domingo, 3 de octubre de 2010

La Magia del Río - CAPÍTULO 11



–HAS CONOCIDO Nicolás a causa de la maldición. Ella nos hace tener la necesidad de nadar en el río. A veces es tan urgente que no podemos esperar una oportunidad segura, aunque generalmente logramos mantener la maldición bajo control.

"Tú", pensó Juliet, "logras mantener todo bajo control. No sólo una maldición."

–Lo hacemos para que las personas comunes no nos atrapen. Como tú atrapaste a Nicolás.

–¿Cuál es el problema de que alguien los vea nadando en el río? Otras personas también lo hacen.

Juan Pablo sorbió otro trago de cerveza.

–Piensa, Juliet: ¿qué viste antes de ver a Nicolás?

Ella casi había olvidado el incidente. Se había fijado tanto en la persona de Nicolás, que olvidó esa extraña impresión del primero encuentro.

–Una franciscana.

–Un pez –repuso Juan Pablo.

–Nicolás me ha explicado que se llama franciscana.

–No, Juliet. Eso ha sido una historia que él inventó para proteger nuestro secreto. Al que viste fue a Nicolás.

–Sí. Luego del pez vi a Nicolás.

–El pez era Nicolás, Juliet.

Ella parpadeó, y para sorpresa de Nicolás, no se apartó de él. Por el contrario, se acurrucó más junto a su cuerpo. Juliet no había comprendido el sentido del que Juan Pablo decía.

–¿Cómo es posible? –ella preguntó a media voz.

–La maldición nos hace cambiar de forma. El río nos llama y apenas entramos en el agua, cambiamos a un pez.

Juliet apartó los ojos de Juan Pablo volviéndolos hacia Nicolás. En aquellos ojos negros que ella había aprendido a amar había tal miedo que la mirada de ella se endulzó. La voz de Juan Pablo parecía venir de lejos, aunque continuaba prestando atención a lo que él decía, siguió mirando Nicolás.

–Atrapaste a Nicolás cuando él volvía del cambio, por eso viste algo del pez y luego a él. Hacer el cambio es una obligación nuestra, no pudimos pasar más de setenta y dos horas sin hacerlo, y sólo estamos bien si lo hacemos todos los días.

Juliet seguía mirando a Nicolás, que sentía un nudo en la garganta. Hasta ahora ella iba llevando bien las novedades, pero lo más probable era que no las creyera. Algo surgió en los ojos marrones de Juliet y Nicolás identificó que era miedo. Aún así, ella no realizó ni siquiera el más mínimo movimiento para apartarse de él.

–Si yo entrara en el río –Juliet no pudo evitar que la voz le temblara –¿Me ocurrirá lo mismo a mí?

–No. Eres la mitad de Nicolás pero no una luján –explicó Juan Pablo–. Ahora, mismo después de haber compartido tu intimidad con él, no te ocurre nada. Si quisieras nadar en el río, lo harías tan tranquila como lo hubieras hecho antes de conocer esta historia.

–¿Y ustedes? –la pregunta fue para Juan Pablo, pero Juliet miró a Nicolás– . ¿Les ocurre todas las veces que entran al río? ¿Que entran en el agua?

–No Juliet. Sólo cambiamos a pez en el Luján, por eso nuestra denominación. Y si hacemos el cambio todos los días, lo podemos controlar y entrar en el río sin que ocurra. Pocas veces ocurre un llamado urgente que nos obliga a cambiar sin que lo deseemos.

Juliet se volcó hacia Juan Pablo.

–Si no te ofendes, no quiero oír más nada de esa historia hoy.

–Todo lo que quieras, Juliet. Nicolás sabe lo mismo que yo, podrá explicarte lo que desees saber, y cuando quieras me buscas. No te quedes con dudas, pregunta.

–Gracias, Juan Pablo.

Ella se puso de pie, invitando Nicolás con una mirada.

Román observó en silencio la pareja subir la escalera y cuando la puerta de la habitación fue cerrada se volvió hacia el primo.

–Ella aceptó bien la situación –Román enarcó una ceja delante de la expresión taciturna de Juan Pablo –o no se percató de la dimensión de esa historia.

–Siempre les he dicho que la mitad es capaz de comprender el cambio como una cosa natural como nosotros lo hacemos. Es su destino. Son hechas para acompañar la vida de un luján.

