sábado, 25 de septiembre de 2010

La Magia del Río - CAPÍTULO 3


NICOLÁS RECORRÍA el pasillo de la lancha. Habían pocos pasajeros y si tenía suerte, nadie se habría sentado al lado de su chica. Sonrió. Desde el sábado pensaba en ella como "su chica". El capitán tenía razón: estaba enamorado. No quería pensar en las terribles implicaciones de ese hecho ahora mismo, quería era experimentar esa emoción que le parecía tan fascinante. Además, la chica era turista, o sea, pronto se marcharía y nada grave ocurriría a ninguno de ellos.

Juliet se percató de que alguien paraba en pasillo y tenía la intención de ocupar la butaca a su lado. A pesar de su timidez, alzó los ojos sonriendo de manera gentil. Su corazón dio un vuelco cuando encontró los ojos negros de Nicolás. Él le sonreía, de aquella misma manera que hiciera hace poco en la rampa. Parecía más joven sonriendo que cuando le había visto en el río, el semblante serio y la mirada penetrante. El recuerdo de la piel bronceada cubierta por gotas de agua que brillaban al sol le provocó un escalofrío.

–Hola, señorita. ¿Puedo? –preguntó Nicolás, señalando la butaca al lado de ella.

–Sí, claro.

Él se sentó estirando las largas piernas debajo de la butaca de la próxima hilera. Aunque no estuviese acostumbrado a viajar como pasajero y si trabajando, en un barco estaba en su elemento, y Juliet se percató de eso. Aquél hombre parecía pertenecer al lugar. Ella sonrió de su tontería, claro que pertenecía al Tigre, por cierto moraba allí.

–El paseo por nuestros ríos te ha gustado, ¿no? Has venido el sábado – comentó Nicolás–. Estoy seguro de que te vi en uno de los barcos clásicos mientras nadaba en el Luján.

–Sí.

Nicolás la miró con atención. La chica tenía una expresión amable, pero las respuestas cortas le dejaron en duda. Aunque necesitaba hablar con ella y descubrir qué había visto y pensado de la escena del río el sábado, no podía ser maleducado.

–¿Estoy siendo inoportuno? ¿No tienes ganas de hablar? –preguntó Nicolás–. Dime la verdad, no me enojaré contigo.

La sonrisa generosa de él la hizo temblar. La boca carnuda, invitadora, daba a su rostro una expresión cálida. El brillo de aquellos ojos negros, enmarcados por finas arrugas típicas de un hombre que vive al aire libre, denotaba sinceridad.

–No, no es eso –Juliet hizo un ademán y dio una sonrisa que confirmaba sus palabras.

–Entonces, ¿qué es? –Nicolás sentía como si fuese derretir bajo aquella sonrisa tímida y al mismo tiempo provocativa.

–Es que...yo hablo muy poco de español... –ella empezó a decir, avergonzada.

Juliet nunca había estado tan cerca de un hombre tan atractivo. Era muy distinto de todos los hombres con quienes había tratado en su vida. Aunque ahora, dentro de la lancha y vestido, no tenía toda esa aura mágica de la otra tarde en el río, su virilidad no quedaba oculta.

–Pero lo comprendes, ¿no?

–Sí. He estudiado español, pero nunca tuve la oportunidad de practicar.

–Ahora la tienes –repuso él, con más una de aquellas sonrisas encantadoras–. ¿De dónde eres?

–Arkansas, EUA.

–Sé algo de inglés, por cierto no quedará nada sin entender entre nosotros. Me llamo Nicolás.

La lancha estaba dejando la Estación Fluvial, y Juliet miró hacia la ventana. Por un rato él pudo observala sin que ella se diese cuenta. Era rubia, en un tono no muy claro con algunos mechones más oscuros que parecían obra de peluquería. Los ojos tenían el color del chocolate: un marrón cálido y invitador. Eran muy expresivos. A propósito, la única cosa expresiva en ella. Parecía una chica muy reprimida, su voz, sus ademanes, su sonrisa... todo era medido. Lo único que ella no lograba ocultar era lo que sus ojos revelaban.

