miércoles, 6 de octubre de 2010

La Magia del Río - CAPÍTULO 14



JULIET SALUDÓ Verónica con un ademán y sentó en una de las mesas de la heladería. En cuanto terminó de atender los clientes y la tienda quedó vacía, Verónica sirvió dos porciones de helado y sentó a la mesa con Juliet.

–¿Cómo fueron las cosas?

–No puedo quejarme. Los trámites del papeleo llevarán más de un mes, pero si el matrimonio es confirmado por la iglesia no hay problema en quedarme en el país. Me han dado los papeles necesarios para que la iglesia acepte realizarlo bajo el punto de vista de la ley civil. Quedan las cuestiones religiosas.

–De hecho, las cosas no son malas. ¿Crees que puedes arreglarte con la iglesia?

Juliet se encogió de hombros.

–La iglesia había aceptado mi matrimonio con Bryan, no veo porque pueda crear problemas sólo por haber cambiado de novio. Si podía casarme con un canalla, creo que lo pueda hacer con un hombre íntegro.

Verónica carcajeó.

–Pues bien, vamos empezar con nuestros planes considerando que la boda sea en la próxima semana –declaró Verónica con alegría.

–O eso o me vuelvo a Arkansas.

–Seguro que no te vuelves. Juan Pablo pone todo patas arriba pero no te dejará alejarte de Nicolás.

–Ustedes se llevan bien –comentó Juliet.

–¿Yo y Juan Pablo? –Juliet asintió –No hay como ser diferente, es nuestro Consejero. ¿Ustedes no?

–Creo que sí, aunque él me da miedo.

Verónica hizo un ademán de desdén.

–No te fijes en eso, él da miedo a cualquiera. Hasta en el trabajo.

Juliet se calló por un rato. Juan Pablo le gustaba, aunque en algunos momentos tomase las riendas de la cosa como si fuese el dueño de su vida, actuaba hacia ella como un hermano celoso y protector. Hacía lo mismo que con Nicolás. El río le estaba dando el amor de su vida y el hermano que siempre soñó tener. Sonrió.

–Pensaba en cosas buenas.

La voz hizo a Juliet estremecer. Estaba tan absorta en sus pensamientos que no se percató de la llegada de Nicolás.

–Pensaba en nuestra vida –repuso ella.

Cuando Juliet le contó las novedades Nicolás quedó contento. Las cosas iban salir bien. Como su hermano dijera. Fueron a la iglesia y tras una conversación tranquila lograron arreglar la fecha de la boda para el penúltimo día del mes.

Nicolás llevó Juliet hasta la empresa donde trabajaba para presentarla y contar las novedades. El capitán con quien Nicolás solía trabajar no se conformó con una boda sin noviazgo y les dijo que si no aceptaba una parrillada en su casa el lunes como fiesta de noviazgo, no iría a la boda. Aunque Nicolás supiese que no era en serio, aceptó. La idea le agradaba. Se sentía feliz y quería compartirlo con todos.

Volvieron a la estación por Verónica y Juan Pablo. Habían venido todos juntos, tendrían que volver juntos. Verónica ya había adelantado las novedades para Juan Pablo, le contaron de la iglesia y de la parrillada del lunes.

–Un noviazgo de una semana –comentó Verónica–. Muy romántico. Mañana iremos por el vestido, ya me arreglé el día libre. Quizás podamos cuidar de algunos otros detalles también ahora que tenemos la fecha.

–Poca cosa puede ser hecha en una semana, Verónica –dijo Juliet–. Ya he cuidado de los preparativos para una boda una vez... más de un año y no logré tener todo arreglado.

–Lo hiciste una vez mientras yo lo hice una cincuenta de veces.

–Las amigas de Verónica entran en pánico y ella toma las riendas –explicó Nicolás.

–Y hasta hoy nadie ha dicho que algo saliera mal. Vas a tener una boda de ensueños, Juliet.

–Estoy segura de eso –repuso Juliet apoyando la cabeza en el hombro de Nicolás y cerrando los ojos.

Dejaron Verónica en el muelle de su casa y volvieron a la suya. Nicolás ató el bote, bajó al muelle y tendió la mano para Juliet. Ella sonrió, empezaba a se sentir menos aterrorizada al bajar o subir en un bote. Podría vivir bien allí.

