domingo, 26 de septiembre de 2010

La Magia del Río - CAPÍTULO 4


LOS DOS DEJARON el estacionamiento y ganaron la calle. En la primera esquina miraron la placa y abrieron el mapa.

–¡Maldita sea! –exclamó Juliet –No lo encuentro –declaró extendiendo el mapa para Nicolás.

Él observó el mapa por un rato y dijo lo mismo.

–Creo que estamos fuera de tu mapa, Juliet.

–¿Es una broma?

Él sintió pena de la desesperación que vio en aquellos ojos tan expresivos, pero no consiguió mentir:

–No sé donde estamos –cogió la mano de ella y señaló hacia adelante en la calle en que se habían detenido–. Mira, más allá hay una avenida y parece haber un ferrocarril. Vamos hasta allá, quizá sea más fácil de localizar en el mapa.

Juliet concordó. Fue difícil cruzar la calle, pero después de algún tiempo intentando, lo consiguieron. Bajo la sombra de un gran árbol volvieron a abrir el mapa.

–¡Aquí! Estamos aquí –ella señalaba un punto en el mapa.

–Eres mejor con eso que yo –comentó Nicolás, sonriendo de esa manera jovial que la había cautivado–. ¿Y dónde necesitamos ir?

–Cerca de Plaza de Mayo –contestó ella señalando otro punto en el mapa–. Ahí está mi hotel.

Nicolás observó el mapa por algunos minutos en silencio, alzó la mirada para la avenida y volvió a mirar Juliet.

–¿Puedo hacer una propuesta?

–Házla.

–Aquellos edificios son los viejos almacenes, hoy un gran centro comercial. Junto a ellos, hay un paseo para peatones. Podríamos recorrerlo juntos.

Ella sonrió y asintió. Quería quedarse con él todo el tiempo que pudiera.

Caminaban despacio, cogidos de la mano. A esa hora los edificios proyectaban su sombra en el paseo, tornándolo aún más agradable. Conversaban sobre cosas sin importancia, impresiones de lo que veían.

–Por lo visto, vienes muy poco a Buenos Aires –comentó Juliet, pues le parecía que todo aquello era para él una novedad como para ella.

–De veras. En la baja temporada, tenemos uno o dos días libres por semana, pero cuando los turistas llenan el Delta, el trabajo es casi permanente.

–Hoy no has trabajado.

–Estoy de vacaciones.

Nicolás se sintió tentado a preguntarle si ella también estaba de vacaciones, pues Juliet no le parecía un tipo de heredera que viviese sin trabajar, pero a ella no le gustaban las preguntas personales. No lo había dicho, lo había o concluido solo. Siguieron hasta el Puente de la Mujer.

–Es interesante, aunque me gustan más las antiguas –dijo Juliet.

–¿Le gustan las cosas antiguas? –ella asintió, notando en los ojos de él un brillo de divertimiento–. ¿Cómo el buque?

–No estás pensando...

–Él no navega, está fondeado allí. Es un museo.

–Ni te fijes de que puedas convencerme a pisar en un barco otra vez. El agua y yo no hacemos una buena combinación.

–¿Y que hace para ganarse la vida una mujer que tiene tanto miedo del agua?

–Soy maestra en un Jardín de Infantes.

Nicolás la miró un rato y abrió una amplia sonrisa:

–Combina contigo. Consigo imaginarte rodeada de niños, contándoles historias, tomándolos en los brazos...

–No intentes imaginarme llevándolos a pasear de barco –bromeó Juliet.

–Creo que no hay forma en que haga tal tarea posible –repuso él percatándose de que ella se había desviado del ámbito personal.

Dejaron la zona del puerto y siguieron hasta el hotel. Juliet lo sorprendió con su capacidad de localizarse en los alrededores del hotel. Pararon en la puerta.

–Gracias por la compañía, Nicolás. Ha sido una tarde muy agradable.

–Gracias por dejarme hacerte compañía –le dijo él tomando la mano de ella entre la suya–. ¿Vuelves a Tigre?

