lunes, 27 de septiembre de 2010

La Magia del Río - CAPÍTULO 5


JUAN PABLO miró el reloj una vez más. Verónica ya había perdido la cuenta de cuantas habían sido.

–Voy llevar mis cosas al barco, Juan Pablo –dijo ella desde la puerta de la cocina–. Deberías ir a ver a Nicolás, no quedarás bien si sale sin saber que no hay de qué preocuparse.

–Sí, voy verlo –repuso él–. En un rato vuelvo.

–Esperaré por ti en el barco.

Mientras subía la escalera, Juan Pablo se preguntaba si su hermano no bajaría para tomar el desayuno con ellos porque no quería verlo. Ya era tarde y, mismo de vacaciones, Nicolás solía despertar temprano.

Se detuvo delante de la puerta del cuarto de su hermano y tuvo un momento de duda. Enseguida, despacio y intentando no hacen ningún ruido, abrió la puerta. Se quedó en el marco, mirando hacia la cama donde Nicolás estaba tumbado de costado, con los ojos cerrados.

–Estoy despierto –dijo el joven, sonriendo con los ojos cerrados –pero con pereza.

Juan Pablo se acercó a la cama y besó la mejilla de su hermano, que abrió los ojos.

–No me gusta salir sin verte.

–Nunca has hecho eso –comentó Nicolás.

–No.

–Te quedaste preocupado por mi, ¿no? Estoy bien, aunque me gustaría volver a ver Juliet. Como Román ha dicho: estoy desilusionado.

–Volverás a verla.

–¿Son palabras de quién: del Consejero o de mi hermano?

–De los dos –repuso Juan Pablo con la voz sombría–. Hasta luego, Nicolas. ¿Irás a la ciudad?

–No lo sé.

Preocupado con su hermano, Juan Pablo dejó la casa para irse a trabajar.


JULIET PUSO el mapa a su lado sobre la cama con un ademán de impaciencia. Había vagado de un lado a otro todo el día sin sentirse satisfecha. Era la primera vez desde que había llegado a la ciudad que no terminaba el día feliz. Ahora, intentando planear el próximo, nada atraía su atención. Todos los lugares que miraba le parecían aburridos.

Cuando volviera al hotel el final de a tarde, había llamado a la oficina de su compañía aérea para reservar un vuelo para la mañana. No fue posible, pero la vendedora le ofreció un lugar en el vuelo del lunes. Ella no quiso. ¿Por qué? No tenía esa respuesta.

Tal vez la tuviese... y no quería pensar en ella.

Si quería irse de Buenos Aires el viernes y no lograba conseguirlo, no tenía sentido que no aceptase el lugar en el vuelo de lunes... o si. La realidad era que no quería volver a casa. Estaba mejor, pero no curada.

No. El verdadero motivo no era ese. Estaba mintiéndose a si misma. Lo que la hizo rehusar el vuelo del lunes no era la falta de ganas de volver a casa, sino su deseo de quedarse en Buenos Aires. No quería salir de allí. Y sabía cual era el motivo: Nicolás.

Durante todo el día aquellos ojos negros la habían perseguido. Aún podía oír el sonido de su sonrisa, su voz baja y levemente ronca con ese matiz alegre que invadiera su alma. Estaba segura de que deseaba verlo otra vez, aunque luchaba contra ello sabía que era una lucha perdida. Un día, sin percatarse de que lo hacía, iría a Tigre. Así como lo había hecho el día anterior.

Juliet cogió el mapa. Si no puedes con el enemigo... el sábado iría a Tigre. Lo decidió y escribió en su diario de viaje. Entonces se ocupó de planear lo que haría el viernes. Tendría un día entero delante de sí para ocuparse con alguna cosa que aliviase la espera por el sábado. Pensó en el buque en Puerto Madero, Nicolás le dejó con ganas de entrar... No quería volver allí sin él.

Los latidos de su corazón se habían acelerado bajo la idea de volver a ver Nicolás. Cerró los ojos. La imagen de su rostro él en el momento en que le dijera adiós había quedado grabado en su mente. Una sonrisa gentil en los carnudos labios y la desesperación en los ojos negros. Intrigantes...


NICOLÁS ESTUVO callado en el viaje de vuelta a casa y en la cena. Verónica hablaba por él y por Juan Pablo, que estaba tan callado como su hermano. Nadie necesitaba preguntar para saber la respuesta: Nicolás estaba desilusionado por no haberse reencontrado con Juliet y su hermano, preocupado con él.

