sábado, 2 de octubre de 2010

La Magia del Río - CAPÍTULO 10


–¿ES CIERTO? ¿No es una broma?

–¿Por qué haría una broma con eso?

–No sé.

–Lo tengo –dijo Juliet apartando la blusa y el sujetador para enseñarle su lunar.

Lágrimas corrían por las mejillas de Nicolás. Juliet era su mitad. Tenía la otra mitad del pez que él traía marcado en el pecho.

–¿Por qué lloras?

–Felicidad. Después comprenderás. Ahora te quiero. Me has enloquecido, Juliet.

Ella tembló, no creía ser capaz de enloquecer un hombre como él. Pero lo hacía. Todo el cuerpo de Nicolás lucía las señales de su deseo. Juliet bajó al suelo quedando, así como él, arrodillada y apoyó las manos en el pecho de él. Los labios de Nicolás se apropiaron de los suyos, delineando sus suaves contornos con la lengua. Ella ahogó un gemido cuando la invadió con su lengua, buscando los secretos de la boca de Juliet.

Nicolás la apretó fuertemente contra su cuerpo, haciéndola sentir su excitación. Juliet se movió lentamente contra su cuerpo, creando una fricción que sólo aumentaba la excitación de los dos. Nicolás empezó a besarla con tal posesión que hizo a Juliet sentir como si su deseo estuviese a punto de desbocarse.

Nicolás quedaba al borde de la capitulación, pero no podía. No sin consultarla, sin quedar seguro de que Juliet quería entregarse a él. Apartó la boca y miró el rostro sonrojado de ella.

–Juliet...

Ella abrió los ojos y le sonrió. No parecía ni arrepentida ni avergonzada.

–Juliet, sabes lo que vamos hacer enseguida...

–Por supuesto que sí –ella acarició el rostro de Nicolás con la punta de los dedos–. He tenido un largo noviazgo y... creía que terminaría en boda. Ya he hecho el amor, Nicolás. No te preocupes con eso. Te quiero. Y quiero hacer el amor con usted.

–Es algo definitivo.

Ella sonrió. Él parecía un niño asustado y no el hombre atractivo que conocía. Algo perturbaba Nicolás y ella no se percataba de lo que era. Continuó acariciando su rostro mientras hablaba:

–Creo que no hay nada definitivo en la vida. Todo lo que yo creía ser, no ha sido. Por eso, ahora no quiero pensar si es definitivo o temporal. Te quiero. Y eso es todo.

Nicolás tembló. Era definitivo, él lo sabía. Si la tomaba como su mujer, sería para siempre. ¿Era justo hacerlo sin su conocimiento? ¿Sin que Juliet tuviese la elección de lo que quería su vida? ¡Maldito fuese Juan Pablo otra vez! No le dijo si debía o no contarle la verdad antes de hacerle el amor. ¿Podría continuar? ¿Conseguiría detenerse? ¿Juliet aceptaría que él se detuviese sin ninguna explicación?

Juliet vio todas sus dudas estampadas en su cara. Volvió a acariciarle el lunar, haciendo a Nicolás temblar de placer, aunque no hizo ningún movimiento.

No, concluyó Nicolás, ella no aceptaría que interrumpiesen lo que habían empezado. Culpa suya. Si se hubiese mantenido lejos de Juliet.... Sintió la boca de ella en su lunar. Un beso suave y enseguida la lengua lamiéndolo. Jadeó. Él tampoco podría retroceder, había dado ya el último paso. Si había sido un error...

–Juliet...

Ella alzó la mirada hacia el rostro de Nicolás, que la apartó un poco de si.

–Nunca he estado con una mujer.

–¿No? –ella no pudo ocultar la sorpresa.

–No podía. Sólo podía ser contigo.

Juliet parpadeó, sorprendida y confusa. Nicolás continuó:

–Siempre me arreglé solo con mi deseo, tal vez haga alguna tontería... necesito de ti... que me digas el que sí y que no...

Juliet sonreía. Un hombre atractivo y inocente. Una tentación.