Los tres siguieron juntos hacia la casa y apenas entraron en la cocina prepararon una cena rápida. Toda la conversación mientras cenaban fue sobre la boda. Nueve días. Ese era el tiempo que tenían. Limpiaron la cocina y, mientras Nicolás la llevaba hacia la sala, Juliet oyó el carillón de la puerta. Seguro que Juan Pablo haía salido.

–Tu hermano va al río, ¿no?

–Sí. A él le gusta hacer el cambio por la noche.

–¿Sueles esperarlo?

–A veces.

–¿Juan Pablo se molestaría si nosotros lo esperáramos aquí?

–Creo que no.

Juliet sentó y miró Nicolás con dulzura. Ahora estaba todo arreglado, él sería su marido. Parecía increíble, pero aquel hombre guapo y cariñoso estaba enamorado de ella. Sí, no era sólo la cuestión del lunar, Nicolás no la tomaba por obligación: estaba enamorado de ella antes de saber de su lunar. Así como ella.

–Quita la camisa y ven aquí –pidió ella.

–¿Por qué quieres que me quite la camisa? –preguntó Nicolás mientras lo hacía.

–Para ver tu lunar. Me gusta.

Nicolás se acostó en el sofá con la cabeza en el regazo de Juliet.

–¿Qué es eso de la maldición? ¿De dónde vino?

–Es muy antigua, como de cuatrocientos años. Un hombre había sido acusado de ayudar a los contrabandistas portugueses y durante su juicio él lanzó imprecaciones en contra Nuestra Señora de Luján. Había sido condenado a la muerte. Su esposa estaba embarazada y cuando el hijo nació, traía el lunar. Nadie le dio importancia, era sólo una marca. La viuda se casó otra vez y llevaba una vida tranquila con su nuevo marido. Tuvieron otros hijos. Él que llevaba la marca, aprendió a nadar muy temprano y le gustaba mucho, pero nadie se incomodó con eso. Un día, cuando él tenía cosa de catorce años, trabajando con su padrastro, viajaban en un bote por el Luján. Vieron un niño ahogándose y el joven se lanzó al agua para salvarlo. Apenas entregó el niño a su padre en el bote, el cambio empezó. Además del barco de su padre, había otros barcos y personas en la orilla.

–¿Todos lo vieron?

–Tal vez no. Creo que lo vieron sólo los que estaban más cerca, pero el alboroto y las descripciones fueron muchas y al fin todos decían que lo habían visto. La madre, en esa misma noche, tuvo una visión de la Virgen de Luján en la cual Ella le decía que su hijo cargaba una maldición y que esa maldición sería pasada de generación en generación.. En la visión la madre fue informada de que el lunar era la marca de la maldición, que su hijo desde niño se transformaría en un pez todos los días y que sólo podría casarse con la mujer que cargase la otra mitad del lunar. Él nunca más fue visto por nadie.

–¿Desapareció?

–No fue visto, pero es seguro que ha vivido cerca del río, ya que necesitamos de él. De alguna manera debe haber encontrado su mitad y vivieron juntos, tuvieron hijos, pues nosotros estamos aquí.

–Eso es. ¿Cómo es que la maldición aún es conocida si él ha desaparecido? Si nadie nunca más supo de él, deben de haber pensado que él murió sin dejar descendencia.

–Quizás hubiese sido así si todo quedase oculto como nosotros lo hacemos hoy. Si ha sido por imprudencia o desconocimiento no sabemos, pero hubo los que enseñaron su lunar, los que se dejaron atrapar en el cambio, los que hicieron el amor a mujeres que eran sus mitades... y así la leyenda de la maldición volvió a ser conocida y los lujanes fueron buscados implacablemente.

–¿Perjuicio?

–Sí. Y también curiosidad. Ese es el mayor miedo de Juan Pablo: la curiosidad sobre el cambio.

–¿Cómo así?

–La curiosidad de los científicos. Si nos descubren, seguro que desearán hacer estudios y experimentos. A pesar del cambio, somos humanos, tenemos sentimientos como cualquiera humano y no podríamos servir de cobayas de laboratorio.

–Desde luego.