–Creo que no. Tal vez me vaya de Buenos Aires el viernes.

Por un rato él se sintió tentado a embrujarla otra vez. Resistió. Lo hacía por seguridad, y eso ya quedaba garantizado. No debía envolverse con ella y ni utilizar sus poderes para fines personales.

–Bien... si vuelves a Tigre y quieres hablar conmigo, busca a Verónica en la heladería. Es mi prima. Me gustaría verte otra vez.

Nicolás acarició suavemente la palma de la mano de ella, provocando escalofríos en Juliet. Ella retiró la mano y le dio una sonrisa nerviosa.

–Hasta luego, Nicolás –ella entró y cerró la puerta.

Con una sonrisa soñadora en los labios Nicolás siguió hacia la Estación. Necesitaba volver a Tigre.

Nicolás caminaba lentamente por el jardín, los ojos soñadores fijos en el cielo estrellado. Tal vez nunca más viese a Juliet, pero había sido una tarde de ensueño, que jamás se olvidaría. Se acercó a la casa y vio las luces encendidas. Se reprochó. Ni siquiera se había acordado de llamar su hermano y avisarle del paseo. ¿Juan Pablo se habría preocupado? ¿Estaría enojado con él? Para su alivio escuchó voces, la de su hermano y una otra que tardó un rato a reconocer.

–Hola –saludó Nicolás al entrar en la sala.

La mirada cálida de Juan Pablo hizo su corazón dar un vuelco. Su hermano le había mirado como solía hacer cuando aún era un niño y volvía de la escuela.

–Bienvenido a tu casa, pequeño Nicolás –saludó Román –Las novedades corren en el río y quiero ser el primero en saber el resultado de tu cita romántica.

Nicolás ignoró su primo y se sentó en el sofá, al lado de su hermano.

–¿Estabas preocupado? –preguntó Nicolás–. Lo siento, pero no me acordé de avisarte.

–Verónica me dijo que habías encontrado a la chica y que ella iba hacer el paseo hasta Buenos Aires –repuso Juan Pablo con serenidad –Deduje que tú irías con ella.

–Las novedades, Nicolás –insistió Román.

–Es lo que mi hermano ha dicho. Nada más.

–Pequeño Nicolás, si no me cuenta detalles, yo mismo los invento y cuento por todo el Puerto –amenazó Román– y muy pronto llegarán a la Estación.

Nicolás rió, sabía que era una broma de su primo. Román era el de mejor humor de todos ellos, siempre burlón y festivo, divertía a todos con sus bromas y chistes. Pero en la realidad era un hombre serio y tal vez el hombre en quien más confiaba su hermano de entre todos ellos. Bajo su capa de alegría se escondía un hombre responsable.

–Ella se llama Juliet, es maestra de niños en Arkansas, no hay ningún hombre en su vida y se va de Argentina el viernes. Eso es todo.

–¿Cómo “eso es todo”? ¿Y ustedes?

–No hay “ustedes” en esta historia, Román. Existo yo y existe ella, nada más. Me gusta la chica, pero es una turista y tiene su vida, así como yo tengo la mía.

–Pareces desilusionado –insistió Román.

–Bien... ella me gusta –dijo Nicolás encogiéndose de hombros–. Pero sabía que no podía tenerla para mí. Sabemos que la única mujer que podemos tener es nuestra mitad, aquella que lleva el lunar que completa el nuestro.

–¿Y has averiguado si ella tiene o no el lunar?

–¡Román! ¿Cómo lo iba a hacer? –exclamó Nicolás indignado, apuntando el lunar en su propio cuerpo–. Has recibido la bendición de tenerlo en un lugar que puede mirar en cualquiera mujer, pero el mío..–. Nicolás hizo un ademán de desánimo y no completó la frase.

