martes, 5 de octubre de 2010

La Magia del Río - CAPÍTULO 13



JUAN PABLO ató el bote al muelle y miró hacia la casa. Nicolás lo había llamado y avisado que Juliet se quedaría con ellos para cenar. Su hermano no le dijo nada más, pero si ella se quedaba a cenar, por supuesto los dos habían arreglado las cosas. Sonrió. No podría ser diferente, Juliet era la mitad de Nicolás, ninguno de los dos lograría huir de eso. Aunque creyese que su hermano era fuerte lo bastante para dispensar su mitad si así lo desease, sabía que Nicolás no deseaba quedarse sin Juliet. Ni antes, y mucho menos después de haber hecho el amor con ella.

Subió la escalera pero no tomó el rumbo de la casa, sino el de la playa. Por supuesto la cena sería larga y Juliet tendría preguntas. Tal vez Nicolás ya hubiese arreglado todo, aunque su intuición le decía que Juliet aún tenía dificultad en aceptar el cambio. Lo mejor era hacer eso ahora, antes de volver oficialmente a casa. Si saliera de la casa después, Juliet sabría el porque y quizás se molestaría.

Nicolás y Juliet compartían un sillón y, abrazados, miraban un filme en la tele. Ella se había acurrucado junto a él, disfrutando de esa proximidad que no era sólo física. Se sentía parte de la vida de Nicolás. Y él ya era parte de la nueva vida que estaba dispuesta a construir. Fuese aquí, o no. Quizás tuviese que dejarlo por no aguantar el peso de la maldición, pero aún así Nicolás continuaría formando parte de su vida.

–¿Es siempre así? –preguntó Juliet.

–¿El qué?

–¿Ya te diste cuenta de que miras e reloj cada cada dos minutos? –ella acarició la mano de él–. ¿Te quedas todos los días tan intranquilo mientras Juan Pablo no llega?

Nicolás rió e inclinó la cabeza para besarla suavemente.

–No. Es que hoy me siento como un niño que ha ganado un regalo y lo quiere enseñar.

–¡Qué bien! Es lo que soy para ti: algo a ser enseñado.

–No, Juliet...

Ella carcajeó del matiz de disculpa de la voz de él y alzó la mano para tocarle la mejilla.

–Era una broma. Tal vez no haya sido feliz en la elección de las palabras, pero sé lo que deseas: compartir con tu hermano la alegría que sientes.

–Sí, es eso.

–Ustedes me han enseñado algo muy precioso en aquella terrible noche – Nicolás enarcó las cejas y Juliet se lo explicó: –Lo que es una familia. La comprensión de Juan Pablo de tus miedos, su respecto por la mujer que elegiste, el apoyo de Román. Aunque haya estado tan callado casi todo el tiempo callado, su primo ha sido un apoyo para ustedes. En mi vida las cosas solían ser muy distintas.

–Ahora, Juliet, formas parte de esa familia. Esta es su familia también.

–Juan Pablo lo dijo aquella noche. No lo comprendí en ese momento, pero ahora lo sé. Y eso me gusta.

Nicolás sintió ganas de preguntar a Juliet de que manera se sentía parte de la familia, pero el sonido del carillón de la puerta de la cocina avisó que alguien llegaba.

–¿Juan Pablo? –preguntó Juliet.

–Creo que sí.

–¿Crees? La casa queda abierta, cualquiera entra y nadie se inmuta... eso es algo que va a ser difícil que me acostumbre.

–Pronto verás que no –repuso Nicolás rozando sus labios sobre los de ella.

No se podía decir que Juan Pablo estuviese intentando disfrazar su llegada, más que oírlo llegar, era posible sentir su presencia. Una vez más Juliet se percató del aura de poder que le acompañaba. Se incorporó y volcó la cabeza hacia el comedor justo cuando él dijo:

–Hola, Juliet... Nicolás.

Juliet se quedó sin respiración, mirándolo. Juan Pablo estaba arreglado con su habitual manera formal: pantalón negro y camisa blanca, pero el pelo estaba mojado. Como si hubiese nadado. Juliet tembló y Nicolás tuvo miedo de su reacción. Si Juliet tuviese delante de Juan Pablo una crisis como la de ayer, su hermano se enojaría..