Al oírlo presentarse, ella se volcó hacia él e hizo lo mismo:

–Juliet –dijo, tendiéndole la mano.

Él aceptó la invitación y estrechó su mano. Fue un contacto exquisito para ambos. Juliet contuvo el aliento, la mano de él era fría, y aunque la tenía llena de callos, era lisa. Una fuerte emoción invadió a los dos que quedaron algunos segundos en silencio, las manos unidas, mirándose a los ojos. Temiendo asustarla, él fue abriendo los dedos despacio, hasta que soltó la mano de ella.

–¿Algún Romeo en tu vida?

–Había. No más. El príncipe se reveló sapo.

El rió de la broma, pero se percató del brillo triste en el fondo de aquellos ojos encantadores. Por cierto era algo reciente. Tal vez fuese ese hombre el motivo de su viaje. Un viaje de olvido.

–¿Hace muchos días que estás en Argentina? ¿Te gusta?

–Llegué el viernes, y me ha gustado mucho. Todos los días he salido del hotel por la mañana y vuelto poco antes de oscurecer. Visité puntos turísticos, hice compras y –Juliet hizo un ademán hacia el río, sonriendo –paseos en barco.

–Por lo visto estos paseos te gustaron mucho.

–Oh, sí. No estaban en mis planes de viaje, pero el sábado, cuando me percté, ya me quedaba dentro del barco en el medio del río –ella bajó la voz como si aquello fuese un secreto–. Nunca había pisado en un barco, me muero de miedo y... aquí... es como si ellos me llamasen.

–Quizás te llamen.

Ella rió con gusto.

–¿El Delta está encantado?

–Tal vez –repuso él–. Todo lugar tiene sus leyendas.

Ella lo miró con curiosidad, provocándole escalofríos.

–He investigado sobre el Delta y no encontré ninguna. ¿Hay registros?

Nicolás dio un suspiro de alivio, ella no sabía de ellos. Aún.

–Muy pocos y no se los considera oficiales. Creo que en los últimos años se ha investigando y elaborando un libro sobre nuestras leyendas.

–¿Vives aquí?

–Sí, he nacido en las islas. Mi familia vive aquí hace algunas generaciones.

Ella le dio una sonrisa burlona al mirar que la guía que hablaba de los clubes de remo instalados en las orillas del río.

–Entonces, creo que hoy no necesito de ella.

–No, y además puedes hacer todas las preguntas que quieras. Hoy tienes un guía particular.

Ella estremeció bajo la intensidad de la mirada de él y volvió la cabeza hacia la ventana.

–¿Vives en una de las islas con tu familia?

–Yo y mi hermano compartimos la casa que ha sido de nuestros padres, en el Luján, cerca de donde yo nadaba el sábado.

–Por lo visto es común bañarse en estos ríos –comentó Juliet, aún mirando por la ventana.

–Sí. El color oscuro del agua da una impresión equivocada a los que no conocen el río. No se trata de contaminación sino de los sedimentos que los ríos traen desde el interior. Es eso que va a formar las islas. El Delta está en movimiento, es vivo... crece a cada año. Podrás ver como nacen las islas, el recorrido que vamos a hacer lo muestra al revés: primero vamos a ver las islas formadas y después las varias fases de formación.

–Parece muy interesante –dijo ella volviendo a mirarlo con genuino interés en el tema de la conversación.

–Y lo es –él rió–. Al menos para mí que amo este lugar.

–Es encantador, no creo que alguien pueda conocerlo sin apasionarse– Juliet volvió a mirar el agua y enseguida a Nicolás–. ¿Hay muchos peces en estos ríos del Delta?

–Algunos. Son ríos urbanos. Aunque los arroyos y canales entre las islas intenten compensar, no tenemos una fauna o flora exuberante como si estuviéramos en una floresta tropical.

Ella miró el agua en silencio por algunos minutos, pensativa. Aunque el paisaje fuese impactante, por cierto no podría ser descrito como exuberante, los colores se alternaban en tonos de verde y marrón. Así mismo no había monotonía en el paisaje. Quizás fuese el movimiento del agua, o la presencia de los muelles, o los canales y arroyos... el cierto era que cada metro que avanzaban parecía un nuevo paisaje y no una repetición de lo que había visto.