El lunar que identifica un luján tiene la forma de un pez, la mitad longitudinal de un pez. La mujer con la cual compartirá la vida tiene la otra mitad, en el mismo lugar del cuerpo. Román tenía el lunar en la parte interna de la muñeca, el de Nicolás estaba debajo del pezón izquierdo.

–Joven Nicolás, es evidente que para que te quedes seguro tendrías que ver el lunar, pero hay otras maneras de descubrirlo. Eres muy ingenuo –dijo Ramón riéndose.

–Por supuesto ya que soy el "pequeño Nicolás" o el "joven Nicolás", no estoy seguro de que algún día llegue a ser Nicolás.

–No te enojes con eso, es el precio a pagar por ser el hermano de nuestro gran Consejero. Quizás sería diferente si Juan Pablo no se hubiera hecho cargo de nosotros cuando no eras más que un niño, pero de la manera en que fue... eres nuestro niño –Román hablaba muy serio ahora y Nicolás se quedó callado–. Volviendo al tema de tu lunar, para nosotros es normal tenerlo, y buscas ver si la chica tiene uno igual en su cuerpo...

Román hizo una pausa. Nicolás nada dijo, continuó mirando a su primo con atención.

–Para nosotros es un pez y solo porque sabemos que existe la otra mitad, pero para ella es una mancha borrosa, un lunar muy grande y incómodo. Por supuesto tiene vergüenza de enseñarselo a cualquiera, debe ser una de esas chicas que no se quita la ropa delante de otras chicas. Si ella viese el tuyo, reaccionaría. Tu lunar le haría recordar el que tiene y podrías ver eso en su rostro. Si enseñas tu lunar a una mujer, sabrás si ella tiene la mitad que buscas –los ojos de Román volvieron a lucir un aire divertido –Simplemente quitate la camisa delante de una chica y tendrás una pista segura de quién es ella.

Nicolás exhibía una expresión muy seria.

–Puedes olvidar todas esas fantasías románticas con esa chica –declaró el joven–. Ella me ha visto por primera vez nadando en el río, y mi lunar no le causó reacción alguna.

Román carcajeó.

–Juan Pablo ya me contó de ese encuentro y de sus preocupaciones –la sonrisa burlona de Román se quedó mayor–. ¿Qué piensas que siente una chica al ver surgir del agua a un hombre? Y siendo tú... –Román volvió a reírse–. No te pongas esa cara de "no es así", hay espejos en esta casa y tienes ojos para mirarte y a los otros. Sabes que eres guapo, Nicolás, y que a las chicas les gusta. Ese día ella no iba reparar en el lunar, además, te vio de lejos.

–Olvídate de esa historia –dijo Nicolás que continuaba serio–. Ella se va de Argentina pasado mañana. Si vuelve, es como cualquier turista: en sus próximas vacaciones.

–Podrías buscarla...

–No voy hacerlo –atajó Nicolás.

–Quizás vuelva, al fin la has embrujado –insistió Román.

–No, ella volvió por su propia voluntad, no por mi embrujo.

–¿Estás seguro?

Román volvió a hablar con mucha seriedad, intrigando a Nicolás. Hablar en serio no era común en Román, era burlón por naturaleza y así trataba todos los temas, incluso los más importantes. Esos cambios repentinos de diversión a seriedad que hacía hoy empezaban a desorientar Nicolás.

–Si hubiese sido hechizada habría vuelto antes de esos cuatro días.

–Juan Pablo no piensa así –declaró Román.

–Ya lo sé, ya hablamos de eso.

–Dejémonos de cuentos y hablemos de lo que es importante –atajó Juan Pablo con su voz siempre serena–. ¿Has logrado aclarar con ella que vio el sábado?

Por un rato, Nicolás lo miró sorprendido. Si no se estaba imaginando cosas, su hermano había interrumpido su conversación con Román para callar al primo y no para obtener la respuesta de esa pregunta.

–Juliet no había relacionado el pez conmigo, estaba intrigada con el tamaño del pez y nada más.

