lunes, 4 de octubre de 2010

La Magia del Río - CAPÍTULO 12



CUANDO VOLVIÓ a casa por la noche, Juan Pablo se sorprendió al encontrar Nicolás solo en la sala oscura.

–Juliet volvió al hotel –explicó Nicolás–. Dijo que me llamará mañana. Necesita de un tiempo a solas, las novedades la han asustado.

–¿Ella dijo o tú lo crees así? –preguntó Juan Pablo sentándose en un sillón.

Nicolás contó a su hermano el incidente en la piscina.

–De veras, Juliet necesita quedarse sola con sus miedos y sus dudas –dijo Juan Pablo.

–¿Volverá?

–Es tu mitad, eres quien debe saber eso.

–Eres el Consejero, siempre lo sabes todo.

–No siempre sé, aunque debería. ¿Has propuesto matrimonio a Juliet?

–Aún no.

–Nicolás –le reprendió Juan Pablo –¿Cómo quieres que la chica se quede con nosotros si le haces el amor una vez tras otra y no le propones un compromiso?

–¿Qué sabes tú de chicas si nunca has tenido una?

Los rasgos de Juan Pablo se endurecieron de tal manera que Nicolás tembló. Había pasado del límite. Lo supo sin necesidad de advertirlo en el rostro de su hermano. Pronto se arrepintió de sus duras palabras y se sentó al lado de Juan Pablo, abrazándolo.

–No hace falta que te desesperes por Juliet –dijo Juan Pablo acariciando a su hermano como si fuese un niño–. Ella volverá. Creo que después de la prueba del lunar debes saber que te lo digo como consuelo, sino como una verdad.

–Perdona lo que te dije.

–Olvídate de lo que has dicho, pues ya olvidé lo que oí.


JULIET NO LOGRÓ conciliar el sueño y se quedó toda la noche despierta. Fantasmas del pasado y del presente insistían en asombrar sus pensamientos.

Bryan, un hombre común. Tan común que le hacía sentirse segura, que vivía como ella siempre había vivido, en la misma ciudad y que le ofrecía la posibilidad de seguir viviendo de la misma manera.

Nicolás, un hombre especial. Tan especial que le daba miedo, que la hacía sentirse preciosa, que le enseñó sobre el amor y le ofrecía una vida nueva.

Bryan era tan común que la traicionó sin que la conciencia le pesase.

Nicolás nunca le traicionaría, no sólo por la maldición, sino por su carácter.

Aunque lo conocía desde hacía un par de días, estaba segura de ello: la honra era una palabra muy conocida por Nicolás. Y también el amor.

Juliet sintió ganas de llorar al recordar la escena de la noche anterior: Nicolás se había sentido humillado delante de Juan Pablo al confesarle que le faltó valor para contarle sobre la maldición.

Tembló.

La maldición.

La terrible arma de doble filo que le habían puesto en la garganta. La maldición podría darle Nicolás para siempre o quitárselo también para siempre.

Juliet no pudo evitar pensar en cómo podría ser su vida si no fuese verdad, si la maldición no existiese. Nicolás sería un hombre normal y los dos tendrían una vida normal. Sus párpados pesaron y Juliet fue cogida por un sueño agitado, donde dulces ensueños de una vida perfecta al lado de Nicolás si alternaban con pesadillas que traían la marca de la maldición.


LA PRIMERA COSA de la que Nicolás se percató al entrar en la cocina fue la expresión taciturna de Juan Pablo y la segunda, su propio móvil sobre la mesa. Palideció.

–Juliet –susurró Nicolás.

–Sí, te ha llamado hace media hora.

–¡Maldito sea el río! –Nicolás cerró los puños –Si no me hubiese llamado...

–Cálmate –atajó Juan Pablo–. Ella dijo que volvería a llamarte.

Nicolás tragó saliva.

–¿Qué le dijiste?

–Que habías salido a nadar.

–¿Nadar? ¿Has dicho sólo eso?

–Por supuesto, hablaba al teléfono. Si ella estuviese aquí quizás hubiese sido más directo.

–De todos modos. ..– Nicolás dejó la frase en el aire.

–Seguro que ella ha se percatado de que fuiste al río por el cambio. ¿Qué el problema con ello?