Apenas cenaron, Nicolás siguió para su cuarto. Juan Pablo fue hasta el río. Solía hacer el cambio en la soledad de la noche

Nicolás se asomó al balcón y miró hacia el río. Seguro que su hermano estaba en él, haciendo el cambio. Para Juan Pablo era tan natural cambiar a pez y después volver a la forma humana... lo hacía con gusto todas las noches. Muchas veces Nicolás se sentía culpable por no tener ese gusto, y ahora las cosas estaban mucho peor: el cambio le disgustaba.

Por causa de Juliet.

Si ella fuese su mitad, tarde o temprano comprendería la antigua maldición que los hacía cambiar de forma y necesitar el agua del río. En ese caso, todo estaría bien. Incluso, si fuese una chica común, ni siquiera podría saber sobre el cambio. En definitiva: no había posibilidad para el amor que ya sentía por ella.

Nicolás inhaló los perfumes de la noche y alzó los ojos hacia el cielo estrellado. Un luján sólo podía hacer el amor con su mitad. El precio de la traición era la propia vida. Era parte de la maldición. Deseaba que Juliet fuese su mitad, que pudiese quedarse con ella toda su vida, tener hijos... Frunció el ceño. Esa parte no era de las más animadoras: los hijos de los lujanes cargaban la maldición de sus padres. Como él y Juan Pablo.

Su hermano le había enseñado mucho sobre la maldición y sus implicaciones, pero reflexionando ahora, Nicolás recordó que Juan Pablo nunca hablaba sobre hijos. Le explicaba sobre la mitad, las consecuencias de hacer el amor con alguien que no es tu mitad, cómo sería hacer el amor con su mitad... ¡y nada sobre hijos! Tal vez no hubiese nada que decir, que serían lujanes era obvio.

Todos los lujanes eran hijos de lujanes. La maldición pasaba de generación a generación. Decían que jamás tendría fin.

El movimiento del agua del río capturó la atención de Nicolás, haciéndolo pensar en su hermano otra vez. Juan Pablo siempre mantenía la postura seria que convenía al hombre que ocupaba la posición de Consejero de los lujanes, pero en los últimos días se notaba sombrío. Y eso no era partee de su naturaleza. A pesar de la seriedad y aparente severidad que poseía, Juan Pablo era una persona generosa y afectuosa. Incluso alegre, aunque fuese una alegría muy controlada.

Había algo muy triste en su hermano, pero Juan Pablo mantenía eso bien oculto, bajo todas las capas que exhibía de acuerdo con las necesidades.

Si fuese sincero consigo mismo, Nicolás tendría que admitir que los cambios de humor de su hermano habían empezado el sábado. Por cierto que era su aventura con Juliet la causa de ellos. La aprehensión podía ser considerada natural, tanto por ser un luján como por ser hermanos. Lo intrigante era el aire fatalista de algunos de los comentarios de Juan Pablo. Y también la certeza de que el hechizo, evidentemente las pistas estaban a la vista, no había logrado hacerlo de manera correcta. Había algo muy grave que su hermano aún no le había dicho y Nicolás no estaba seguro de que quería oírlo.

El viernes amaneció soleado como los otros días de esa semana. Nicolás bajó temprano y fue al río, volviendo a tiempo de desayunar con su hermano y Verónica. No quiso ir con ellos a Tigre, prefirió quedarse en casa durante la mañana. Pasó la tarde en la Estación, conversó con sus compañeros y esperó que su hermano terminara su turno de trabajo para volver juntos a su casa. Nicolás esperaba que Juan Pablo le dijese algo importante, pero su hermano habló de muchas cosas, mas no de Juliet.

La mañana del sábado empezó nublada y más fresca, pero prometía ser otro día soleado y Juliet no necesitó cumplir lo que se había prometido a si misma: visitar el Tigre. No había dicho que iba buscar a Nicolás, pero sabía que si él no la buscaba, ella terminaría buscando a la tal Verónica en la heladería.

No servía de nada mentirse a sí misma, la verdad es que volvía al Tigre por causa de Nicolás. Era él el único motivo para estar allí el día de hoy.

Dejó la estación de tren y miró hacia la Estación Fluvial. Desvió los ojos, cruzó la calle y empezó a caminar en la dirección del puente. Iba recorrer la otra orilla del río, comer algo más tarde y, si no se cruzaba con Nicolás, por la tarde buscaría a Verónica.