–Siendo ella una turista, creo que te ha sido fácil convencerla de que no había nada de extravagante en el tamaño de aquel pez –aunque hablaba con Nicolás, Román miraba con cautela a Juan Pablo.

–Es una maestra, suele tener las respuestas y cuando no las tiene, busca. Juliet investigó sobre los peces del Delta y descubrió la verdad: aquí no hay peces de ese tamaño.

–¿Cómo arreglaste eso?

Al oír la pregunta, Nicolás miró su hermano con una sonrisa traviesa.

–No he dicho que lo haya arreglado.

–Si no hubieses arreglado esa cuestión, no habrías vuelto –repuso Juan Pablo –Hay hombres que volverían a casa con algo tan importante por la mitad, hay otros que sólo vuelven cuando el menor de los problemas también está resuelto. Eres de esos últimos.

Nicolás tomó aire antes de responder a su hermano:

–Le dije que lo que ella había visto era una franciscana. Juliet se sorprendió y le expliqué un poco sobre ellas, que es muy raro que se entren en el Delta, pero que puede ocurrir.

–La idea ha sido óptima, pequeño Nicolás, aunque no nos parecemos a las franciscanas, sino a los peces –observó Román.

–Ella no se percató de la diferencia, me vio muy rápido el sábado. Demasiado rápido como para fijarse en detalles. Además, se quedó encantada con la novedad de la franciscana.

–¿Le contaste alguna de las leyendas que hay con las franciscanas?

–No, Román, cuanto más lejos de leyendas nos quedemos, mejor para nuestro secreto. Sólo le he dicho que ver una franciscana en el río, por ser tan raro, es considerado un buen augurio. A los turistas les gustan las cosas de esa naturaleza.

–Hiciste muy bien –declaró Juan Pablo–. Ahora, vete a la cama que lo necesitas, estás cansado.

Nicolás lanzó una mirada sorprendida a su hermano, pero la frialdad en la faz de Juan Pablo lo hizo callarse. Sin dejar de hacer una protesta muda: tomó la lata de cerveza de la mano de su hermano y sorbió un largo trago antes devolvérsela. Juan Pablo le brindó una sonrisa condescendiente, Nicolás no solía beber alcohol, y mucho menos cerveza, pues no le gustaba.

–Buenas noches –dijo Nicolás y subió para su cuarto.

Román esperó que Nicolás cerrara la puerta para hablar con Juan Pablo:

–¿Por que no le dijiste la verdad?

–¿Qué verdad?

–Sobre la chica.

–¿Y cuál es la verdad?

–¡Juan Pablo! –explotó Román–. Tratas a Nicolás como si fuese un niño, y además lo protege en demasiado. Tu hermano ha crecido, ya es un hombre.

–Lo sé.

–Sí, y sabes también que si te ocurre algo, es él que debe sustituirte como nuestro Consejero.

–¿Eso te preocupa?

–Un poco –confesó Román.

–Pues a mí no. Estoy seguro de que él podrá hacer lo mismo que yo y tal vez lo haga mejor. Has visto ahora mismo una prueba de su capacidad para arreglarse con los problemas. Y ese es un problema muy personal.

–De acuerdo con que él ha salido muy bien de la situación, pero ¿es eso lo que quieres para Nicolás? ¿Qué se aleje de los sentimientos como tú lo has hecho?

–El Consejero no puede ser un hombre muy propenso a los sentimientos.

–¿Piensas en darle tu puesto? –preguntó Román con cautela.

–Nadie sabe su futuro, no puedo dejarlos solos. Eso también es una responsabilidad mía: preparar vuestro futuro.

–Tu padre creó una familia y fue el Consejero, uno de los mejores que hayamos tenido.

–El precio ha sido muy alto. Volviendo a la chica de Nicolás, no es cierto que sea su mitad. Ha sido apenas una idea que me ocurrió.

–Si es sólo una idea, ¿por que me la has dicho?