–El amor no se aprende, Nicolás, se siente.

Ella volvió a acercare a él y lo hizo olvidar todas sus dudas. El beso fue profundo, las manos de Juliet recorrían la espalda de Nicolás, invitándolo a hacer lo mismo. Las manos frías se insinuaron bajo la blusa de ella, haciendo que escalofríos recorrieren su espina.

Juliet echó la cabeza hacia atrás cuando la boca de él empezó a bajar por su cuello hasta alcanzar su seno. Nicolás hizo lo mismo que ella le hacía: besó el lunar. Lo hizo con tal ternura que ella sintió ganas de llorar. Él acariciaba aquella terrible marca que cargaba en su cuerpo desde que naciera. La marca que siempre ocultara de todos y que Bryan dijera que le daba asco. Su ex-novio ni siquiera acariciaba su seno derecho a causa de aquel lunar.

Nicolás se percató de las lágrimas de ella y la miró.

–Juliet... estás llorando.

–Como tú –repuso ella sonriendo –, estoy feliz.

Juliet lo ayudó a quitarle la blusa y volvieron a besarse con pasión. Una pasión que ella nunca había experimentado. Invadida por el deseo Juliet bajó la mano hacia la cremallera del pantalón de él y la bajó lentamente. Quedó sorprendida, pues su mano rozaba la piel. Nicolás no llevaba ropa interior. Lo acarició y fue invadida por el pánico al percatarse del tamaño de su erección.

–Nicolás...

Pero su llamado se perdió en el aire, él no la oía. O mejor, oía sin reaccionar.. Los dedos de Nicolás se engancharon en la pollera de Juliet, haciéndola deslizar por las piernas junto con las bragas de encaje. Se deshizo de su pantalón y quedaron los dos, tendidos en el suelo, desnudos.

Se miraron por un rato. Las bocas volvieron a unirse, las manos a buscar los secretos del otro y entonces Juliet sintió el peso de él. Se movió preparándose para aceptar su masculinidad. Gimió suavemente en la primera embestida de Nicolás, sintiendo que sus músculos se expandían para aceptar al hombre que tanto deseaba. Aunque Nicolás era grande, parecían hechos uno para el otro, su cuerpo le aceptada, sus músculos lo envolvieron hasta que él se enterró profundamente. Juliet se movió y encontraron el ritmo perfecto de su deseo.

Satisfecho, Nicolás se tumbó de espaldas, colocando Juliet sobre su pecho y calmando con sus manos el tembloroso cuerpo de ella. A los pocos minutos sus respiraciones volvían a su ritmo normal y ella dijo:

–Me has llevado al cielo, Nicolás.

–¿Así es?

–Soy tuya.

–Lo sé.

Juliet alzó los ojos hacia él. No había sido una declaración arrogante, el rostro de Nicolás tenía la alegría de un niño. Juliet dibujó el contorno de aquella boca carnuda con el dedo.

–Fuimos imprudentes –dijo ella–. Hemos hecho el amor en un lugar en el que cualquiera podría habernos sorprendidos.

–Es una isla particular, Juliet. Además, nadie viene aquí si no ha sido llamado.

–Llamado..–. repitió ella–. Parece una orden, ¿no sería invitado?

–Llamado. Por Juan Pablo.

–Él vive aquí. Podría habernos atrapado.

–Se queda trabajando.

–Verónica...

–Lo mismo –Nicolás sonrió–. Juliet, no habría hecho el amor contigo aquí si hubiese riesgo de que nos atrapasen.

–Desde luego –ella empezó a dibujar círculos con la punta del índice en el pecho de él–. Nicolás... tu piel siempre es fría.

–Sí, así es.

–Mientras hacíamos el amor parecía aún más fría.

–Tal vez. No me percaté de eso.

–Yo sí. Es fuera de lo común. El sexo suele hacer que uno sienta calor.

–Bien..–. Nicolás se encogió de hombros –Deberías saber que no soy un hombre común.

–No. De hecho no lo eres.