–No te sientes satisfecho, Juan Pablo, y deberías estarlo. ¿Por qué no?

–No estoy seguro de que Juliet se quede con nosotros.

–Temes por nuestro secreto.

–No. Aunque se vaya, ella no va revelar nada de lo que ha oído aquí.

–Si Juliet quisiera dejarnos, ¿vas a embrujarla para que olvide todo que vivió aquí?

–Seguro que sí.

–¿Nicolás sabe que eres capaz de hacer eso?

Juan Pablo tardó algunos segundos en responder:

–No, Román. Eres el único que lo sabe.

–Si puedes garantizar nuestro secreto, ¿de qué tienes miedo?

–Nicolás –Juan Pablo lanzó una mirada penetrante hacia Román–. Conoces el dolor de un corazón roto.

–Desde luego –repuso Román con la voz endurecida.

–Imagínate como se sentiría Nicolás tras haber encontrado su mitad y haberla tomado como su mujer.

–Él no lo soportaría, y tú tampoco.


JULIET SENTÓ en el borde da cama y miró Nicolás, esperando que él viniese a su encuentro. No ocurrió. Nicolás cerró la puerta y quedó parado allí, con la espalda apoyada en la puerta.

–Ven aquí –llamó Juliet con suavidad.

Nicolás se acercó y Juliet se tumbó en la cama. Nicolás se sentó a su lado, mirándola con tristeza.

–¿Y ahora? –dijo él.

–Ahora..–. repitió ella –¿Quieres que te lo diga con todos los detalles?

–Creo que sería lo mejor.

Juliet se encogió de hombros.

–Quiero que te acuestes a mi lado y entonces voy me acurrucar en tus brazos. Como me siento somnolienta, creo que va a dormir por un rato. Después, cuando despierte, voy a juguetear con ese lunar tan precioso...

–Juliet, hablo en serio –atajó Nicolás.

–Yo también –repuso ella muy seria–. No me has creído cuando te he dicho que te quiero.

–Eso ha sido antes...

–Antes que hiciéramos el amor. Ahora te quiero más que antes.

–Estás huyendo del tema –acusó Nicolás –Sabes de lo que estoy hablando.

–De la maldición.

–Sí.

–No quiero pensar en eso ahora, Nicolás. Es nuevo y absurdo, necesito tiempo para aceptar que sea posible que ocurra algo de esa naturaleza.

–¿No sientes miedo... asco... vergüenza de mí?

Ella se acercó a él, haciendo que Nicolás se tumbase de espaldas en la cama y se colocó sobre él.

–Creo que aún eres el hombre del cual me enamoré –él asintió, sonriendo y Juliet le tocó la mejilla–. Si te cambiases en algo más peligroso que un pez, por supuesto que yo tendría miedo. Aunque...

Él esperó ella completar la frase pero Juliet quedó en silencio.

–¿Qué? –insistió Nicolás.

–No estoy preparada para ver a nadie transformarse en un pez. Por favor, que nadie lo haga cerca de mí.

–Seguro que no. El cambio es algo muy particular y solitario, nosotros lo hacemos solos.

Ella cerró los ojos y pronto quedó dormida. El día había sido largo y había tenido más emociones de las que podía siquiera imaginar y soportar..

Para Juliet parecía que sólo habían pasado algunos minutos cuando sintió el olor de café, pero el sol entrando por la ventana y llenando la amplia habitación de Nicolás con su luz le decía que no. Sentía su cuerpo dolorido en lugares que solía ni siquiera recordar que existían. Sonrió.

Nicolás recorría su espalda con la mano fría, lo que hizo que Juliet recordara la conversación con Juan Pablo de la noche anterior. Se apartó de Nicolás.

–Buen día, mi amor.

Ella respondió el saludo con un beso.

–Eres frío como un pez –dijo Juliet, deslizando la mano por el pecho de Nicolás, que enarcó las cejas. Ella rió–.Tu piel, Nicolás. Es fría y lisa como si yo tocase la de un pez.

–No te gusta.

–Te hace especial. Ahora... sé porque es así. Todo en ti es especial, Nicolás –Juliet lo miró a los ojos con tal pasión que él estremeció–. Eres distinto a los otros hombres, mucho más allá que esa cosa de pez. Eres una persona especial, Nicolás, y agradezco a Dios haberte conocido.