–Hola –dijo Juliet sonriendo.

Nicolás se levantó y dijo:

–Vamos cenar que me muero de hambre.

Juan Pablo no se movió y Nicolás frunció el ceño. ¿Problemas? No soportaría que Juan Pablo los crease en ese día tan especial.

–¿Seguro que es sólo una cena? –preguntó Juan Pablo –¿No hay nada a ser conmemorado?

Nicolás sonrió y con un ademán llamó Juliet para que se acercase, abrazándola por la cintura.

–He pedido Juliet en matrimonio y ella aceptó.

Juan Pablo nada dijo, sólo tendió los brazos hacia ella, invitándola a un abrazo. Nicolás la soltó y, vacilante, Juliet se acercó a Juan Pablo. Él la envolvió en un abrazo tan cálido que el olor del río no la molestó. Cuando se apartaron, ella se sorprendió con las lágrimas. ¿Desde cuándo un hombre como él lloraba?

–Gracias, Juliet. Gracias por hacer a mi hermano feliz.

Ella no logró contestarle nada, tenía un nudo en la garganta. Juan Pablo volcó los ojos hacia su hermano.

–¿Has elegido un vino para hoy?

–No.

–La ocasión lo pide –repuso Juan Pablo desapareciendo por la puerta de la cocina.

Nicolás miró Juliet con ternura.

–Te dije que la noticia le iba a gustar. Mi hermano sabe cuanto te quiero y te considera mucho.

–Increíble que alguien como él llore –dijo ella tomando aire–. En ese momento él perdió aquel aire fatal. Parecía humano.

–Él es humano.

Juliet tembló bajo los recuerdos.

–Lo siento, Juliet –Nicolás se apresuró con la disculpa –, no lo he dicho en ese sentido. No me acordé de eso.

Ella dio una pequeña sonrisa.

–Dos cosas, mi amor: no te quedes vigilando tus palabras, necesito hablar y oír hablar de eso para que me acostumbre; y comprendí el sentido de humano que has atribuido a tu hermano. Estoy de acuerdo, él es humano. Aunque no lo parezca.

–Ni un poco –concordó Nicolás y los dos rieron.

Cogidos de la mano siguieron para la cocina, donde encontraron Juan Pablo sirviendo el vino. Cogieron las copas para un brindis.

–Por la felicidad –declaró Juan Pablo.

Sí, pensó Juliet, un brindis sencillo como todo allí. Y hecho con el corazón. Nada de palabras bonitas y vacías. Sólo una, que decía lo que los tres sentían. Ocuparon sus lugares en la mesa y mientras se servían de la comida, Juan Pablo volvió a llenar las copas.

–Lo siento, pero necesito ser un aguafiestas.

Juliet estremeció al oír eso de Juan Pablo, pero Nicolás no se inmutó. En la voz de su hermano advirtiera que no era nada grave.

–No te olvides, Nicolás, lo que le has prometido a Román para mañana.

–Desde luego que no.

–¿Ya pensaron en cómo quieren la boda?

Juliet se percató que Juan Pablo la miraba, es decir que la respuesta debería ser dada por ella. Quedó en duda en cuanto al sentido de la pregunta. Tal vez Juan Pablo quería saber si hablaba de una boda o sólo de vivir bajo el mismo techo.

–¿Cómo?

–Iglesia, fiesta, flores, torta... esas cosas que las bodas suelen tener. O tal vez prefieran sólo arreglar los papeles sin barullo.

–Mañana voy a Buenos Aires, a la embajada buscar informaciones sobre las cuestiones legales. Tengo permiso para quedarme en Argentina hasta fines de ese mes. Tal vez deba dejar el país antes de que pueda casarme con Nicolás.

–Tal vez no. Si concertar en día muy pronto es posible que la dejen quedarse. Mañana lo ves.

–¿Quedarías desilusionado sin la iglesia y la fiesta? –preguntó Nicolás.