Las caricias de Juliet encendían su deseo y la voz de Nicolás salió ronca:

–Si sigues con lo que estás haceiendo, Juliet, no podré responder por mí.

–Creo que me gusta cuando te queda sin respuesta –provocó Juliet.

–Hablo en serio.

–Yo también. Si quieres hacer el amor otra vez, lo podemos hacer.

–¿Aquí?

–¿No hay cuartos en esta casa? Me gustaría un poco de privacidad.


JUAN PABLO se arrastró por la arena y hizo una mueca.

–Sal de tu escondite, niño. Estás muy viejo para estas cosas.

Nicolás se acercó, poniéndose de cuclillas al lado de su hermano.

–Lo siento por el bote –dijo Nicolás señalando la embarcación en la arena.

–Sueles hacerlo y aún no me he muerto por eso.

–¿Y Verónica?

–Arregló que alguien la llevase hasta su casa.

Quedaron en silencio. Juan Pablo tenía los ojos cerrados y Nicolás aprovechó para mirarlo detenidamente. La vuelta del cambio, de hecho, era algo horrible de se ver. De veras los humanos tenían motivos de horrorizarse por ellos. Ver los brazos estirándose del cuerpo, las piernas separándose y tomando forma humana, no era algo agradable ni siquiera para un luján.

–Si no te gusta, ¿por qué miras?

Nicolás fue cogido de sorpresa por la voz dura de su hermano.

–¿Ahora eres capaz de leer mis pensamientos?

–¿Por qué has venido?

–Te he traído ropa.

–Es decir que Juliet está en nuestra casa.

–Sí.

Juan Pablo abrió los ojos y miró su hermano.

–Ya has comprobado lo que yo te había dicho: ella es tu mitad.

Nicolás sonrió.

–Tras un gran susto, sí.

–¿Cómo quedó al saber sobre nosotros?

Nicolás bajó la mirada. Juan Pablo balanceó la cabeza.

–No has tenido valor para contárselo.

–No.

–Y quieres que yo lo haga.

–Eres el Consejero, por supuesto el hombre que mejor lo sabrá explicar.

–Eres tu él que debía compartir tus secretos con ella.

–No sé como decirlo... Como explicar que hacemos el cambio... que necesitamos hacerlo... Me siento un monstruo cuando estoy cerca de ella.

–En ese caso, no la deberías haber tomado como tuya. Si eres un monstruo, a lo mejor tendrías que haber dispensado Juliet.

–No puedo vivir sin ella.

–Ahora, de hecho, no puedes –Juan Pablo se sentó en la arena y miróNicolás severamente–. Si me toca a mí esa tarea, la hago, pero tiene que ser pronto.

–¿Ahora?

–Sería lo mejor. Ella no puede dejar esta isla sin saber de la verdad, y no puedes mantenerla aquí como una prisionera. Juliet es una mujer inteligente, seguro que ya se percató que hay secretos. Y también de la diferencia entre tú y otros hombres. Creo que no has sido el primero.

–No. Ha sido el ex-novio de ella.

–Tal vez ella aún no esté buscando respuestas para esas diferencias, pero las va a buscar.

Nicolás asintió.

–Así que lleguemos a casa, buscaré Juliet.

Oyeron el murmullo del agua y volvieron la mirada hacia el canal.

–Soy yo –dijo la voz conocida mientras el hombre hacía señas desde la entrada del canal.

Román se acercó a ellos caminando, prueba de que había estado solamente nadando.

–¡Vaya! Pequeño Nicolás, ¿qué haces aquí por la noche? Creía que sólo tu hermano recibía el llamado de la luna.

–Olvídate de eso de "pequeño Nicolás", Román –dijo Juan Pablo con la voz áspera–. Ya no hay más niños entre nosotros.

–He venido por las novedades, y veo que son mejores de las que yo esperaba. ¿Has confirmado que Juliet es tu mitad?

–Sí –repuso Nicolás con timidez.

–¿Y?