Él quería preguntarle si las cosas entre ellos quedarían así, en el límite de conocerse. Quería preguntarle si ella aceptaría quedarse allí por toda su vida, pero Juliet calló esas preguntas con un beso apasionado que le hizo olvidar todo.

Hicieron el amor, se ducharon juntos y sólo entonces bajaron por el desayuno.

Juan Pablo estaba sentado a la mesa, con una taza de café en la mano, cuando Nicolás y Juliet entraron en la cocina, cogidos de la mano. Como solía hacer todos los días, Nicolás saludó su hermano besándolo en la mejilla. Juliet se limitó a una sonrisa.

A la luz del día y arreglado con sus ropas formales, Juan Pablo había perdido ese aire salvaje y misterioso de la noche. Parecía un hombre normal. Rió para sus adentros. Aunque les ocurriesen esas cosas tan extrañas, eran hombres normales: comían, dormían, trabajaban... y hacían el amor.

–¿Pan tostado, Juliet? ¿Café o jugo? –preguntó Nicolás acercándose a la tostadora.

–Pan tostado –repuso ella y, no deseando ser una invitada en aquella casa, cogió un vaso de la mesa y lo llenó con el jugo de naranja.

Juliet se sentó delante de Juan Pablo, que la miraba cariñosamente.

–No has creído en la historia que oíste anoche –dijo Juan Pablo.

–Creer, he creído, aunque sea extraño pensar en ello. Necesito tiempo para acostumbrarme. No tiene ningún sentido el que la hubieran inventado –Juliet tomó aliento–. Además, está la prueba del lunar. Eso no puede ser una coincidencia.

–Te acostumbrarás, Juliet. Nadie va te presionar ni incomodar por eso. Creo que no será difícil, al fin, somos personas normales –dijo Juan Pablo con un ademán hacia la mesa.

–Pensaba en eso hace poco –dijo Juliet sonriendo, pero enseguida quedó seria–. ¿Has leído mi pensamiento?

–No, Juliet, no soy capaz de leer los pensamientos de nadie –contestó Juan Pablo serio–. Lo que ocurre a veces es lo mismo que le pasa a cualquiera: anticipo una preocupación. Suele ocurrir con las personas que conocemos bien.

Nicolás entregó a Juliet un plato con el pan tostado y puso más en la tostadora. Ella miró a Juan Pablo con severidad.

–Anoche, has adivinado lo que yo pensaba, y no conocido ayer. Creo que no se puede decir que nos conocimos bien.

–Anoche, pensabas las cosas que cualquiera pensaría en la misma situación. He crecido oyendo historias de como las personas quedan aterrorizadas con la maldición. Todo que lo que es nuevo para ti, siempre formó parte de nuestra vida. Incluso los perjuicios.

Juliet cogió el pan e hizo silencio. El tema era delicado y tenía miedo de que ofender Juan Pablo o Nicolás con su curiosidad o sus reacciones.

–He dejado el bote en el muelle –dijo Juan Pablo volcándose hacia Nicolás–. Verónica vendrá por mí, pues creo que necesitarán del bote.

–Supongo que sí –repuso Nicolás, trayendo su pan tostado hacia la mesa. Cogió una taza de café y se sentó–. Tal vez pronto necesitemos de otro bote.

–Espero que sí. Pasado mañana Román necesita revisar unos documentos por la tarde, ha arreglado todo para que la tenga libre, pero me gustaría que te quedases con Diego por si acaso él necesita hacer una entrega urgente. ¿Podrás?

–Por supuesto que sí. Más tarde llamo a Román y le confirmó eso–. Nicolás se volcó hacia Juliet –Diego es un primo segundo y trabaja con Román en una de las lanchas almaceneras.

–Ustedes..–. Juliet vaciló en el enunciado de la pregunta –¿La familia es grande?

–Juliet –la voz de Juan Pablo era serena, aunque sus ojos tenían aquella mirada penetrante que hacía a Juliet sentirse incómoda –nosotros hablamos abiertamente de nuestra condición. Creo que será más fácil para ti si lo haces también, ¿no?

Juliet sonrió tímidamente, un poco avergonzada de su actitud. De la manera como había hecho la pregunta, parecía que hablaba con perjuicios. Y no era así. No había sido directa por miedo de ofender a Juan Pablo.

–¿Cuál era tu pregunta, Juliet? –insistió él.

–¿Cuantos de ustedes hay? ¿Son muchos?