Nicolás cogió una manzana de la cesta y volcó su mirada hacia Juan Pablo, girando la fruta en sus manos.

–¿Qué problema? –Nicolás lanzó una risa amarga y miró el móvil–. ¿Está el presidente? Lo siento, pero en ese momento ha cambiado a ñandú, por favor llame más tarde. ¿Y el ministro? No puede hablar, pues sigue cambiado en guanaco. ¿Algún asesor? El que cambió a nutría volverá a su forma humana en dos minutos, aguarde en la línea –Nicolás volvió a mirar su hermano, estrechando los ojos–. Preguntas si es problema. ¿Te has dado cuenta de lo ridículo de la situación?

Juan Pablo, a pesar de la furia que hacia sus ojos brillaran, logró mantener la voz controlada:

–Eres un luján y cambias a un pez todos los días. Así será durante toda su vida. O tu novia se acostumbra o busca a otro.

–¿Ella puede buscar otro?

–Después que tú la dispensar. Nicolás, la vida de Juliet queda en tus manos.

–¿Cómo uno dispensa su mitad?

–Un embrujo. Así como lo hacemos para que alguien vuelva, se lo hace para que se vaya.

Nicolás mordió la manzana y Juan Pablo se percató que la discusión había terminado.

–Lo mejor es que te decidas rápido, es una decisión para toda la vida. No te precipites. Una vez que la dispenses, tu mitad jamás volverá.

Nicolás continuó comiendo.

–Vamos –ordenó Juan Pablo levantándose.

–Voy quedarme en casa.

–Después. Necesitamos hacer compras para la casa y es por ellas que vamos a la ciudad ahora. Si quieres volver temprano con las compras, es asunto suyo. La casa es de los dos, la responsabilidad también.

–Eso el lo único que sabes hacer: dar órdenes.

–Alguien tiene que darlas

–Y siempre eres tú.

–Sí, y a ti te toca obedecer esas órdenes. Tal vez cuando tengas valor para enfrentar tus problemas solo yo no te dé más órdenes.

–¡Eres un monstruo! No tienes...

Juan Pablo lo interrumpió con un ademán.

–Ya has gastaste tus ofensas el otro día, si sigues con ellas, vas a usar palabrotas. Y como sabes, no las soporto fuera de un estadio. Cállate.

Nicolás obedeció su hermano y no dijo nada más. Siguieron hasta el muelle y remaron hacia la ciudad sin cruzar ni siquiera una palabra. En Tigre,Juan Pablo le dijo adonde iban, que necesitaban e intentó algunas veces empezar una conversación ligera con Nicolás, en vano. Nicolás se quedó callado. Siguió todas las órdenes e hizo todo lo que Juan Pablo le pidió sin decir nada.

Cuando habían comprado todas las cosas de la lista de Juan Pablo, volvieron al bote. Ya todo embarcado, Juan Pablo le dijo:

–Va a casa y deja eso. Si quieres lo guardas, si no, déjalo que lo hago por la noche.

Nicolás cogió el brazo de su hermano con una mano temblorosa que asustó Juan Pablo, haciéndole fijar la mirada en el rostro pálido de Nicolás.

–Gracias, Juan Pablo. Ahora me percaté del porque lo hiciste así.

Juan Pablo sonrió.

–¿Y por qué ha sido?

–Para que yo me distrajera mientras Juliet no vuelve a llamarme.

–Sí, ha sido por eso. A veces tu hermano da licencia al Consejero. Esto de hoy no ha sido muy inteligente, pero te calmó y distrajo. Te quiero mucho, lo sabes.

–Lo sé. Y no he hecho nada para merecerlo.

–Márchate que necesito trabajar –dijo Juan Pablo soltando las amarras del bote–. Cuidate, niño, y cuida de Juliet, es una chica preciosa. No le hagas daño.

Mientras remaba hacia su casa, Nicolás pensaba en las palabras de Juan Pablo: "no le hagas daño." Ya lo había hecho. Se lo hizo cuando la dejó que lo viera en el río… cuando la embrujó... cuando le hizo el amor. Por primera vez en su vida comprendió y compartió la opinión de su hermano de que lo mejor que podía hacer era quedarse lejos de su mitad. Dispensarla si la encontraba. Si fuese un hombre inteligente y sensato como Juan Pablo, lo habría hecho. Pero no lo era. Era un niño impulsivo y romántico que se había enamorado de su mitad e la había hecho su mujer sin siquiera pensar en las consecuencias.