Juliet se detuvo en la mitad del puente para sacar algunas fotos. Al lado izquierdo del puente era calmo, muy diferente de la porción final del río con la

Estación Fluvial y los clubes de remo. Del lado de la avenida, el césped se extendía hasta la orilla, puntillado por arbustos y pequeños árboles; la otra orilla tenía la apariencia de un parque, grandes árboles proyectaban una sombra agradable y prestaban al río un poco de su color verde. Sin el movimiento de los barcos, el agua lucía su tranquilidad, exhibiendo una superficie con suaves ondulaciones que podrían embalar el pensamiento de uno como una madre embala su hijo en la cuna.

De ese lado no había un paseo cerca de la orilla, si fuese a recorrer aquel lugar, tendría que seguir por el césped o mantenerse alejada del río. Sin percatarse de lo que hacía, Juliet cruzó la avenida y siguió por la calle Lavalle.

Nicolás sabía que no era que la conversación con sus amigos fuese aburrida, sino que él estaba aburrido. Estiró las piernas, intentando concentrarse en lo que decían. Empezaba a tomar cuerpo la idea de pedir la interrupción de sus vacaciones, quizás trabajando pensase menos en Juliet. Según lo que le había dicho había dejado Argentina ayer. La echaba de menos y tal vez nunca más la vería.

A esa hora los árboles proyectaban su sombra en la calle y no en el paseo, Juliet sentía el calor abrasador en la piel, aunque no le incomodaba. Caminaba despacio por entre las plazas para niños, los bancos y jardines que componían el paseo a la orilla del Tigre. Había pocas personas allí, tal vez más tarde quedase lleno de turistas y ella se sintiese solitaria entre la multitud, pero ahora era como se el río caminase con ella... hablase con ella...

Nicolás alzó los ojos al paseo casi desierto, tan distinto de las tardes, cuando se llenaba de familias en un alegre bullicio. Había sólo dos personas a la vista: un hombre mayor y una mujer joven. Miró a la mujer sin mucho interés y la reconoció. Su corazón empezó a latir con desesperación. Era Juliet. Se despidió de sus compañeros y siguió por el paseo, detrás de ella.

Juliet caminaba despacio, como cualquiera turista que deseaba admirar el lugar. Paraba, sacaba fotos, y volvía a caminar. Llamó la atención de Nicolás que todas las fotos eran del río. Y cuando quería captar algo del paseo, lo hacía en la dirección del río. Por un tiempo él decidió no acercarse y la siguió a una pequeña distancia, observándola. Para su sorpresa, Juliet no se percató de que alguien la seguía, o, si lo había percibido, no le dio importancia al asunto. Ella continuó su camino hacia adelante sin ni siquiera dar una mirada hacia atrás.

Poco después del Monumento al Remero Juliet se acercó al río una vez más. Sacó algunas fotos y luego guardó la cámara. Apoyó las manos en la barandilla y se quedó inmóvil, mirando el río por un largo tiempo. Despacio, Nicolás se acercó a ella, parando a su lado. Juliet no se inmutó, siguió mirando hacia el río, la expresión de sus ojos oculta por las gafas de sol.

–¿Buscando alguna cosa?

Juliet estremeció al oír la voz. No se había percatado de que la persona que había parado a su lado estaba tan cerca y se asustó. Volvió a estremecerse al reconocer la voz. Nicolás... el hombre que llenaba sus pensamientos y en el cual no quería pensar. Logró mantener su control y la voz le salió firme para contestar la doble pregunta:

–Parece que estoy siendo buscada.

–De veras. No niego lo mucho que deseaba verte y que he venido todos los días a la ciudad para buscarte.

Ella sintió un calor en el rostro que le dijo que se había sonrojado bajo la franqueza de Nicolás. Él no lo dijo de una manera insinuante, sino con sencillez, la misma que usaba en todas las cosas que decía. Juliet sintió que él la miraba y no tuvo valor para enfrentar aquellos ojos negros. Siguió mirando el río.

–A veces –empezó a decir Juliet, con inseguridad –tengo la sensación de que el río me llama. De que he venido hasta el Tigre por él. No puedo despegar mis ojos de él, como si fuese un amante exigente, que me llama para sus brazos.

Nicolás la miró con asombro. ¿Qué tenía el río que ver con ella? Juan Pablo nunca le había dicho que él río tenía alguna influencia en la otra mitad de los lujanes. ¿Por que ella sentía el llamado del río? ¿O sería su llamado lo que ella estaba sintiendo y por su relación íntima con el río la confundía?

