ya me imagino que las cosas no serán fáciles para él.

    Besos,
    Bri

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  2. Cristina que hermoso capitulo en verdad !!
    Los detalles, la intensidad de esos momentos, el amor que se declaran ya sin miedos,que emoción para Nicolas !!
    Muy bueno !!!
    Buen fin de semana
    Besos ^ ^

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