La mirada maliciosa de Román hizo que Nicolás se sonrojara. Aquello que compartiera con Juliet era tan distinto de lo que sentía cuando calmaba su instinto con las manos... más fuerte y más particular.

–Nicolás ya es un hombre –atajó Juan Pablo –, aunque no ha tenido valor para decirle la verdad a Juliet.

–Esa tarea te toca a ti, Consejero.

Juan Pablo asintió y Román carcajeó.

–Nicolás se queda con los placeres y tú con las piedras –Román volvió la mirada hacia Nicolás–. No eres tonto, chico.

–Vamos a casa –dijo Juan Pablo.

–Y yo a la mía. ¡Hasta luego!

–Vas a venir con nosotros, Román.

No era una invitación, sino una orden. Nicolás sonrió, como dijera a Juliet, su hermano no invitaba: llamaba. Un brillo de tristeza asomó a sus ojos, Juliet desconocía todo de ellos y sintió miedo de que ella no aceptara las cosas de la manera que eran.

–Nicolás.

La voz autoritaria de su hermano hizo el joven temblar, alejando sus temores y volviendo a la realidad.

–¿Dónde está la ropa que dijo que me trajiste?

Nicolás se acercó al bote y volvió llevando un pantalón corto.

–¿No trajiste una camisa?

–Sabes que no me gusta husmear en tus cosas –se disculpó Nicolás.

–Se has buscado el pantalón, podrías haber cogido una camisa –dijo Juan Pablo mientras vestía la prenda.

–Es mío.

–Lo veo –comentó Juan Pablo al abrochar el pantalón y se percatarse que le quedaba un poco apretado–. Te olvidas que eres más delgado que yo.

–Sólo un poco, mi ropa te sirve.

–Pero queda incómoda.

Juan Pablo, además de diez centímetros más en altura, tenía los hombros más anchos y los muslos más gruesos que los de su hermano. Aunque en una visión general pareciesen del mismo tamaño, si cambiaban la ropa uno con el otro, las diferencias aparecían.

–Por eso no he traído una camisa. ¿El gato te ha comido la lengua, Román?

–Para mi suerte, no –masculló Román mirando a Juan Pablo de reojo.

Los tres tomaron el sendero empedrado.

Nicolás entró en la habitación y tuvo la impresión de que Juliet no se había movido ni siquiera un milímetro desde que la dejó para esperar a Juan Pablo en la playa. Se acercó a la cama y sentó a su lado, acariciándole el rostro.

–No hace falta que te preocupes de esa manera, todo está bien.

–No lo creo –repuso Juliet –y tú lo sabes. Hay algo grave. Tan grave que no has tenido valor para me decírmelo. Has buscado a tu hermano para que él me lo diga.

Nicolás acarició los labios temblorosos de Juliet.

–Si. Hay algo serio que necesito que sepas, y no he tenido valor de contártelo. Juan Pablo ya me echó un sermón por eso. ¿Puede ser ahora?

Ella tomó aire.

–El que haya sido aplazado no lo ha resuelto... si necesito saberlo, que sea lo más pronto.

Nicolás se puso de pie y le tendió la mano. Juliet cogió su mano y bajó de la cama. Aún estaba desnuda y la costumbre la hizo llevar la mano al seno derecho, ocultando el lunar. Nicolás apartó la mano y inclinó la cabeza, besándolo y enseguida lamió el pezón rosado. Juliet gimió, enterrando los dedos en el pelo muy corto de Nicolás, atrayendo su cabeza a su pecho.

–Nicolás, creo que es mejor que pares. Si empiezas así, no bajaremos para hablar con tu hermano.

–Desde luego –repuso él jadeando.

Nicolás se incorporó y ayudó Juliet a ponerse un albornoz blanco. Bajaron juntos la escalera, él sentía el temblor del cuerpo de ella y eso le hacía temer aún más su reacción ante las palabras de Juan Pablo. Juliet quedó paralizada al percatarse de que había otro hombre en la sala con Juan Pablo. Por un momento le tentó la idea de volver a la habitación de Nicolás, pero Juan Pablo ya los había visto y sonreía. Tímidamente, Juliet devolvió la sonrisa.

