viernes, 24 de septiembre de 2010

La Magia del Río - CAPÍTULO 2


NICOLÁS DESPERTÓ temprano en el lunes. Había pasado todo el domingo en la Estación Fluvial, pero la chica no volvió. Se quedó un rato más tumbado en la cama, pero la ansiedad le hizo levantarse. Se asomó al balcón de su cuarto y miró hacia el río. Sintió el llamado... y por primera vez en su vida, eso no le agradó. Sin embargo, no podía ignorarlo. Bajó y, dejando la casa hacia atrás, siguió hasta el río.

Dos horas después volvió a casa, encontrando su hermano en la cocina.

–Buen día, Juan Pablo.

–Buen día. ¿Algo no está bien?

Nicolás se encogió los hombros sin decir nada.

–¿Es por la chica? –insistió Juan Pablo.

–Por muchas cosas. No quiero hablar de eso.

Nicolás dejó la cocina y subió a su cuarto. Se percató de que su hermano le seguía y, aunque eso no le gustó, dejó la puerta abierta al entrar. Asomó al balcón y fijó los ojos en el río. Juan Pablo no entró, se apoyó en el marco de la puerta, cruzando los brazos sobre el pecho. Miró su hermano en silencio por un rato.

–Si no me dices lo que pasa, no puedo ayudarte.

–No necesito de ayuda.

–¿Has embrujado la chica?

Nicolás resopló, irritado con la insistencia de su hermano.

–Eres el hombre que nos controla a todos nosotros, debes saber la verdad.

Siempre la sabes.

–Más que "el hombre que controla todos", soy tu hermano. Y te quiero mucho.

–Lo sé.

–Entonces, ¿no puedes mirarme cómo a tu hermano? ¿O sólo cómo al Consejero?

–Eres demasiado poderoso para ser mi hermano –repuso Nicolás riendo–. Soy poco más que un pez de acuario.

–No has contestado mi pregunta.

Nicolás volvió al cuarto y miró su hermano.

–Estoy siendo infantil, ¿no?

–A veces uno lo es –repuso Juan Pablo con el semblante serio.

–Tú no. Nunca –observó Nicolás, sentando en la cama–. Ni siquiera eres capaz de sonreír... no recuerdo cuando ha sido la última vez que he visto una sonrisa en tu cara...

–También no lo sé, pero lo cierto es que la causa de ella ha sido tú. Eres todo que tengo, mi hermano.

–Una compañera...

–Sabes que no voy a buscarla –atajó Juan Pablo, bruscamente–. Ya discutimos eso cuando te expliqué las implicaciones de una relación entre nosotros y una mujer. Lo que hagas de tu vida es elección tuya, así como lo que haga de la mía es mi responsabilidad.

Nicolás balanceó la cabeza. Su opinión quedaba en desacuerdo con la de su hermano, pero no quería discutir eso ahora. Ya tenían tantos otros motivos para una discusión...

–No vas a desistir de hacerme contártelo todo, ¿no?

Juan Pablo inclinó la cabeza en un gesto muy familiar para Nicolás: en silencio, su hermano exigía que hablase. Pues bien, tenía que hablar. Empezó:

–He embrujado la chica, sí. No estoy seguro de que ella haya visto el cambio, ha visto al pez y a mi. De eso estoy seguro. La embrujé por precaución.

Tras esa confesión hubo un largo silencio.

–¿Qué planeas hacer cuándo ella vuelva? –preguntó Juan Pablo en voz baja.

–Conversar. Descubrir lo que ella ha visto... que conclusiones ha sacado... –Nicolás sonrió–. No es mentira que ella me gustó.

–Cuidate, hermano. Es todo lo que te voy a decir.

–¿Nada más? –preguntó Nicolás, sorprendido.

–Tal vez el Consejero quisiera hacerte alguna reprimenda, pero no ha venido hoy. El único hombre que está aquí es tu hermano, y ese desea que seas feliz.

Nicolás sintió las lágrimas asomaren a sus ojos. Nunca se había sentido tan cercano a su hermano, había quince años de diferencia entre ellos. Él era un niño cuando sus padres murieron, Juan Pablo, un hombre. Su hermano le cuidó, como hacía hasta hoy. Se puso de pie de un brinco y abrazó Juan Pablo.

–Gracias, hermano. No voy avergonzarte delante de nadie.


JULIET MIRABA el vaso de jugo por la mitad, así como la tarde. La pena que sentía de si misma por haber sido tan tonta con Bryan empezaba a transformarse en rabia. No podría decir que eso era mejor o peor, pero se sentía más feliz con rabia que apenarse de si misma.

El río. Cada vez que pensaba en desplazarse a algún lugar diferente, su pensamiento volvía al río. Quería y no quería volver al Tigre. El paseo le había gustado desde el principio, pero aquel hombre le había perturbado en demasía.