Juliet se percató del espanto de Nicolás con lo que había dicho. Bien... era una tontería decir que recibía llamados del río... Tal vez no. Se acordó que había leído que los suicidas decían que cuando se quedaban en el borde de un puente, antes de saltaren, oían el agua les llamar. Tal como en la leyenda de las sirenas, era un llamado al cual no se podía resistir. Lo mismo que ella sentía ahora: un llamado irresistible del río.

Nicolás vio el cambio en el rostro de Juliet: de pensativa a aterrorizada.

Ella se quitó las manos de la barandilla y empezó a caminar hacia atrás con pasos lentos. La expresión de terror en la faz de Juliet asustó a Nicolás, él no sabía se intentaba calmarla solo o pedía ayuda. Nunca había visto alguien en tal estado. Cogió una da sus manos. Juliet no hizo un movimiento para retirarla, sólo continuó hasta alejarse del río, aunque continuaba mirándolo fijamente. Nicolás se puso delante de ella y le cogió la otra mano.

–Juliet –él habló muy bajo y despacio–. ¿Qué pasa? ¿Qué te ha asustado de esa manera?

–El río –murmuró Juliet.

–¿El río te asustó?

–El río me llama, Nicolás –dijo ella con la voz apagada–. Los ríos suelen llamar uno a la muerte... El río quiere mi vida, Nicolás...

Él estremeció al oír aquello, por un motivo muy distinto de aquél que hacía Juliet temblar como una hoja. Ella tenía miedo de la muerte, él, de algo tal vez peor que la muerte. Sin pensar en que podría significar su gesto, Nicolás la estrechó en sus brazos. Juliet lo aceptó y se encogió en ese abrazo que le dio seguridad.

–Cálmate, Juliet, has interpretado errado lo que sientes. Este es un río de vida, no de muerte. Si el que imaginas tiene algo de muerte, seguro que es en un sentido figurado. No es tu vida lo que el río quiere, quizá sólo pretende que tengas una nueva vida.

Nicolás acariciaba su espalda y al poco tiempo Juliet se fue sintiendo más calmada. Se acurrucó contra el pecho de Nicolás, sin importarle que estuvieran en medio del paseo, a la vista de todos. Lo único que deseaba era liberarse del miedo que había sentido por un rato, el miedo insano de que el río la fuese engullir.

Nicolás le hacía sentir segura. Inhaló aquel extraño olor que emanaba de él: una mezcla de agua y tierra que le recordaba el río. Pero de Nicolás no tenía miedo.

Cuando Juliet hizo un movimiento para se alejar, Nicolás la soltó, aunque mantuvo la mano de ella cogida y la condujo hasta un banco.

–¿Te sientes mejor?

La preocupación de él la emocionó, haciendo su respuesta salir en una voz temblorosa.

–Sí. Gracias, Nicolás, y disculpe mi tontería.

–El miedo no es una tontería, es nuestra capacidad de sobrevivir.

–Fui educada creyendo que es la mayor debilidad de una persona.

–Prefiero seguir vivo con esa debilidad que morir con valor.

Juliet rió. Nicolás decía todo de una manera simple, directa y siempre parecía sincero. Su manera de mirar la vida empezaba a encantarle. Reflexionó sobre lo que él le había dicho sobre su miedo al río.

–Quizás sea cierto que el llamado del río sea la muerte en sentido figurado, pero los suicidas dicen oír el llamado del río para que salten....

–¿Eres una suicida?

Ella rió.

–No. He pensado en muchas cosas malas, pero no en suicidio.

–Si lo fueses, te recomendaría que busques otro río –bromeó Nicolás–. No lograrías ahogarte en los ríos del Delta. Además, si saltases al río, la policía interrumpiría tu suicidio –concluyó él señalando la placa de señalización–. Está prohibido nadar y pescar.

Ella miró el cartel por un rato y sonrió.

–Hay personas pescando, y te he visto nadando en el río, muy cerca de aquí.

–Es verdad –Nicolás se encogió los hombros –el cartel está de este lado del río, en las islas no hay ninguno. Además, yo estaba nadando más allá del museo y no aquí.

Un pequeño silencio bajó entre ellos, nada incómodo, mas Nicolás lo interrumpió:

–¿Me acompañas en la comida?

Juliet le miró, sonriendo.

–No deberías haberme recordado mi hambre.

Cruzaron la calle y siguieron hacia uno de los restaurantes. No parecía que

Nicolás lo hubiese elegido al azar.