Juliet acarició el pecho de Nicolás. La conversación lo dejó inquieto y tenía la respiración alterada. Ella aún tenía una pregunta importante, pero no quiso hacerla ahora. Cambió el tema preguntando de las islas y sobre eso hablaban cuando Juan Pablo volvió. Oyeron el sonido del carillón y enseguida de la puerta de la nevera. Pronto él entró en la sala con una lata de cerveza en la mano. Juliet tembló levemente observando el pelo mojado. Él sentó a frente de ellos.

–¿Y tu familia, Juliet? ¿Ya le hablaste de Nicolás a ellos?

Ella se quedó incómoda con la pregunta de Juan Pablo.

–No.

–¿Piensas en hacerlo? ¿O vas a comunicar tu boda sólo cuando no puedan interferir?

Juliet tomó aire para contestarle:

–Mi familia no corresponde a tu idea de lo que es una familia, Juan Pablo.

Él sorbió un largo trago de cerveza, mirándola.

–Sea como sea, Juliet, son tus padres. No sabes lo que es no tenerlos. No te alejes de ellos de esa manera.

–Voy llamarlos.

–Mañana vas a tener un día largo, ¿puede llamarlos el domingo?

–Sí.

–Nicolás estará a tu lado, Juliet. No importa lo que pase, acuérdate de que no estás sola.

–Me gustaría tenerte a mi lado también cuando llame mis padres, Juan Pablo.

–Me quedaré con ustedes –él sorbió otro trago y dijo: –Voy te dar un consejo: descanse esta noche. Verónica va a dejarte exhausta mañana. Seguro que ya ha arreglado con algunas amigas para que las acompañen y tiene una disposición envidiable.

Nicolás se incorporó y sonrió hacia Juliet.

–Antes, él decía "vete a la cama, niño" cuando querría quedarse solo. Como ves, con las damas mi hermano es más educado.

Nicolás se puso de pie y tendió la mano para Juliet. Besó la mejilla de su hermano, deseándole una buena noche y siguió hacia la habitación con Juliet. Juan Pablo se quedó en la sala por mucho tiempo más, inmerso en sus pensamientos.


OTRA VEZ Juliet fue despertada con un beso. El beso dulce de Nicolás. Aquel hombre era capaz de los besos más salvajes que pudiera imaginarse y de los más dulces. El arrebatamiento pasional de él a veces le asustaba, pero esa dulzura hacía el equilibrio de su personalidad. Desde luego que siendo hermano de Juan Pablo tendría que cargar algo de aquella personalidad tan fuerte.

–Me voy al río –dijo Nicolás y la besó otra vez.

–Hoy no te espero aquí. Apenas salga, me voy duchar y bajaré a la cocina para hacer el desayuno.

Nicolás la miró con duda.

–¿Estás segura de que vas llevarlo bien cuando vuelva?

–Sí.

Con un beso de despedida él se fue. Una hora después volvió y, como le dijera, Juliet quedaba en la cocina. El desayuno ya listo hizo que su estómago diera un vuelco.

–Hola –dijo Nicolás en el marco de la puerta.

Ella volcó la cabeza hacia él y le sonrió.

–Me siento mejor que ayer, como he dicho: puedo llevar eso bien.

Nicolás se acercó y la abrazó, asaltando su boca con un beso hambriento. Cuando él alivió la presión en sus labios, Juliet desvió la cabeza.

–No estamos solos –murmuró ella.

Nicolás tomó aliento.

–Sí. estoy hambriento, es mejor comer..– Él sonrió maliciosamente y añadió: –Hablo del desayuno.

Él se sentó a la mesa y ella lo acompañó. Apenas comenzaron el desayuno, Juan Pablo entró en la cocina. Él saludó los dos besándolos en la mejilla y se sentó. Después de observar a su hermano con atención, Juan Pablo miró Juliet con la misma atención y preguntó:

–¿Estás llevando bien quedarte con Nicolás cuando él vuelve del río?

–Sí. Eso de ver que van y vuelven del río sin que haya nada de diferente a cualquiera, me ha dado tranquilidad.

–Anoche sabías que yo había salido y se quedaron en la sala a propósito, ¿no? Querrías probarte a ti misma que puedes llevar mi cambio tan bien como el de Nicolás.