–Porque eres mi amigo –Juan Pablo pasó los dedos por el pelo –Mi preocupación por Nicolás es muy distinta de la que tengo con ustedes. Cuando es sobre él y debo tomar una decisión siempre me pregunto si soy generoso o duro en mis juicios.

–Muy duro, siempre –declaró Román mirando a su primo a los ojos–. Eres exigente con Nicolás, como nunca lo eres con nadie.

Juan Pablo se encogió los hombros.

–Buen, hasta ahora nunca se ha quejado.

–Cuídate, el niño está enamorado.

–Sí, ese es uno de los motivos por los que pienso que ella es su mitad. Y también por lo que no se lo digo, pues si lo fuera…

Román comprendió el pensamiento que Juan Pablo no expresaba con palabras, tal vez era mejor algo que él pudiera comprender. A él le pasaba.

–¿Cuál es el otro motivo? –le preguntó Román.

–El embrujo. Estoy seguro de que Nicolás ha hechizado a la chica.

–¿Qué te hace sentirte tan seguro del hechizo? Ella se demoró en volver. ¿No ha sido coincidencia?

–Si esa chica hubiese venido hoy por el paseo en lancha, habría llegado más temprano. La he visto saliendo de la estación, era muy tarde para una turista que venia a pasear por el Tigre. Los turistas suelen llegar más temprano. Ella ha venido por Nicolás. Conozco su capacidad para hechizar, no fallaría. Por lo tanto, la demora es porque ella resistió al embrujo. Escuchó el llamado pero ha sido capaz de controlarlo por algunos días. Sólo la mitad de uno tiene la capacidad de resistir a un hechizo por algún tiempo. Al final, cae. Aunque la mayoría de las mitades no se habrían resistido cuatro días, suelen ser dos.

–Es una mitad más fuerte que la mayoría.., –reflexionó Román.

–O no es una mitad.

–¿Cómo así?

–Nosotros no podemos embrujarnos unos a los otros, ¿no?

Román asintió.

–Tal vez ella volvió por el llamado del río y no por el de Nicolás.

–Eso significaría que hay otros, que no viven aquí y que no conocemos.

–Sí –concordó Juan Pablo.

–Y sería peligroso.

–Tal vez, no necesariamente. Quizás estén tan organizados como nosotros, tengan la misma capacidad de ocultarse. Aunque, sin el río no hay el cambio.

–O el cambio ocurre en otro río. Todavía, en ese caso, no sería exactamente un luján.

–Lo cierto es que desde el sábado, toda suerte de posibilidades ha pasado por mi mente. Así como las implicaciones de cada una de ellas.

–Tras todo esto que me has dicho, creo que lo mejor es que Nicolás se acerque a la chica para descubrir si es o no su mitad, así como aclarar esas otras ideas.

–La decisión del Consejero sería esa, pero él puede acabar con el corazón roto. No puedo hacerle eso a mi hermano.

Román miró su primo de manera penetrante.

–Lo que no puedes hacer toda la vida es decidir lo que Nicolás debe o no debe hacer. Eso es todo lo que tengo a decirle.

Juan Pablo se mantuvo en silencio y Román dejó la casa.

3 comentarios:

  1. Hola, Cristina
    El de hoy ha sido un capítulo que me deja con muchas preguntas, las mismas que se hace Juan Pablo, ahora me las hago yo también... ¡Y quiero descubrir las respuestas!
    Esta novela se pone cada vez más interesante. ¿Volverá Juliet a Tigre? ¡Espero que sí!
    Pobre Nicolás, qué molesto debe ser para él que lo traten como a un niño pequeño cuando ya es un hombre de veintitrés años.
    Me gustó mucho este cápítulo.
    Besos,
    Bri

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  2. Me encanto este capitulo, fue super interesante y cada vez vamos descubriendo mas de sus secretos, sera ella su otra mitad ??? es una buena pregunta!
    voy a seguir con el cap. 4 he llegado tarde pero por aquí ando !!
    buena semana !!

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  3. por el cap. 5 quise decir, hoy ando lenta que bárbaro !

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