Ató el bote al muelle de su casa y empezó a bajar las compras. Las consecuencias de hacer el amor con Juliet. No había pensado en ellas hasta ese momento. Ella podía estar embarazada... ni le había preguntado si tomaba la píldora y ni pensar en un condón. Hicieron el amor sin pensar en las consecuencias. Tal vez Juliet lo había aceptado así porque tomaba la píldora, al fin de cuentas había tenido un novio hasta unos pocos días antes de conocerlo. Si no era así...

Nicolás sonrió ante la idea de quedarse para siempre con ella, tener hijos, oír las voces de niños llenando la casa. Llevó las compras hasta la cocina y empezó a guardarlas. Casi al fin de esa tarea su móvil sonó. Su corazón dio un vuelco pero fue rápido en contestar, antes que la persona que lo llamaba tuviese tiempo de desistir.

–¡Hola!

–Nicolás...

La voz de Juliet temblaba.

–¿Estás llorando, preciosa?

–Más o menos.

Él quedó sin comprender esa respuesta y cayó un pequeño silencio entre ellos.

–Nicolás, necesito verte.

–Cuando quieras.

–Ahora.

–¿Dónde estás?

–Apenas llegué al Tigre.

–Voy tardar un rato, pues estoy en casa. ¿Me esperas en la estación de trenes?

–Sí.

Nicolás tuvo dificultad en deshacer los nudos de las amarras del bote tamaña era la emoción que sentía. El viaje hacia la ciudad le pareció más lento que nunca, se concentró en atar el bote de la manera correcta. Su voluntad era bajar y correr hacia la estación.

Juliet miraba la entrada de la estación con recelo, no estaba segura de cómo se sentiría al mirar a Nicolás. Sus miedos iban y volvían, como si fuese una marea. Lo vio entrar. Él caminaba hacia ella. Juliet se percató de la sombra negra que rodeaba sus expresivos ojos, ahora opacos por la aprensión. Cuando Nicolás le sonrió ella ignoró sus miedos y se lanzó en sus brazos, besándolo con una pasión que casi lo hizo olvidarse de que estaban en un lugar público.

Cuando, sin aliento, separaron los labios, él continuó estrechando Juliet contra su pecho. Necesitaba del calor de ella, de la luz de sus ojos, del sonido de su risa. Todo lo que había pensado mientras volvía a casa después de las compras con Juan Pablo quedó en el olvido. Quería Juliet para siempre en su vida, ya no podía más vivir sin ella.

–Nicolás, necesitamos hablar.

–Lo sé.

Nicolás la soltó y Juliet se apartó un poco de él. Alzó la mirada y advirtió en los ojos de Nicolás la misma cosa que lucían los suyos: miedo. Seguro que sus miedos eran de cosas muy distintas, pero compartían el sentimiento. Aquella idea de mitad de la cual Juan Pablo hablaba tomaba cuerpo en su pensamiento.

–Quiero hablar de cosas muy... personales. Necesitamos hablar, creo que tu casa es el único lugar adecuado para eso.

–Si te incomoda ir a mi casa, podría ser en casa de Verónica y Román – sugirió Nicolás.

–No. Creo que en tu casa es mejor.

Nicolás la cogió de la mano y el viaje fue hecho en el mismo silencio que del viaje con Juan Pablo por la mañana. Juliet lo sorprendió con su relajamiento para subir al bote y en cuánto disfrutó del viaje.

Nicolás condujo la embarcación hacia la playa y esa vez Juliet lo ayudó a arrastrar el bote hasta la arena. Apenas lo hicieron, ella sentó en la arena, en la sombra de los árboles, mirando el agua. Nicolás se sentó a su lado. Juliet se quedó callada por un rato.

–Nicolás, he pensado mucho en las cosas de los últimos días.

La voz de Juliet era dulce y expresaba una tranquilidad que Nicolás quedaba muy lejos de sentir. Su corazón latía tan fuerte que parecía estar a punto de salírsele por la boca.

–Anoche –continuó Juliet –hice una evaluación de mi vida, de todo lo bueno y de lo malo que me ha ocurrido en los últimos meses –Juliet tomó aire–. No ha sido fácil.