–Es su boda, debe ser a su gusto –repuso Juan Pablo.

–¿Quedarías?

–Sí.

Juan Pablo hizo una pausa, pero decidió ser claro. Si Juliet iba a vivir con ellos, tendría que vivir con la maldición. Ya se había percatado de como ella se perturbó al notar su pelo mojado cuando llegó. Habló con cuidado:

–Además de que eres mi único hermano, la única chance de una boda así, de mi alegría por tu felicidad, del orgullo por que te vas a casar con una chica preciosa... nuestra seguridad.

Juliet sabía que cuándo ellos hablaban en "nosotros", hablaban de todos los lujanes. Y aún cuando no se hubiese percatado de ello, Juan Pablo parecía otra persona cuando trataba del tema: más frío, autoritario y misterioso.

–No es nada bueno el número de solteros entre nosotros, nuestro alejamiento de las chicas suele ser motivo de chismorreo. Celebrar una boda de la manera tradicional sería conveniente. Es lo que las personas comunes hacen, no esperan que nosotros lo hagamos.

–Si lo hacemos, alejamos las sospechas de que cargamos la maldición – completó Nicolás.

–Así es –repuso Juan Pablo.

–En ese caso, habrá iglesia y fiesta –declaró Juliet, sorprendiendo los dos.

–¿Sí? –preguntó Nicolás, en duda si había comprendido correctamente.

–Sí. Creo que no será posible algo para muchas personas, pero lo arreglaremos lo mejor que podamos.

Juan Pablo sonreía, Juliet intentó comprender lo que dijo y sin tener una crisis por pensar en la maldición. Y al fin, ella ya había arreglado una boda para si misma una vez, quizás pudiese arreglar otra a pesar del poco tiempo.

–Creo –continuó Juliet –que algo como recibir los cumplidos en la iglesia y ofrecer una torta y hacer el brindis con la familia y amigos más llegados puede ser arreglado aunque tengamos poco tiempo.

–Una iglesia grande –sugirió Nicolás –para invitar todos los amigos, torta y brindis sólo para la familia. Eso tendrá que ser hecho en casa, y no traemos nadie acá.

–Por mí está bien –declaró Juliet– aunque...

Ella no completó su pensamiento y sus ojos lanzaron un brillo triste.

–Juliet –Nicolás cogió su mano –¿no quieres una boda así? Ha sido una sugerencia de Juan Pablo, como él dijo: es nuestra boda y la hacemos como queremos.

–Nicolás –ella dio una sonrisa muy sincera –esa va a ser la única boda de mi vida, o la hago como siempre soñé o voy a arrepentirme. ¿O acaso no es lo que quieres?

Juan Pablo se echó a reír.

–El problema, Juliet, es que él va a tener que usar ropa de hombre en la iglesia. Eso es lo que le preocupa mi hermano.

Juliet miró Nicolás y rió al imaginarlo en un traje. Lo conocía así, siempre con un pantalón corto y un polo. Quedaría guapo en un traje... irresistiblemente guapo. Aunque tal vez no se pareciese al hombre de quien se había enamorado.

–¿En que has pensado, Juliet? –insistió Nicolás, ignorando las bromas de su hermano –Algo te puso triste.

Ella tomó aire. Tal vez le dolía hablar, y era extraño hacerlo con él.

–Para una boda en la iglesia necesitaré de un vestido. Tengo un. El vestido que usaría para me tornar esposa de Bryan.

–¿Has traído tu vestido de novia?

Juliet carcajeó de la pregunta de Nicolás.

–Desde luego que no. Y si lo hubiera hecho, no lo usaría para casarme contigo. La tristeza ha sido porque será un vestido comprado a toda prisa. Elegir un vestido de novia suele ser un momento especial...

–Pide a Verónica que te ayude con esas cosas de mujeres –sugirió Juan Pablo–. Ella tiene muchas amigas, al fin las cosas van salir mejores de lo que piensas ahora.

Siguieron hablando de los detalles para la boda y el tiempo voló. Juan Pablo se encargó de la limpieza de la cocina.


