jueves, 30 de septiembre de 2010

La Magia del Río - CAPÍTULO 8



NICOLÁS INTENTABA disfrazar su ansiedad, pero no estaba seguro de que lograba hacerlo. Sentado a una mesa, con una gaseosa en la mano, miraba el andén. Quizás llegase en el próximo tren. Juliet le llamó al subir al tren y él, que ya estaba en Tigre, se desplazó de inmediato a la estación. Ahora, esperaba. Llegó el tren. Las personas bajaban y salían, apresuradas.

Juliet sintió el corazón dar un vuelco al ver Nicolás. Siempre tan atractivo en aquella apariencia sencilla. Un hombre al alcance de las manos. Él aún no la había visto y Juliet pudo observarlo con atención. Polo celeste con los botones desabrochados, pantalón corto beige, mocasines negros sin calcetines... un arreglo sencillo que realzaba su masculinidad. Juliet pensó lo mismo que la primera vez que lo vio: un hombre muy guapo

Ella caminaba muy tranquila, sonriendo. Sonrisa que se alargó al cruzar sus ojos con los de él. Nicolás la identificaba en medio de las muchas personas que habían bajado del tren. Él sonrió, exhibiendo una hilera de dientes blancos que contrastaban contra su piel morena. Las pequeñas arrugas en los cantos de sus ojos, tan características de los marineros, hacían esa sonrisa llegar a los brillantes ojos negros. Por un rato el aliento faltó a Juliet.

Nicolás se acercó y cogió las dos manos de ella.

–Hola.

Antes que Juliet tuviese tiempo de contestar el saludo el se inclinó en su dirección. Para sorpresa de ella no fue su mejilla la que él besó. Aunque no fue un beso, sino un leve roce en sus labios, pudo sentir el gusto de aquella boca carnuda, sorprendentemente fría. Así como las manos de él.

Nicolás se incorporó, sorprendido con su osadía. ¿De dónde sacó valor para hacer aquello? No sabía. El solo supo que había sido muy bueno. La boca de Juliet era suave y cálida... y ella no parecía ofendida. Y parecía haberse quedado tan emocionada como él.

–Hola –susurró ella, aún sintiendo que el aire le faltaba y… el piso. No podía creer que un contacto tan suave produjese efectos tan intensos. Era una mujer que había estado al borde del altar y estaba afectada por el roce de los labios de un hombre casi desconocido. "Soy una tonta", dijo Juliet para sus adentros.

Cogidos de la mano salieron del edificio bajo el día soleado. Juliet parpadeó y mientras sacaba las gafas de sol de su bolso, preguntó:

–¿Nunca llueve aquí?

–Por supuesto que sí –él rió –, no estamos en el desierto. En esta época del año es muy raro un día que no esté soleado. Si hay lluvia, es rápida y pronto el sol vuelve a brillar.

–Muy lindo. Si estuviese en casa, hoy vería un día gris, tal vez con nieve, y seguro que muy frío. Es invierno.

–Y el invierno no te gusta.

–De hecho, no.

–El invierno no combina contigo, Juliet. Tienes el calor del sol en tus ojos y la belleza de las flores en tu alma.

–Nicolás... por favor...

–Sabes de eso, no necesitas que yo te lo diga. ¿Has paseado lejos del río?

Ella sonrió, aliviada por el cambio de tema.

–No, las dos veces que he venido, caminé a las orillas del río.

–¿Ya fuiste al Puerto de Frutos?

–Río, barco, puerto..– mientras hablaba, Juliet señaló las palabras con los dedos–. ¿Olvidé alguna palabra del vocabulario local?

Él rió de la broma.

–Por supuesto. Bote, remo, remero, islas... olvidaste muchas palabras.

Rieron juntos. La vida parecía tener un brillo diferente al lado de Nicolás. Un brillo que ella no conoció en Pine Bluff, la ciudad donde nació y vivió hasta dos semanas atrás. Ya no estaba segura de que pudiese volver a vivir en Arkansas.

–Creo que he recibido una invitación para conocer el Puerto de Frutos.

–Sí –repuso Nicolás sonriendo, seguro de que ella aceptaría.

–Parece un paseo seguro –dijo Juliet mirando hacia la Estación Fluvial, delante de la cual pasaban.

Nicolás rió y la condujo en dirección a la estación Delta.

–¿Te gusta? –preguntó él, señalando el Parque de la Costa.

–Soy del país del Disneyland y nunca he puesto los pies allá. ¿Eso responde tu pregunta?

–¿Crees que sean cosas de niños?

–No, es sólo que no me gusta –respondió Juliet encogiéndose de hombros.

Caminaron un poco más y luego ingresaron Puerto. Los ojos de ella brillaron de encantamiento, haciendo a Nicolás sonreír. Recorrieron algunos locales, es decir, hicieron paradas en cada uno de los locales.