–Hay once lujanes vivos, tres hombres mayores que son padres de cinco hijos, cuatro hombres y Verónica, la única mujer entre nosotros. Además de Nicolás y yo, hay un primo cuyos padres han muerto.

–Creo que su vida es difícil –comentó ella, pensativa.

–Estás equivocada, nuestra vida es como la de cualquiera. Vivimos de nuestro trabajo, tenemos amigos, nos divertimos. Tal vez un poco más solitaria por el aspecto de la compañera. Esa es la única diferencia: no podemos salir por ahí experimentando parejas. En nuestra vida hay una única mujer.

Juliet estremeció bajo las últimas palabras de Juan Pablo. Para Nicolás, eso era una obligación, para ella un sueño: tener una persona a su lado por toda la vida. Ella alzó la mirada hacia él, que le sonreía, y su corazón dio un vuelco.

Guapo,cariñoso y fiel, todo lo que podría haber soñado.

Juan Pablo miró hacia el reloj y se puso de pie y miró a los dos.

–Me voy al muelle, dentro de un rato Verónica vendrá por mí. Nicolás, no te olvides de llamar Román –sonrió mirando directamente a Juliet–. Hasta luego, Juliet.

–Hasta luego –repuso ella observándolo dejar la cocina.

–Se sigues mirando Juan Pablo de esa manera, quedaré celoso.

Juliet se volcó hacia Nicolás y se percató que era una broma.

–Él es un hombre muy atractivo, inteligente y poderoso. Juan Pablo tiene una posición importante entre ustedes, ¿no?

–Es nuestro Consejero. Lo que dice es ley.

Ella rió.

–Además de percatarme de la semejanza entre ustedes, lo primero que pensé al verlo ha sido de que tenía delante de mí el "señor de la vida y de la muerte".

–Así es.

–¡Nicolás! –Juliet se asustó con la manera en que dijo eso, no había sido una broma.

–Sí, Juliet, es él quien decide todas las cosas para nosotros. Incluso nuestra vida personal. Las decisiones de Juan Pablo son incontestables, para nuestra propia seguridad. Mi hermano es un hombre justo y, como has dicho, inteligente, aunque autoritario, no es un déspota. A veces creo que tiene la apariencia tan amenazadora porque siente el peso de esa responsabilidad.

–Él es un hombre solitario.

–También –Nicolás empezó a recoger las cosas de la mesa–. A veces se queda con Román mirando el fútbol, pero es raro. Suele volver directo del trabajo a casa.

–¿Y tú?

–A veces me quedo un poco más en la ciudad, con mis amigos.

Limpiaron juntos la cocina, cada uno contando su rutina de vida antes de se conocieran. Juliet se sorprendió por la manera como Nicolás manejaba las cosas en la cocina, no había duda de que siempre lo hacía.

–¿Es siempre así? ¿Juan Pablo cocina y tú limpias?

–Sin reglas, quien se levanta por primero hace el desayuno, quien se queda en la casa, limpia. Aquél que llega a casa primero hace la cena, y en las vacaciones o el día libre el que quede en casa debe dejarla limpia y organizada. Cada uno cuida de su habitación.

–Viven bien juntos –observó Juliet.

–Es algo a lo que nunca voy renunciar: compartir esta casa con él. Creo que porque me quedé sin mis padres tan temprano y él se ocupó de mí –Nicolás se encogió de hombros –o sería así de cualquier manera...

–Creo que él también no sabría vivir lejos de ti. ¿Podrían vivir lejos de aquí?

–No. Necesitamos del agua del Luján.

–¿Por eso se dicen "lujanes"?

–Sí, la causa del nombre es esa: el río. Es así que las antiguas leyendas hablan de nosotros. ¿Qué tal pasar la mañana en la piscina?

–La idea es buena pero... no tengo bañador.

–¿Lo necesitas? –preguntó Nicolás con los ojos brillando de manera traviesa –A mí no me importa que te quedes sin uno, además, puedo hacer lo mismo. Así no te sentirás incómoda.

–Nicolás –la voz de Juliet tenía un matiz de reprensión.

–Ha sido una sugerencia, ¿tienes otra?

–La idea de la piscina ha sido óptima, aunque...

Ella no completó la frase, no dijo que sentía vergüenza de quedarse desnuda. Y la idea de tenerlo desnudo así, a la luz del día, provocó en ella olas de excitación.