–El sábado vi un pez –dijo Juliet sin mirar a Nicolás.

–Has tenido suerte, por el color del agua, es muy difícil verlos, excepto cuando asoman a la superficie.

–Era grande –dijo ella volviéndose hacia él.

–¿Uno de esos que sería la alegría de un pescador?

–Muy grande, Nicolás –ella vaciló antes de añadir– Grande como un delfín.

Bien, lo había dicho. Juliet tomó aire, esperando las carcajadas de él. ¿Quién quedaría serio tras oír tal tontería? Nicolás se estaba se mostrando muy gentil y educado, además de flirtear abiertamente con ella, tal vez sólo se riese de una manera discreta o disfrazada. Esperó.

–¿Un delfín? –preguntó él sin reír.

–Algo así –masculló ella, ya arrepentida de haber tocado en el tema.

Él puso los ojos en plato y dijo como si recordase algo:

–¡Una franciscana! ¡Has visto una franciscana, Juliet!

Ella lo miró y dijo:

–Aunque lo hubiese dicho todo en inglés, yo no te habría comprendido. Parece algo bueno...

–Dicen que lo es, seguro que es muy raro –él se puso de rodillas junto a la butaca de ella y apuntó el agua–. El río tiene poca profundidad, no comporta especies muy grandes. Los peces de estos ríos suelen tener, los mayores, 40 cm. A veces llegan a los 60, pero es raro. En los ríos mayores del Delta, hay especies hasta con 1,1 m.

–Y esa tal franciscana, ¿qué es?

–Un delfín.

Ella rió.

–Los delfines viven en el mar, ¿no?

–La mayoría, no todos. Hay especies de río, y la franciscana puede vivir en el agua dulce o salada.

Juliet lo miró espantada y él continuó:

–La franciscana suele vivir en el Río de La Plata. Tienen un color castaño grisáceo y son muy grandes, como has dicho. Las hembras pueden alcanzar hasta 1,8 m. ¿Es algo así que has visto?

Ella quedó un rato en silencio, pensativa. Sí, un pez oscuro, no brillante, y del tamaño de un hombre adulto.

–Sí, así –respondió Juliet.

–A veces, las franciscanas avanzan por los ríos del Delta. No sé el porque, pero sé que lo hacen. Es muy raro, y por eso es considerado un buen augurio verlas cerca de las islas.

Juliet sonrió y volvió a mirar el río. Buen augurio. Tal vez hubiese sido eso lo que ocurriera el sábado: el anuncio de nuevos tiempos en su vida. Tiempos mejores.

Mientras recorrían los ríos Nicolás fue enseñando a Juliet los puntos curiosos, las características de las islas, las plantas y costumbres locales. Él parecía ser una persona muy paciente, consideró todas sus preguntas con seriedad, incluso las más sencillas. Además, como ya le había dicho, él amaba aquellas islas y los ríos, lo que daba un tono muy diferente a lo que le explicaba. Juliet se preguntó si era así como los niños a quienes enseñaba en el Jardín de Infantes se sentían cuando ella hablaba de un tema que le gustaba más que los otros... Ojalá lo fuese, oyendo a alguien hablar de esa manera se aprendía mucho más.

De repente las islas disminuyeron y sumieron, dando su lugar a una inmensidad de agua.

–Río de La Plata –anunció Nicolás.

–¿Río? ¿Estás seguro de que no es mar?

–Completamente. Si quieres, vamos a la popa y puedes probar el agua: es dulce.

–Gracias, me quedo muy bien acá –dijo ella batiendo levemente con los nudos de los dedos en la ventana–. A propósito, me sentí mucho mejor en esa lancha con ventanas cerradas.

–Así no puedes sentir el olor del río... no entras en contacto con él.

–Ni con él, ni con mi miedo.

Nicolás rió y ella le acompañó.