–Así es. Si vamos compartir esa casa, tendré que convivir con los dos. Y también con los otros. Como has dicho esa noche: seré parte de la familia.

–Algo que yo agradezco a mi hermano. Me gusta tenerte con nosotros, y no sólo por lo feliz que haces Nicolás, también por lo agradable que eres Juliet.

–¿Voy quedarme de castigo en casa hoy? –preguntó Nicolás.

–Sí. Lo que Verónica y Juliet harán será cosa de mujeres. Sabes que es de mala suerte si el novio husmea en las cosas de la novia.

–La vida no debe ser fácil para Verónica –comentó Juliet.

–¿Por qué lo dices? –Quiso saber Nicolás –¿En qué piensas?

–Es la única mujer entre ustedes, ¿no?

–Así es.

–Aunque sea una luján, seguro que se siente de una manera diferente de ustedes que son hombres.

Juan Pablo la miraba de una manera extraña que dejó Juliet un poco incómoda. Dio una sonrisa forzada.

–Nicolás me explicó un poco de la maldición ayer. ¿Qué ocurre si uno de ustedes hace el amor con una mujer que no es su mitad?

–Muere –declaró Juan Pablo.

–¿Cómo?

Juan Pablo lanzó una mirada hacia Nicolás antes de contestar la pregunta de Juliet.

–Cuando alcanza el orgasmo, el cambio empieza. Como nadie suele hacer el amor en el río, muere de la misma manera que muere un pez cuando es retirado del agua.

Juliet puso los ojos en plato al imaginarse la escena.

–¿Cambió a pez en los brazos de la amante?

–Así es. Fue de esa manera que nuestra existencia fue revelada. Atrapar uno en el río es algo del que no hay pruebas. Muy distinto de tener un pez muerto en una habitación donde ha entrado un hombre.

–Los que murieron así, ¿no sabían de eso?

–Hace muchos años, más de cien. Tal vez no, o estaban desesperados por una mujer.

–Por eso necesitan asegurarse de que la mujer tiene el lunar antes de dar un paso adelante.

–Sí, Juliet. Sabes que en esa cuestión se llega a un punto donde no hay más vuelta. Uno no puede llegar con una mujer tan lejos. Si tiene control lo suficiente sobre si, puede juguetear un poco, pero si no está seguro de que es capaz de parar cuando llega al límite, debe alejarse de las mujeres.

Juliet y Nicolás lo miraron con un poco de desconfianza, Juan Pablo hablaba de una manera que le hacía parecer un hombre experto en el amor.

–¿Para Verónica las reglas son las mismas?

–Sí. Ella también sólo puede acostarse con su mitad.

–Los lunares, ¿son idénticos y sólo cambia el lugar? ¿O hay diferencias entre ellos?

Juan Pablo se quedó sorprendido con la pregunta.

–Cada uno de nosotros lo tiene en un lugar diferente, pero nunca me percaté si son idénticos o no.

Nicolás se echó a reír.

–Juliet, por favor no me salga ahora con la idea de que Juan Pablo puede comparar su lunar con el mio. No le gusta hablar de su lunar.

–¿Por qué?

Al hacer la pregunta, Juliet volcó la cabeza hacia Juan Pablo y pronto se arrepintió. Aunque no debería, pues lo más probable era que nadie nunca le hubiese visto así: Juan Pablo había sonrojado. Ella volvió a mirar Nicolás.

–Juan Pablo lo tiene en un "lugar particular" –explicó él.

Juan Pablo se puso de pie y Juliet se quedó sorprendida cuando él se reincorporó rápidamente. Era un hombre acostumbrado a mantenerse bajo control.

–Vamos, Juliet. Seguro que Verónica ya espera por nosotros.

–Los acompaño hasta el muelle –dijo Nicolás.


VERÓNICA CUMPLIÓ todo lo que Juan Pablo había prometido: tuvieron la compañía de tres amigas y recorrieron tiendas y casas de conocidos hasta que Juliet quedó agotada. Y satisfecha. La madre de una de las amigas de Verónica le haría el vestido de novia, habían escogido las flores para la iglesia, las músicas, las comidas, algo de ropa para Juliet y la casa, y gastado muy poco dinero.