–Hola, Juliet.

–Hola.

Nicolás la hizo sentarse en uno de los sillones delante de su hermano y se sentó a su lado. El otro hombre estaba a la derecha de ellos.

–Él es mi primo Román, hermano de Verónica –presentó Juan Pablo al desconocido.

–Hola –Juliet miró el desconocido y sus facciones alegres la relajaron un poco.

–Hola, pequeña Juliet.

La sonrisa burlona de Román iluminó su rostro y Juliet se percató de que él era más parecido a Nicolás que a Juan Pablo.

–Bienvenida a la familia, Juliet.

Las palabras de Juan Pablo la hicieron temblar. Nicolás no había hablado con ella de un compromiso, aunque le había dicho antes que hicieran el amor por primera vez que era "definitivo".

Ella volvió la mirada hacia el hermano de Nicolás. Juan Pablo hablaba de una manera suave y gentil, la misma gentileza que veía en sus ojos. Tenía en la mano una lata de cerveza y sorbió un largo trago mientras miraba Juliet. Sólo la miraba, al contrario de ella, que lo examinaba.

Así como Román, Juan Pablo tenía el pelo mojado, quizás hubiese nadado en el río como Nicolás hacía cuando le vio por primera vez. Sin camisa, revelaba una mata de vello oscuro en el pecho y los pantalones cortos que usaba parecían algo pequeños para él. Parecía muy relajado, y por lo tanto, menos amenazador.

–Si vas o no a quedarte con Nicolás, es asunto tuyo y de él, pero sea como sea, formas parte de la familia. Tienes el lunar.

Juliet asintió. Sí, tenía aquel lunar idéntico al de Nicolás. Parecía algo importante para ellos. Repasó en su mente la reacción de Nicolás al decirle que tenía el lunar. Felicidad y... alivio. Sí, Nicolás se sintió aliviado al ver su lunar. Había sido sólo después de verlo que él se puso a hacer caricias más intimas.

Juan Pablo se percató que Juliet estaba perdida en sus propios pensamientos y hizo una pausa.

Durante la tarde, ella no se había dado cuenta, pero ahora todo estaba claro: Nicolás le enseñó su lunar intencionalmente. Se quitó la camisa para que ella lo viese, pero cuando Juliet evitó mirar su pecho, él se acercó e hizo de todo para que ella lo mirase. Su reacción lo había desesperado, y Juliet lo comprendió. Tal vez Nicolás temiera que ella se comportase con él como Bryan lo había hecho con ella.

Juliet alzó la mirada hacia Juan Pablo.

–El lunar es importante para ustedes. Tiene un significado particular.

–Es una maldición –declaró Juan Pablo con serenidad.

Juliet se acurrucó junto al cuerpo de Nicolás. Juan Pablo parecía un hombre demasiado inteligente para quedarse atrapado en supersticiones. Algo dentro de si le dijo que debía oír esa historia sin hacer ningún juicio antes de que terminara.

–Tienes un lunar idéntico al de Nicolás y en el mismo lugar, aunque espejado. El de Nicolás es en el lado izquierdo y el suyo, en el derecho. El lunar de él tiene el borde superior como una línea recta, en el suyo es el borde inferior. ¿No es así, Juliet?

Ella balanceó la cabeza afirmativamente. ¿Cómo sabía esos detalles? ¿Nicolás se lo habría contado?

–¿Ya te fijaste que juntos los lunares forman la figura de un pez? Cada uno de ustedes tienen una de las mitades, juntos, completan la figura.

Juliet miró el pecho de Nicolás.

Siempre había mirado su lunar como una mancha, con un borde recto y otro irregular. Observara el de Nicolás de la misma manera, sólo sorprendida de que fuera igual al suyo y en el mismo lugar del cuerpo.

Ahora, tras oír Juan Pablo, examinó detenidamente la piel marrón. Sí, fijándose: era una mitad, la mitad de un pez. Así como el suyo. Dos mitades. Las necesarias para formar un entero.