–Usted no tiene miedo del río porque ha nacido en él –rezongó Juliet.

–Ni podría tener miedo, soy marinero.

–¿En la Armada o en el río?

–En el río, no puedo quedarme lejos de él –dijo Nicolás en tono tan dramático que la hizo reír.

–¿En uno de estos? –preguntó Juliet.

–No, en los catamaranes.

–¿Aquellos monstruos que he visto en el río? –Nicolás asintió, riéndose de la definición de ella–. Gracias, no me subo en uno de aquellos ni muerta.

–Son más estables, y dicen que son insumergibles.

–Desde luego. Los constructores dijeron que el Titanic era indestructible, ¿no?

Nicolás volvió a reír. Juliet se preguntaba por donde andaba su timidez, él flirteaba abiertamente con ella y ni siquiera se había sonrojado una vez. Quizás fuese porque Nicolás mantenía la conversación en un nivel impersonal, mientras lanzaba hacia ella esas miradas cálidas y haciendo ademanes que hacían sus cuerpos si rozasen con frecuencia. Solo había hecho una pregunta personal: si había alguien en su vida y tras la respuesta de ella, no comentó nada. A lo mejor se percató de que era algo que aún dolía mucho.

Como ahora iban por un territorio no tan conocido por Nicolás, le prestaron atención a los guías. A los lejos, Buenos Aires parecía una ciudad fría y arrogante, lo que no era. Juliet escuchaba con atención las palabras del guía y cuando no lograba comprender algo, preguntaba a Nicolás que se lo explicaba con aquella paciencia que parecía tan peculiar.

Vieron el aeropuerto local, el puerto con sus inmensos navíos de carga y aterradores guinches. Entraron en Puerto Madero. Juliet sintió una incómoda tristeza por el fin del paseo. Llegar al puerto significaría despedirse de Nicolás. Le había gustado la compañía de él, por primera vez estaba sintiéndose a gusto junto a un hombre.

Sí, no le había preguntado la edad pero aunque era joven, Nicolás no podía ser descripto de otra manera que como un hombre. Ni toda su gentileza y discreción al no hacerle preguntas personales podía ocultar lo muy atractivo que era.

Bajaron de la lancha y él tomó su brazo mientras subían la rampa del puerto.

–¿Qué piensas hacer? –preguntó él –¿Seguir directo para tu hotel?

–Tal vez –repuso ella mientras observaba el estacionamiento casi vacío al cual la rampa les había conducido–. La verdad, Nicolás –Juliet tomó aire, aunque parecía tan fácil confesar sus flaquezas a él –, es que no sé donde estoy. No voy seguir hasta el hotel. Voy buscar mi hotel.

–Lo siento, pero eso no me suena bien –comentó Nicolás cruzando el estacionamiento aún llevándola del brazo.

–El vendedor me ha dicho que está cerca, por eso me he arriesgado en esta aventura.

–¿Ha sido una aventura para ti? –preguntó Nicolás con sincera curiosidad.

–Una gran aventura –confirmó Juliet.

–Si no tienes un mapa en tu bolso, prepárate para otra gran aventura. Conozco muy poco de Buenos Aires, seremos dos perdidos.

Ella rió mientras abría uno de los bolsillos de su bolso.

–Soy una aventurera, no una irresponsable –dijo ella, exhibiendo un mapa turístico.

2 comentarios:

  1. Hola, Cristina
    Qué bonita esa primera conversación entre ellos. Y la descripción del tigre, y de ese paseo en barco, es fabulosa; es como estar haciendo también el recorrido.
    ¿Así que Franciscana, eh? ¡Qué astuto!
    Bueno, quiero saber como sigue, y disfrutar de lo que será el paseo por Buenos Aires.

    Besos,
    Bri

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  2. Que bonito capitulo en verdad !! que suerte que pudieran conversar, él es muy respetuoso y hace bien en no indagar sobre su vida personal, y a ella al menos no les indiferente.Al ser de Uruguay me hago una idea de como son los lugares ya que tengo familia en Mar del Plata.
    Buen fin de semana !!
    besos ^ ^

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