–¡Dios! Me quedaría sin un centavo si viniera de compras aquí –comentó Juliet.

–Me percaté de que muchas cosas te gustaron.

–¿Muchas? ¡Todas! No he visto nada que no me guste.

–Tal vez enseguida vea algo que no te guste.

Ella lo miró, sonriendo y con la curiosidad brillando en sus ojos marrones.

–¿Aún estás dispuesta a conocer mi hermano? –preguntó Nicolás con cautela.

–Desde luego. ¿Por qué piensas que podría haber desistido?

Nicolás se encogió de hombros y no la respondió.

–¿Por qué es lo más personal de todo lo que hemos hecho juntos? –insistió Juliet.

–Sí –repuso él sin lograr ocultar su vergüenza –y, además, él no es una persona común.

–¿No? –ella puso los ojos en plato –¿Él tiene tres piernas? ¿Dos narices?¿Lleva el nombre escrito a hierro en la frente?

Nicolás no pudo evitar una carcajada.

–Creo que tu hermano es una persona común –añadió Juliet.

Nicolás tomó aire, las bromas de ella quedaban lejos de la verdad, pero no huían de su sentido: ellos eran diferentes a las otras personas. No sólo Juan Pablo, él también. Juliet se percató del aire de tristeza que asomó al rostro de Nicolás.

–¿Él ha cambiado de idea? ¿Tu hermano no quiere conocerme? –Juliet puso la mano sobre el brazo de Nicolás –No hay problema, no me voy a enojar a causa de eso.

El corazón de Nicolás empezó a latir a toda velocidad sintiendo el toque de la mano cálida de Juliet en su brazo. Tomó aire para responder.

–Juan Pablo espera por nosotros acá, sólo quería asegurarme de que la idea te agradaba.

–Por supuesto –dijo Juliet y completó para sus adentros: "todo lo que venga de ti me agrada, Nicolás."

Nicolás señaló las mesas al aire libre y no fue necesario decir quién era su hermano. Había allí un único hombre que podría serlo: además de la semejanza física, el mismo aire de autoridad.

–¿Él necesitaba de una mesa tan cerca del agua? –preguntó Juliet entre dientes.

Nicolás se sorprendió que ella ya hubiese localizado a Juan Pablo.

–¿Cómo sabes quién es mi hermano?

–¿Nunca te han dicho lo parecido que son? Lo reconocería aunque no supiese que estaba aquí.

–Bien, a él le gusta el río –Nicolás se encogió los hombros, como si estuviese disculpándose de la elección de su hermano.

–Como a ti. No hay problema, es él que está sentado junto a la barandilla, podré quedarme un poco más lejos.

–Si quieres otra mesa..–. ofreció Nicolás.

–Por supuesto que no –atajó Juliet.

Siguieron hasta la mesa y Juan Pablo se puso de pie, acercándose a Juliet.

–Hola, Juliet.

Ella sonrió y antes que pudiese tender la mano hacia él, Juan Pablo ya se había acercado más y la besaba en la mejilla. Seguro que él medía casi dos metros de altura y con aquel aire de autoridad, era un hombre a ser temido. Comprendió lo que Nicolás le dijera: no era un hombre común.

–Hola –respondió ella recuperada de la sorpresa.

Juan Pablo saludó su hermano de la misma manera que a ella, besándolo en la mejilla y volvió a su lugar. Nicolás sostuvo la silla para que ella se sentase y ocupó la silla a su lado, sólo entonces Juan Pablo se sentó. Sin que nadie pidiese, un camarero trajo gaseosa y unos bocadillos. A Juliet no le escapó que era justo las cosas que había dicho a Nicolás que más le gustaban. ¿Sería coincidencia?

–Gracias por aceptar la invitación, estoy feliz por conocerla.

Ella sonrió, no sabía que podría decir. Los modales de Juan Pablo eran tan elegantes como los de Nicolás, la voz era muy suave y su tono, gentil. Desde luego no hacían juego con los ojos salvajes y dominadores. Las semejanzas entre los dos hermanos eran muchas, aunque mayor y unos diez centímetros más alto, Juliet estaba segura de que si se arreglaran de la misma manera podrían ser confundidos uno con el otro.

Quizás fuese por eso que tenían una apariencia tan distinta. La ropa de Juan Pablo era más formal, pero usaba el pelo largo, cayéndole por los hombros, lo que le daba un aire jovial. Sus facciones eran severas, pero cuando sonreía no tenía la espontaneidad del hermano. Parecía ser una persona con total control de si mismo. Y de los otros. Era esa la impresión que Juliet tenía: estar delante del señor de la vida y de la muerte.