Así como el hombre y la mujer formaban una unidad cuando estaban juntos.

No, Juan Pablo no dijo eso. Hablaba de la figura de un pez. Esa historia de unir un hombre y una mujer ya era fruto de su imaginación romántica, del aliento de Nicolás tocando su rostro.

Sintió ganas de besarlo, aunque no se atrevía a hacerlo delante de Juan Pablo.

Nicolás le adivinó los pensamientos e inclinó la cabeza rozando suavemente sus labios para enseguida tomarlos en un beso cálido y largo. Juliet sintió que sonrojaba y se sintió agradecida por la suave iluminación de las lámparas de mesa. Quizás podría ocultar su vergüenza.

Volvió a mirar Juan Pablo y se estremeció al percatarse de que observaba el beso que intercambiara con Nicolás.

Los ojos negros de Juan Pablo expresaban algo que la sorprendió: alegría. No sabía decir el porque eso le sorprendió. Tal vez fuese por aquella apariencia tan seria, aquel aire de autoridad absoluta, lo cierto era que la alegría no combinaba con él.

–Todos nosotros llevamos un lunar en el cuerpo. Y en algún lugar, en el mismo año, ha nacido alguien con la otra mitad del lunar. No siempre nos encontramos. A veces, uno muere sin haber encontrado su mitad.

Juan Pablo volvió a sorber un trago de su cerveza. Juliet tomó aire y preguntó:

–¿Es necesario encontrar a la persona que tiene el otro lunar?

–No. Pero es la única persona con la cual podemos tener relaciones sexuales. Aquél que tiene el lunar sólo puede hacer el amor con quien lleva la otra mitad del lunar.

Juliet comprendió porque Nicolás no había estado con otra mujer. Hasta entonces, eso le parecía incomprensible. Era joven y guapo, con una disposición inmensa para él amor según lo que había experimentado hoy...

–¿Y si no la encuentra?

–Se queda solo –repuso Juan Pablo con indiferencia.

–¿Qué pasa si uno de ustedes hace el amor con alguien que no tiene el lunar?

–Muere.

Juliet quedó sin aliento. Es decir que si ella no hubiese tenido el maldito lunar, por más que Nicolás la desease y ella quisiera entregarse a él, no podrían.

–Es exactamente como lo has pensado ahora mismo –dijo Juan Pablo, tomando a Juliet por sorpresa.

–No te asustes, Juliet –dijo Nicolás estrechándola entre sus brazos–. En los últimos días Juan Pablo ha tomado esa incómoda manía de leer pensamientos. No suele hacerlo.

–O si lo hace, no se lo revela a nadie –añadió Román.

–¿Ustedes creen en esa maldición del lunar? ¿En serio?

–Nosotros vivimos la maldición.

–¿Cómo así? No hay nada diferente ni malo en ustedes. Viven como cualquiera.

–No, Juliet. No vivimos como cualquiera –dijo Nicolás acariciando la mano de ella–. Es lo que vas a oír ahora de lo que he tenido miedo. De como puedas reaccionar. Escucha a Juan Pablo con atención.


3 comentarios:

  1. ¡Excelente capítulo, Cristina!

    Besos,
    Bri

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  2. AYYYY !!! y si ella lo rechaza, no quiero pensar en eso xD !!! EL PRÓXIMO CAPITULO VA A SER MUY DECISIVO PARA SUS VIDAS !!! no me lo pierdo por nada !muy bueno Cristina !!
    Besos ^ ^

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  3. Hola, Cris
    Pasaba, antes de irme al recital de Bon Jovi, a ver si ya tenías el capi 11 para leer, puesto que con lo genial que estuvo el capítulo de ayer, estoy ansiosa por leer el que sigue. Me muero por saber cuál será la reacción de Juliet cuando Juan Pablo le cuente todo acerca de los Lujanes.
    Pero como no está, ya lo leeré, sin falta, cuando regrese en la madrugada.
    Besos,
    Bri

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