NICOLÁS DESPERTÓ con la suave claridad del amanecer. Miró a Juliet adormilada a su lado, estaba preciosa. Era casi increíble que ella aceptara vivir a su lado para siempre. Es decir... si soportase el cambio. Los ojos de Nicolás se nublaron, llegaría el momento de esa prueba.

Por un rato él se sintió tentado a no despertarla. Con un poco de suerte lograría ir al río y volver sin que ella se percatase de su ausencia. Pero no era eso que habían arreglado. También podía aplazar el cambio para mañana. Fuese cuando fuese, tendría que confrontar el miedo de Juliet...

Nicolás se inclinó hacia Juliet y acarició los labios entreabiertos con la lengua para enseguida tomarlos en un beso dulce, haciéndola despertarse.

–Buen día, mi amor –dijo él sonriendo.

La respuesta de Juliet fue apoderarse de su boca para otro beso. Sujetando

Nicolás por el cuello, hizo que el beso fuese más intenso, hasta que quedaron sin aliento. Juliet apoyó la cabeza en el pecho de él y sintió la tensión de sus músculos.

–Voy al río –dijo Nicolás.

Juliet tembló en sus brazos, él le había dicho ayer que solía cambiarse por las mañanas. Ella sabía lo que él iba hacer en el río.

–Sí.

–Juliet...

Nicolás tocó su barbilla y alzó su rostro para que le mirase.

–Hasta luego –él rozó los labios de ella.

Juliet observó Nicolás dejar la cama, vestir un pantalón corto y abrir la puerta de la habitación. Parado en el marco, Nicolás le dio una sonrisa y se fue.

Ella se encogió en la cama y cerró los ojos. No quería pensar en aquello, pero necesitaba hacerlo. Era la prueba más importante de su vida. Necesitaba superar el miedo irracional, mirar Nicolás antes y después del cambio, para poder quedare a su lado. Y eso era todo lo que quería para su vida.

Nicolás entró en el agua del canal pensando en Juliet. Quizás pudiese intentar convencerla de darle más tiempo si hoy tuviese una crisis a causa de su cambio. Era una prueba, pero no necesitaba ser definitiva. Tal vez fuese posible que ella se acostumbrase de a poco.

Nicolás alcanzó el Luján y dejó su cuerpo flotar en el agua. Demoró un poco para que las primeros señales del cambio viniesen, seguro que a causa de sus preocupaciones, se relajó y pronto el cambio se completó. Mientras nadaba se sentía tenso, una tensión que aumentaría cuando volviese a casa. Nadó por el canal y se arrastró hasta la arena. En cuanto se recuperó se puso la ropa y tomó el sendero empedrado.

Despacio, Nicolás abrió la puerta de la habitación. Juliet estaba sentada en la cama. Se había puesto el albornoz y lo miraba con la expresión asustada.

Nicolás cerró la puerta y se quedó parado allí, sonriéndole.

–¿Cómo estás?

–No estoy mal –repuso Juliet con la voz más firme del que Nicolás esperaba–. Creo que la próxima vez estaré mejor.

–Mañana –dijo él con suavidad–. Sabes que necesito hacer el cambio todos los días.

–Lo sé.

–Como ves, sigo siendo el mismo –él alargó los brazos –¿Puedo acercarme?

Juliet miró el pecho ancho de músculos firmes y piel bronceada, la línea de vello oscuro que empezaba en el ombligo y bajaba hacia el pantalón. Su cuerpo comenzó a encenderse.

–Quiero hacer el amor contigo –declaró Juliet, sorprendiendo Nicolás–. Ahora.

–También quiero –repuso él con la voz ronca mientras llevaba las manos al pantalón para desabrocharlo. La mirada ardiente de Juliet provocara respuestas en su cuerpo.

Juliet tomó aire. La erección de Nicolás ya era considerable y ella no estaba segura de que pudiese seguir en frente cuando sintiese el olor del río.

–Nicolás... tal vez...

–Juliet, veo el miedo en sus ojos –él sentó a su lado sin tocarla–. ¿No quieres?

–Quiero, pero no sé como voy reaccionar. Siento miedo y deseo, y no sé cual de los dos es más fuerte.