–Parece que todos los que se acercan de ti te hacen daño.

–No. Hay cosas buenas. He vivido las mejores cosas de mi vida, aunque también las más difíciles. Me quedé despierta la mayor parte de la noche y cuando logré conciliar el sueño, he tenido ensueños y pesadillas contigo.

–Con el cambio –dijo Nicolás sombriamente.

–Contigo. Aunque no seas el único que lo hace, estamos hablando de ti. No hay dos cosas: el cambio y tu. Eres el que cambia a un pez y después vuelve a ser un hombre, ¿no?

–Así es.

–Cuando te llamé por la mañana y Juan Pablo dijo que habías salido a nadar, me percaté de la dimensión real de esa historia. Sabía que en aquel momento pasabas por esa extraña transformación. Las pesadillas volvieron.

–No puedes vivir con eso. No lo soportaría –dijo Nicolás con tristeza.

–Fui a la iglesia calmar mi espíritu y buscar las respuestas que no logré conseguir sola anoche. No las he obtenido, sigo sin respuestas.

–Y las vienes a buscar conmigo.

–No. Esas preguntas no tienen respuestas. O me decido a vivir sin respuestas o... –Juliet concluyó la frase encogiéndose de hombros–. Llamé a la oficina de compañía aérea...

–¿Cuándo te vas?

–Puedo quedarme en Argentina hasta viernes de la próxima semana, ya te había dicho eso.

–Dijiste que llamaste la compañía aérea, seguro que has marcado tu vuelo. ¿Cuándo?

–Juan Pablo ha dicho que hay algo para mí aquí. Él es el hombre que tiene todas las respuestas, ¿no?

–Suele ser así.

–He venido por aquello que el río tiene para mí–. ella alzó la mano hacia la mejilla de Nicolás, acariciando la piel rasposa por la barba crecida–. Tú.

–Juliet, ahora sabes de la verdad. Sabes lo que ocurre conmigo... ¿me quieres igual?

–Te quiero, Nicolás, como nunca he querido a nadie... como siempre he soñado querer a alguien.

–¿Puedes soportar que yo haga el cambio todos los días? –Juliet bajó la mirada–. Necesito hacerlo, y lo mejor es que lo haga diariamente. ¿Soportarás eso?

–No lo sé –ella volvió a mirar los ojos negros de Nicolás–. Es esa la respuesta que he buscado y que nadie me puede dar. No sé si puedo manejar eso, pero estoy segura de quiero intentarlo. Si estás dispuesto a arriesgarte....

Nicolás deslizó los dedos por el pelo de ella.

–Lo siento, Juliet, pero no te quiero en mi cama hasta que te vayas. Te quiero en mi vida. No busco una amante, sino una esposa –él sonrió–. Esto es un pedido de matrimonio, aunque no se parezca mucho a eso... Si crees que puedes vivir con la maldición, sé mi esposa.

–¿Y si luego descubrimos que no puedo? –la voz de Juliet temblaba por la emoción.

–Para eso está el divorcio.

–Haces que las cosas suenen tan sencillas.

–Y lo son. Te quiero para toda mi vida, Juliet, y no lo digo a causa de la maldición, solo porque lo siento así.

–También te quiero para toda mi vida, a pesar de mis miedos.

Juliet humedeció los labios de una manera tan inocentemente provocativa que Nicolás no pudo resistirse y se apropió de su boca. Cuando las manos de ambos buscaron caricias más intensas e íntimas, Nicolás logró decir:

–Aquí no, Juliet. Es mejor que vayamos a casa.


2 comentarios:

  1. Este capítulo me mantuvo en tensión, ya que no sabía cual sería la respuesta de Juliet, y temía que dejara a Nicolás; pero que bueno que a pesar de sus miedos, al menos lo intentará. Nicolás se merece una oportunidad, es tan bueno!!!
    Muy buen capi!!!
    Besos,
    Bri

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  2. Que alegría que se anime a enfrentar sus miedos y que ojala lo pueda lograr, son el uno para el otro y se merecen estar juntos, que bueno seria si aceptara ser su esposa, que felicidad !!
    muy buen capitulo !!
    buena semana ^ ^
    besos

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