Mientras venían hacia la ciudad, Verónica logró convencer a Juan Pablo de dejarlas invitar a las personas que había conocido en el día. Así no pagarían por muchos servicios y productos ya que fueron ofrecidos como regalos de boda. Juliet se percató de podría aprender muchas cosas con Verónica. La prima de Nicolás le gustaba y, siendo de la familia, podría ser una amiga íntima. Tal vez a Verónica eso le gustase, pues por más amigas que tuviese en la ciudad, estaba obligada a mantener algunas restricciones con esas amistades.

Había estado tan ocupada durante el día y exhausta en el viaje de vuelta a casa, que Juliet sólo se percató de cuánto echaba de menos a Nicolás hasta que lo vio en el muelle. Juan Pablo acercó el bote, Nicolás lo ató y apenas Juliet bajó, Juan Pablo dijo:

–Vete a casa con Juliet, Verónica la dejó agotada. Yo me ocupo de las compras.

–¿Seguro que no quieres ayuda? –preguntó Nicolás.

–Sí, es poco.

–Todo un día y pocas compras...

–Cosas de tu prima –atajó Juliet–. Incluso ya ha acordado con una amiga para que yo me arregle para la boda en su casa.

Juliet y Nicolás siguieron abrazados, ella contando las novedades del día y él oyendo con atención.

La mañana de domingo trajo un reto para Juliet, algo mucho más difícil que enfrentar el cambio de Nicolás todos los días: llamar sus padres. Ella los conocía y podía anticipar su reacción ante las noticias. No aprobarían una boda tan rápido y se conocieran a Nicolás, no aprobarían su elección.

Enseguida del desayuno, los tres pasaron a la sala. Juliet se sentó al lado del teléfono con Nicolás a su lado abrazándola. Como le había pedido, Juan Pablo se quedó con ellos, de pie cerca del aparato.

Juliet marcó el número de la casa de sus padres, con mano temblorosa, apretaba el auricular. Alzó la mirada hacia Juan Pablo, cuya faz reflejada una serenidad que ella no sentía. Mientras esperaba que alguien contestase la llamada el miedo crecía. Se acurrucó junto al cuerpo de Nicolás y estremeció al oír la voz de su madre.

–Hola, mamá.

–¡Juliet! Al fin te has acordado que tienes una familia.

Juliet ignoró el reproche.

–Tengo algo importante y bueno para contarles.

–Bryan ha venido para la comida, como siempre. Voy llamarlo, hay mucho que ustedes necesitan conversar. Él te quiere.

–Mamá, yo no...

La madre de Juliet dejó el teléfono para llamar Bryan. Juliet colgó y empezó a llorar.

–¿Ella no quiso hablar contigo? –preguntó Nicolás, acariciándola.

–Llamó a Bryan.

Nicolás se quedó tan sorprendido que no supo qué decir. Las facciones de Juan Pablo no se inmutaron, aunque sus ojos brillaron salvajemente.

El teléfono sonó. Juliet se encogió y lo miró como si fuese una serpiente.

–Contesta –ordenó Juan Pablo.

Juliet irguió el auricular y nada dijo. Tras unos segundos, fue llamada por Bryan.

–Juliet...

Ella alejó el aparato de si y, mirando Juan Pablo, masculló:

–Es Bryan.

Juan Pablo extendió la mano hacia el auricular. Lucía en ese momento toda la autoridad del Consejero, no necesitaba decir nada para que fuese comprendido e inmediatamente obedecido. Nadie lograba ignorar el inmenso poder que sus ojos destellaban. Las facciones no se inmutaron, pero el brillo de sus ojos reveló el alma de aquel hombre. Juliet le entregó el aparato.

–Hola, Bryan.

El tono gentil de Juan Pablo sorprendió a Juliet y no alertó Bryan de lo que lo esperaba. Arrogante, Bryan contestó:

–¿Quién es usted? Quiero hablar con Juliet.

–Juliet ha llamado a casa de sus padres, por supuesto es con uno de ellos con quien desea hablar. Una mujer inteligente como ella no va a perder su tiempo hablando con el hombre que le ha hecho daño de la manera que lo hiciste.