Apenas llegaron a la piscina y Nicolás se quitó la ropa. Cuando se dio cuenta que estaba por entrar al agua, Juliet no logró evitar una reacción irracional: se tapó la cara con las manos y le dio la espalda. Apenas lo hizo llegó el remordimiento, seguro que lo había ofendido. Junto con el barullo del agua le llegó la voz suave de Nicolás:

–Vuélvete, Juliet.

Ella sintió escalofríos. No podía mirarlo, era más fuerte que ella.

–Vuélvete –repitió Nicolás.

–No puedo.

–Puedes. Vuélvete y mira. No hay nada, soy yo.

Ella sintió las lágrimas y no pudo detenerlas.

–No puedo, Nicolás. Es más fuerte que yo... que mi voluntad.

–Si es así, creo que nuestra historia acaba aquí.

Los barullos que venían desde la piscina eran de las brazadas de una persona nadando, pero Juliet no lograba superar su miedo y no tuvo valor para mirar a Nicolás dentro del agua. Cayó arrodillada.

Nicolás se acercó al borde de la piscina y la miró. No sabía que hacer.

Podía esperar que ella se calmase, pero tal vez Juliet no lo hiciese... tal vez se sintiera más y más desesperada con cada minuto que pasaba... Podría buscarla... pero quizás tuviese una crisis histérica cuando él se le acercara... o quizás se calmara con su presencia.

Si Juan Pablo estuviera allí, le preguntaría qué hacer. Pero no lo estaba. Él se había quedado solo con Juliet y no podía dejarla así. Salió de la piscina, caminó hasta ella y la agarró de los hombros, poniéndola de pie. Apartó las manos de ella de la cara sin que Juliet hiciese esfuerzo para resistirse.

–Mira –dijo Nicolás.

Ella tragó saliva y mantuvo los ojos cerrados.

–Mira, Juliet.

La voz de él salió idéntica a de Juan Pablo: amenazadora y autoritaria.

Juliet tembló. No podía resistir a su miedo ni a aquel hombre. Despacio, abrió los ojos. Las facciones de Nicolás quedaban tensas, severas. Como en la primera vez que lo viera, su rostro no expresaba emoción alguna. Sus ojos... en el fondo de sus ojos negros, el dolor. Un profundo dolor.

Juliet lo agarró por la cintura, amoldó su cuerpo al de él y buscó sus labios. Nicolás gimió al sentir las manos de Juliet recorriendo su cuerpo mientras las suyas hacían las ropas de ella cayeren al suelo. Juliet sentía sus piernas temblar mientras Nicolás recorría todo su cuerpo con la boca, encendiendo en ella un deseo desconocido. Juliet arqueó su cuerpo hacia el de Nicolás, buscando todo el placer que él le ofrecía.

Exhausta y cubierta de sudor, Juliet no se percató de lo que Nicolás pretendía al mantenerla junto a su cuerpo y rodar por el suelo hasta que cayeron en el agua.

Juliet gritó, se debatió, pero Nicolás la mantuvo junto a su cuerpo hasta que ella se calmó. Entonces él se movió lentamente, haciéndola sentir el roce de su cuerpo de manera insoportablemente sensual.

–¿Ves? Me quedo en el agua y aún soy un hombre –susurró al oído de Juliet.

–Lo siento –dijo ella hundiendo la cara en el cuello de Nicolás–. De verdad, lo siento.

–No hace falta. Es natural que sientas miedo, sólo necesitas tener valor para enfrentarlo.

–Creo que no lo tengo.

–Lo tienes. Buscalo dentro de ti.


2 comentarios:

  1. ¡Ay, Dios, qué buen capítulo!
    Me parecía que Juliet se lo estaba tomando demasiado bien; hasta que sucedió lo de la piscina. Pobre Nicolás, que mal se debe haber sentido en ese momento, y ella también, ya que su miedo la superaba; pero él supo como hacerla reaccionar con lo que para mí, fue una muy estrategia.
    ¡Como dijeantes, me gustó mucho, excelente!
    Besos,
    Bri

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  2. Un capitulo muy bueno !!! me da tristeza el pensar que ella pueda rechazarlo, no dudo de que lo ama con todo su corazón pero sera capaz de aceptarlo tal como es ?? pienso que le va a costar un poco, ojala que pueda enfrentar su miedo.
    muy buen capitulo en verdad !!
    kisses ^ ^

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