Juan Pablo mantuvo una conversación ligera mientras comían, aunque no escapó a Nicolás que él había logrado obtener de Juliet mucha información personal. Y sin hacerle siquiera una pregunta. Nicolás sonrió mirando hacia su hermano, el siempre atento Consejero, un hombre que podía manipular hasta a los mismos humanos.

–¿Piensas en volver a Arkansas? –preguntó Juan Pablo, apoyando la espalda en la silla de manera relajada.

Juliet parpadeó. Una pregunta extraña visto que estaba allí en la condición de turista.

–Por supuesto, es allí donde vivo.

–En este momento, no. Vives aquí.

La serenidad de la voz de él provocó escalofríos en Juliet. Las palabras de Juan Pablo habían sonado como una sentencia.

–Estoy aquí. Nosotros estamos aquí –dijo ella con un ademán a las mesas a su alrededor.

–¿Es así como te sientes: estando? ¿O te sientes viviendo?

Ella tomó aire. Nicolás le había avisado, no podía quejarse: aquel hombre tenía algo muy distinto del resto de la humanidad.

–No sé –confesó Juliet–. Creo que nunca he vivido... no como me siento ahora.

–Aún tienes tiempo, pero cuidate para que no se acabe antes de que sepas la verdad sobre ti.

Ella se quedó mirando el rostro impasible de Juan Pablo. Si hubiese mirado a Nicolás, habría visto que sus ojos lanzaban destellos de rabia hacia su hermano. Juan Pablo hablaba con la sabiduría de un anciano en algunos momentos, y ella sabía que no lo era. A pesar de la apariencia de un hombre un poco más mayor que Nicolás, Juliet recordó que era quince años mayor, es decir, que estaba cerca de los cuarenta años. Pocos para ese aire de quién sabe todo sobre la vida y de la muerte.

–Creo que es más útil saber la verdad de los otros antes que la mía. Sería más difícil que me hiciesen para por tonta.

–Uno no puede conocer los otros si no conoce a si mismo –repuso Juan Pablo.

Nicolás empezaba a senirse e irritado con la conversación filosófica de su hermano. Juliet aún estaba de buen humor, pero si Juan Pablo insistía en esas reflexiones personales ella se perturbaría. Los recuerdos del fracaso de su noviazgo la dejarían triste.

–La casa habla mucho de su dueño, nosotros colocamos el alma allí, en cada detalle –Juan Pablo miró Juliet de una manera tan penetrante que Nicolás llegó a pensar que él la estaba embrujando–. Me gustaría conocer tu casa, Juliet.

–No tengo una, vivía con mis padres. Tenía un cuarto en su casa. Y ha sido mi madre quien lo arregló, desde la alfombra hasta el techo.

Juliet sonreía de una manera despreocupada, como si aquello fuese cosa sin importancia, pero a ningún de los dos escapó que ella había hablado en el pasado.

–¿Hablas en serio? – ella asintió y Juan Pablo le dio una sonrisa condescendiente–. Muy distinto de nuestra casa, hay poco allí que no ha sido puesto por uno de los dos, y lo que quedó de lo que nuestros padres han hecho, es porque nos gusta. Creo que yo no podría vivir en una casa arreglada por otra persona.

–La casa, ¿fue construida por tus padres? –preguntó Juliet.

–Por nuestros abuelos. Hace algunos años, Nicolás y yo hicimos algunas reformas, por comodidades. Mantuvimos la estructura original y, por supuesto, la fachada. La casa nos gusta mucho.

–El Delta les gusta –observó ella.

–Sí. Es nuestro hogar, nunca pensé en dejarlo. Ni cuando me quedé solo con Nicolás.

Juliet vio en esa observación la oportunidad para hacer una pregunta que a Nicolás no le haría, por miedo de hacerle daño. Ahora, sonaría natural en el rumbo de la conversa.

–¿Tus padres murieron juntos? –ella se arriesgó a preguntar.

–Sí. Fue en un naufragio.

–¿En el río? –Juliet no pudo evitar que la voz le temblase.

–No, aquí sería imposible. En el Río de la Plata. El día amaneció soleado, por la mañana ellos fueron visitar un hermano de nuestro padre que vivía en el San Antonio. Me quedé en la casa con Nicolás. En el comienzo de la tarde empezó a cerrarse el cielo y ellos se prepararon para volver a casa, previendo el mal tiempo. Después, recibieron un pedido de socorro por la radio, y desde luego se desplazaron para ayudar. Fueron cogidos por lo que llamamos una sudestada, una especie de tempestad que deja el río de la Plata peligroso y hace subir el nivel de los ríos.

Juliet parpadeó para evitar que las lágrimas cayesen. No sabía qué decir cuando buscó la mano de Nicolás, pero al finalizar la historia, sus dedos quedaron entrelazados con os suyos. Sentía la piel fría y suave de su mano junto a la suya.