–En ese caso, sólo hay una manera de descubrirlo –Nicolás acercó su boca y completó su frase ya rozando los labios de Juliet con los suyos –y si sientes ganas de rechazarme, Juliet: hazlo. Puedo soportar eso.

El olor del río invadió la nariz de Juliet, haciéndola temblar. Se aferró a Nicolás, sintiendo la piel de él enfriarse de esa manera que ella ya había aprendido a identificarlo como deseo. La presión de la erección en su vientre la hizo frotarse contra él, llevando el deseo de ambos a los últimos escalones.

Después de un tiempo indeterminado, con la respiración más cerca del normal, Nicolás se arriesgó a hablar:

–¿Como ha sido?

–Maravilloso. Contigo siempre lo es.

–Juliet, no es de eso que hablo y lo sabes.

Ella tomó aire.

–Creo que lo he llevado bien, ¿no?

–Sólo tú lo puedes saber.

–Aunque no haya sido tan bien, tengo la respuesta: puedo vivir a tu lado.

Las facciones de él siguieron serias.

–Ha sido una vez, la primera. Aún tengo miedo de que no.

–Estoy segura que sí –Juliet se encogió de hombros–. Si necesitas de más tiempo... tenemos toda la vida por delante.

Juliet miró los escalones del muelle y un escalofrío recorrió su espina.

Nicolás, a su lado, susurró en su oído:

–¿Prefieres subir al bote en la playa?

Ella alzó la mirada hacia Juan Pablo que ya había subido al bote.

–No hace falta. Esta es mi nueva vida, y este miedo es sólo falta de costumbre.

Comenzó a bajar con Nicolás agarrándose su cintura. Juan Pablo le tendió la mano, ayudándola a subir. Nicolás soltó las amarras y subió, sentándose al lado de Juliet. Los dos hermanos empezaron a remar en la dirección contraria a la de la ciudad para recoger Verónica.

Juliet pasó el brazo por la cintura de Nicolás y se relajó. El arroyo que recorrían era una novedad para ella y se dispuso a disfrutar del viaje como si fuese un paseo. Sabía que haría ese camino muchas veces en los próximos años, el Delta pasaría a ser su hogar. No. Ya era su hogar.

Antes que ellos hiciesen alguna maniobra que lo enseñase, Juliet ya identificaba el muelle de la casa de Verónica, pues ella estaba sentada en los últimos escalones esperándolos. Apenas se acercaron y ella subió a la embarcación sin la ayuda de nadie. Juliet se preguntó si algún día tendría tal desenvoltura.

–Hola –saludó Verónica y tomó asiento al lado de Juan Pablo.

Los ocupantes del bote la saludaron y pronto se ocuparon de volver al Luján. Verónica miró Juliet y Nicolás con atención antes de decir:

–Muchas gracias por contarme las noticias.

Nicolás alargó la sonrisa.

–Creo que ya las has adivinado, ¿no?

–A las mujeres les gustan los detalles, Nicolás.

–He pedido Juliet en matrimonio y ella aceptó.

–¿Una boda en la familia? ¡Esa es la mejor noticia de los últimos treinta años!

–¿Cómo así? –preguntó Nicolás.

–Desde mi nacimiento –repuso Verónica y dio una carcajada.

Juliet miraba Verónica, pero no pudo ignorar la reacción de Juan Pablo. Su faz no expresó nada, sino sus ojos: odio y dolor. Muy rápido, pero ella lo advirtió y tembló. Tuvo la sensación de que ni Nicolás, ni Verónica se percataron de eso.

–¿Y cuándo será esa boda? –preguntó Verónica pasando el brazo por los hombros de Juan Pablo de una manera muy íntima.

–Me voy a la embajada buscar informaciones –explicó Juliet –y entonces podremos marcar la fecha.

–Creo que va a ser muy pronto.

–Lo más pronto posible –dijo Nicolás.

–¿Te quedarás en su casa hasta la boda, Juliet?

–Sí.

Verónica se volcó hacia Juan Pablo:

–Entonces has perdido a tu hermanito, Juan Pablo.