–Creo que este restaurante te gustará –comentó a Juliet cuando sentaron en una de las mesas de la vereda pues no era el más cercano de donde estaban..

–Sirven un pescado muy bueno, ¿te gusta?

–Sí. Te dejo el pedido, confío en que me va a gustar lo que elijas.

Intercambiaron una sonrisa cómplice. Juliet reflexionó sobre como la vida parecía agradable mientras estaba con él. Enseguida la comida fue servida y la conversación fue sobre los platos que él había pedido. Juliet miró con atención el vaso de él.

–¿Cayó una mosca en mi gaseosa? –bromeó Nicolás.

–No –ella sonrió y alzó los ojos hacia él –Desde que llegué, he visto a los hombres con vasos de cerveza o vino junto a la comida. ¿No bebes alcohol o es sólo por mi compañía?

–La cerveza no me gusta, aunque siempre hay en casa, a causa de mi hermano. Todos los días, para cerrar su día, coge una lata en la nevera.

–¿Y el vino?

–A veces.

–¿Viven sólo tú y tu hermano en la casa?

–Sí, dos solitarios. Tenemos parientes en las islas, tíos y primos en una isla vecina a nuestra. Verónica, la prima de quién ya te hablé, cuida de nuestra casa. Siempre venimos juntos a Tigre, los tres trabajamos aquí: ella en la heladería, Juan Pablo en el restaurante de la Estación y yo en los catamaranes.

–¿Juan Pablo es tu hermano?

–Sí. Es mayor que yo y siempre me ha cuidado.

–¿Tienes otros hermanos o hermanas?

–Él es el único. Es quince años mayor y cuando nuestros padres murieron, quedó cuidando de mí que aún era un niño. Quizá sea por eso que no se casó, está harto del papel de padre. Asumió la responsabilidad por mí a los veintiún años, hace diecisiete años que lucha para educar un niño... y tal vez aún no haya concluido su tarea. Juan Pablo se ha preocupado por mí en los últimos días. Quisiera decirle que no tiene por qué, suele ocuparse más de mi vida de que de la suya. Es del tipo que daría su vida por la mía.

–Lo tienes sólo a él, pero es mucho más de lo que yo tengo.

Nicolás sorbió un largo trago de gaseosa para contener las ganas de hacer preguntas a Juliet. Ella lo miró intensamente y sonrió.

–No haces preguntas, Nicolás. ¿Siempre eres así?

–No te gustan las preguntas, Juliet, y no quiero hacer nada que no te guste.

–Mis padres están vivos y tengo dos hermanas. En la primera dificultad de mi vida no he podido contar con ellos. Todos se volvieron contra mí y por un novio que me ha traicionado y robado –se desahogó Juliet.

–Por eso estás sola aquí.

–Sí, es casi una fuga. No estoy de vacaciones, estos son los días que había pedido de baja en la escuela a causa de mi boda. Pero no hubo boda, hace un mes he descubierto que él mantenía una amante fija hace más de tres años.

–Por supuesto no le quiso más.

–Yo no, pero mi familia sí –Juliet no pudo evitar de reírse al ver Nicolás poner los ojos en plato con tal declaración–. Para ellos, la villana soy yo que no perdoné a Bryan.

–¿Aún lo amas?

–Nunca he amado Bryan, ahora lo sé. Tal vez si lo amase lo hubiese perdonado.

–¿Sueñas con un gran amor? ¿Con un príncipe azul?

–Desde luego. ¿Y tú? ¿Una novia o esposa?

–Nada. Nunca hubo nadie. Estaba esperándote.

Juliet dio una sonrisa nerviosa y para su alivio el camarero se acercó con los postres.


2 comentarios:

  1. ¡oh, qué bonito cuando él le dice que estaba esperándola!
    Me encantó el capítulo de hoy. Nicolás es tan considerado, como cuando no le hace preguntas porque teme que a ella le disguste. Es un personaje adorable.
    Y siguen las intrigas y las prguntas: ¿Será que la llama el río, o es por Nicolás? Es obvio que Juliet se siente atraída por Nicolás, pero ¿habrá algo más?
    Bueno, ya nos iremos enterando. Cris, esta novela se pone cada vez mejor. Gracias por permitirnos leerla.
    Besos,
    Bri

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  2. Que super este capitulo !!! que bueno que ella le contara algo de su vida y el también a si se van conociendo mas. pienso que tal vez sea el río que la llama, quizás ella tenga algo que ver con ese lugar, seria buenisimo que fuese su otra mitad.
    buena semana !!!

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