Juliet sentía ganas de echarse a reír imaginándose la cara de Bryan en ese momento. Seguro que él no entendía todo que Juan Pablo le decía, Bryan no hablaba español, y el tono firme que oía lo asustaría. La voz de Juan Pablo traducía todo lo que sus ojos decían, y sin saber lo que decía, por cierto Bryan estaría amedrantado. Era un cobarde.

Sin darle tiempo a Bryan ni siquiera para respirar, Juan Pablo continuó hablando:

–Si tuvieses algo de buena educación, habrías declinado el ofrecimiento de la madre de Juliet. No lo hiciste, y has hecho algo peor: ignoraste la respuesta que Juliet te envió al colgar el teléfono. Olvídala, pues ella ya lo ha hecho, y llama la madre o el padre de Juliet, por favor. Es a ellos a quien Juliet ha llamado.

Juan Pablo escuchó las voces al fondo, como sabía muy poco de inglés, no logró comprender todo pero el tono de una voz masculina se aproximó le hizo sonreír. Entregó el auricular a Juliet, diciendo:

–Creo que ahora vas a hablar con tu padre.

Ella cogió el aparato.

–Hola...

–¡Juliet! ¿Quién es ese hombre que ha amenazado Bryan? La llamada ha sido grabada y Bryan va a procesarlo. Ese grosero no puede tratar a tu novio de esa manera.

–Hola, papá. Muchas gracias por preocuparse tanto en saber como estoy – dijo Juliet con ironía–. Nadie ha amenazado a Bryan, sino su conciencia. Pero, si a él le interesa iniciar un proceso a causa de esta llamada a mí me divertirá mucho imaginar la cara que pondrá cuando lea la traducción de lo que le han dicho..

–¿Quién es ese hombre? ¿Cuándo vuelves a casa?

–No vuelvo.

–¿Cómo? ¿Qué dices?

–He dicho que no vuelvo. Esa ya no es más mi casa.

El padre de Juliet quedó en silencio. Un silencio que exigía una explicación. Juliet tomó aire, no había pensado en decir aquello, mas era lo que estaba sintiendo. Siguió con lo planeado, con el motivo de la llamada.

–Los he llamado a para hacerle una invitación. A mi boda.

–Juliet –la voz de su padre le sonó amenazadora y ella apretó el auricular – ¿qué tipo de broma es esa?

–No es una broma, papá. He conocido el hombre que me puede dar todo lo que quiero y voy a casarme con él.

–¿Una boda de interes? Eso no combina contigo.

–No hablo de dinero, papá, sino de amor.

–Estás equivocada.

–No voy intentar convencerlos de nada. La boda se celebrará el lunes de la próxima semana...

–¿Una boda el lunes? Nadie lo hace –atajó el padre.

–El lunes en la ciudad de Tigre, a las ocho de la noche. Si tú o mamá les gustaría ver la boda de su hija, tomen un avión a Buenos Aires. Hay reservas hechas para ustedes en un hotel en Tigre.

–Juliet... eso es una tontería.

–Dile a mamá que le mando un beso. Hasta luego, papá.

Juliet colgó el teléfono y hundió la cara en el pecho de Nicolás, llorando.

No sabía de donde había sacado valor para enfrentarse a su padre, pero eso ya era pasado. Ahora se sentía como una niña perdida.


3 comentarios:

  1. WOW !! que capitulo tan emocionante !! me imagino la cara de Bryan ja ja!!! que descaro de parte de el y de sus padres, por suerte Juliet se armo de valor y les dio la noticia, ojala que puedan ir a verla y que el tonto de Bryan se desaparezca para siempre !!
    Muy buen capitulo Cristina !!
    kisses ^ ^

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  2. ¡Qué buen capítulo, Cris!
    Ahora nos toca esperar para saber si los padres de Juliet irán a su boda; ojalá que sí!
    El ex me resulta de lo más desagradable; que Juliet lo descubriera engañándola, fue lo mejor que podía haberle pasado, puesto que gracias a ello conoció a Nicolás, su verdadero amor, quien es tan distinto a ese hombre despreciable.

    Besos,
    Bri

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  3. LES RECOMIENDO LA NOVELA COMPLETA... GUSTA MUCHO... EL TEMA DEL VERDADERO AMOR AUNQUE EXISTA LAS DIFERENCIAS...

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