–Cada uno de nosotros tiene su destino. Nadie puede huir de él.

–Nuestro siempre fatalista Consejero.

–Es mi papel –repuso Juan Pablo sin inmutarse.

–Forma parte de su encanto –repuso Verónica, apoyando la cabeza en el hombro de Juan Pablo y miró Juliet–. Si necesitas de ayuda para arreglar las cosas de la boda, cuenta conmigo.

–Seguro que necesitaré y me gustaría mucho que me ayudases.

–No tengo mucho tiempo libre, pero eso también se puede arreglar.

No escapó a Juliet la intimidad con que Verónica tocaba, hablaba y miraba Juan Pablo. Quien mirase el bote a los lejos pensaría que eran dos parejas enamoradas. Tal vez Verónica estuviese más pegada al cuerpo de Juan Pablo que Juliet al de Nicolás.

Llegaron a la ciudad y Verónica bajó con la misma desenvoltura que había subido, mientras Juliet necesitó de la ayuda de Nicolás y de Juan Pablo para lograr dejar el bote sin caerse en el agua. Nicolás llevó a Juliet hacia la estación.

–Nos vemos cuando vuelva –dijo ella –y deseo traer buenas noticias.

–Si me necesitas o te preguntan algo que no sepas, me llamas al móvil.

–¡Claro que sí!

–Creo que cuando vuelvas, Juliet, estaré en el barco de Román.

–No me pidas que vaya sola a caso porque no iré –bromeó Juliet.

–Pues bien, podrías buscar a Verónica en la heladería y esperar por mí allí.

–Creo que eso no esté bien, Nicolás, es su trabajo.

–Seguro que ella conseguirá algo de tiempo libre para los chismorreos y, además, allí podrás esperarme sin que nadie te importune.

–¿Celoso?

–Desde luego.

Ella rió, trocaran un beso apasionado y Juliet siguió hacia la plataforma.

Sonriendo ella subió al tren que le llevaría a Buenos Aires, donde iba buscar las llaves para su felicidad.

Verónica y Juan Pablo siguieron juntos hacia el trabajo.

–Estas más malhumorado que nunca.

–Me quedo preocupado.

–Eres tan distinto de los otros mortales que las cosas en ti tienen otro nombre.

Juan Pablo ignoró el sarcasmo de su prima.

–Juliet tiene sus miedos, todo aquí es novedad para ella. Cualquiera estaría preocupado.

Caminaban por las calles de la ciudad y no podían decir todo abiertamente, pero Juan Pablo sabía que Verónica era lo bastante inteligente para concluir el tema de su preocupación.

–Aunque tengo la idea de que estás celoso de Nicolás.

–Por supuesto, y sabes muy bien todo lo que eso implica. Ya lo has vivido con Román, y ni siquiera tienen una relación como es la mía con Nicolás.

Verónica resopló. Punto para Juan Pablo, dio en el blanco.


2 comentarios:

  1. Hola, Cristina
    Mmmm este capìtulo me encantò y tambièn me dejò con una nueva intriga: ¿Por què esa reacciòn de Juan Pablo con respecto al nacimiento de Verònica? La verdad es que me gusta mucho la pareja que ellos hacen; si no fuesen primos... ¿Nos tendràs preparada una sorpresa aquì? Bueno, de todos modos, supongo que eso no lo sabremos ahora.

    Me alegra que Juliet acepte a Nicolàs y a todo lo que viene con èl (maldiciòn, cambio, etc.) Què bonito, habrà boda!!!

    Ya quedan pocos capìtulos, y sè que cuando termine esta historia, extrañarè mucho a los personajes, con quienes ya me he encariñado. Gracias por permitirnos compartir su historia.
    Besos,
    Bri

    ResponderEliminar
  2. Muy buen capitulo. el final me ha dejado con varias preguntas en cuanto a Juan Pablo y Veronica, habra otro secreto que ni siquiera Nicolas conozca ???? falta poco pero sigue muy interesante esta historia, me encanta en verdad !!
    Saludos ^ ^

    ResponderEliminar

hostgator coupon codes