–Lo siento –masculló ella.

–No –Juan Pablo sonreía de una manera encantadora, aunque sin toda aquella alegría de Nicolás–. Ellos hicieron lo que tenían que hacer. No podemos elegir nuestro destino, Juliet. Hay cosas malas que necesitamos pasar para crecer.

–De veras, pero sería bueno que no fuese así.

–Sólo los fuertes sobreviven a las dificultades. A veces, sólo descubrimos que somos fuertes cuando nuestra vida se viene abajo.

–Como la mía se ha venido...

–Sí, Juliet –Juan Pablo estiró la mano y cogió la de ella y Nicolás, que aún las mantenía juntas–. No has venido a Tigre por casualidad. Hay algo para ti aquí, pero sólo tú puedes descubrir lo que es.

Las palabras y la mirada de él ya serían lo bastante para causarle escalofríos, pero el contacto de su mano había sido el peor. Así como la de Nicolás, era fría y lisa, tenía menos callos que la del hermano, seguro que por trabajar en un restaurante, y la terrible diferencia: parecía una garra de hierro. Ella no tuvo tiempo de reaccionar a ese contacto, tan rápido como la había puesto la quitó.

–Nicolás está de vacaciones, pero yo, no. Aunque la compañía me guste, necesito trabajar –dijo Juan Pablo poniéndose de pie.

Nicolás y Juliet también se levantaron y Juan Pablo se acercó a Juliet.

–Me gustó conocerte, eres tan encantadora como dijo Nicolás –él volvió a besarla en la mejilla –Creo que nos veremos otras veces, ¿no?

–Creo que sí –repuso ella.

Juan Pablo besó su hermano en la mejilla y salió.

Juliet se dejó caer en la silla y miró a Nicolás.

–No puedo quejarme, me avisaste: él no es un hombre común.

–Lo hice –repuso Nicolás sonriendo.

–¿Ahora hablas? –Nicolás enarcó una ceja y ella se explicó: –Te quedaste callado todo el tiempo. Sólo tu hermano y yo hablamos. ¿Es siempre así?

–Suele serlo. Es mi hermano mayor... tienes hermanas mayores, sabes como es.

Juliet rió. Sí, sabía. Se sentía una niña cerca de sus hermanas. Ahora, tras el desastre de su noviazgo, tal vez mucho más.

–Él es terrible... y fascinante. No queda duda de que es tu hermano.

–¿Por lo de terrible o lo de fascinante? –bromeó Nicolás.

–No hay nada de terrible en ti –ella sonrió de una manera que Nicolás sintió su corazón derretir –y mucho de fascinante. Tanto como en él. Pero, no ha sido a causa de eso lo que dije, es que son muy parecidos. Se arreglan de manera totalmente distinta, como se quisiesen ocultar esa semejanza, pero no hay como. Los ademanes, la mirada, la inflexión de la voz... es todo lo mismo.

–No te olvides, Juliet, que ha sido él quien hizo de mí un hombre. He recibido de él todo que uno suele recibir de su padre.

–Si fuese eso, todos los hermanos serían idénticos, ya que serían una copia del padre. No es así, Nicolás. Ustedes se parecen tanto como nunca he visto.

–Esto no me gusta... ese "terrible" aún martilla en mi cabeza –Nicolás reviró sus ojos de una manera que la hizo estallar en risas.

–Por favor, Nicolás, guarda tu "terrible" para cuando estés lejos de mí.

–Esa es una cosa que me gustaría que nunca ocurriese.

Ella sonrojó.

–Creo que sería una buena idea irnos.

–Lo que quieras –repuso Nicolás.


3 comentarios:

  1. Juan Pablo le planteo un dialogo muy interesante a Juliet, ojala eso la deje pensando en decidir quedarse y no volver a Arkansas.
    me encanta que siempre estén de las manos es muy tierno.
    kisses ^ ^

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  2. ¡Qué encuentro! ¡Y qué intimidante debe haber resultado para Juliet ese encuentro con Juan Pablo y la conversación que mantuvieron, tan cargada de reflexiones!

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  3. Ups... se me cortó el comentario anterior!!! Bueno, decía que me gustó mucho Juan Pablo a pesar de su seriedad y de esa coraza que parece haber costruído a su alrededor, en donde se reprime bastante; tal vez por las responsabilidades que tiene, los miedos, etc. Creo que si se soltara un poco, podría llegar a ser un personaje muy seductor; puesto que se nota en él una lealtad impresionante... se merece su propia novela!!!
    Veremos con que nuevas escenas y revelaciones nos sorprendes.
    Gracias por permitirnos leer esta maravillosa historia!!!
    Besos,
    Bri

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