Tenía miedo de volver a verle, y de no volver, también. Sabía que si regresaba otra vez y no veía al desconocido, quedaría desilusionada.

Él la asustaba y fascinaba a la vez.

Quizás necesitase de eso: una aventura con un hombre atractivo como aquél. Rió de si misma, nunca sería capaz de tener una aventura. Ni siquiera con un hombre como aquel del río. Aunque se lamentara por esa decisión, no sería capaz. Volvió a reírse, ¿desde cuándo un hombre como aquél tendría interés en una mujer como ella? Alguien como él podría escoger la mujer que quisiera, por cierto ya tendría una. O muchas...

No. No iba cambiar sus planes. Mañana haría la visita al zoo, miércoles al Jardín Botánico, el jueves iba hacer compras. El viernes tal vez ya no estuviese en Buenos Aires... había planeado sólo una semana, nada más. Si se quedaba más tiempo en la ciudad podría visitar un mismo lugar dos veces, pero esa semana no cambiaría nada. A propósito, había hecho un cambio: el paseo en el río.

Salió del Arkansas con sólo dos actividades planeadas: la visita a la Feria de Mataderos y el recorrido del Tren de la Costa. Había leído sobre los paseos de barco en el Delta, pero nunca viajaba en barco y no pretendía hacerlo. En el Tigre, empezó a caminar por la orilla del río. No solía hacer eso, los ríos no tenían atractivos para ella. Miró el agua, sacó fotos... y cuando se dio cuenta, estaba en la rampa con un pasaje en las manos.

Había sido un cambio, no haría otro. Los cambios no le gustaban. Tenía la necesidad de tener todo planeado, organizado, para sentirse segura.


ACOSTADO EN SU cama, todas las luces apagadas, mirando hacia el techo, Nicolás se preguntaba porque la chica aún no volviera a Tigre. Tal vez no la había embrujado; a fin de cuentas esa había sido la primera vez que intentaba hacerlo. A pesar de que su hermano haber le había enseñado personalmente como se hacía, nadie podía decir que lo sabía mientras no lo hiciese. Había hecho lo que Juan Pablo le había enseñado, pero la chica no volvió. Buen, tal vez ella pensara que había recorridos sólo los domingos y que el lunes la Estación Fluvial no estaba abierta. Quizás viniera mañana...

Se adormeció pensando en ella.

El martes fue largo. Nicolás se despertó temprano, nadó en el río,volvió a la casa y tomó el desayuno con su hermano. Siguieron para Tigre y él quedó deambulando por la Estación durante todo el día. Ya era noche cuando volvió a casa con Juan Pablo.

Un día más sin encontrarla.

Como siempre, su hermano siguió para su casa mientras Nicolás cuidaba de los amarres del barco en el muelle. Volvió a mirar el cielo estrellado cuando terminó sus actividades y tomó el rumbo de casa. Iba desanimado y sólo se percató de la presencia de su hermano en la puerta de la cocina cuando ya estaba muy cerca suyo. Se detuvo en medio del camino.

–¿Quieres hablar? –preguntó Juan Pablo.

–Creo que no.

–Crees... ¿o estás seguro que no?

Nicolás rió.

–Muy bien, has ganado. Vamos hablar de eso antes que yo me vuelva loco –dijo el joven siguiendo hacia los muebles blancos de hierro que había en el jardín lateral de la casa.

Aunque hubiese iluminación allí, Juan Pablo no la encendió. Siguió a su hermano en silencio. Nicolás se había sentado y enterrado el rostro en las manos, en un gesto de desesperación. Juan Pablo se sentó en una silla frente de su hermano y esperó. Un tiempo después, más calmo, Nicolás alzó la mirada hacia su hermano.

–Creo que no conseguí embrujarla.

–¿Lo dices sólo porque ella aún no ha vuelto a Tigre?

–Sí. La vi el sábado... mañana es el cuarto día. He fracasado, no aprendí ni siquiera a embrujar un humano.

–Tal vez no.

Nicolás miró su hermano con curiosidad.

—¿No qué? ¿No aprendí a embrujar? ¿O no fallé?

Observó Juan Pablo sorber un largo trago de cerveza, la lata brillando bajo la luz de la luna, esperando la explicación.

–Quizás hiciste el embrujo de la manera correcta y la chica se esté resistiendo. Por eso aún no ha venido.

–¿Es posible un humano resistir a un hechizo nuestro? –preguntó Nicolás muy sorprendido con la novedad, su hermano nunca le había dicho eso. Siempre había hablado de embrujar un humano como si fuese una certeza.

–No es imposible –respondió Juan Pablo de manera evasiva.

–Estás diciendo eso como consuelo, sé que o hechizas o no hechizas.. Nosotros podemos hacer cosas que los humanos no pueden y podemos hacer cosas con ellos.

–Y ellos pueden hacer cosas con nosotros –dijo Juan Pablo con la voz sombría que usaba algunas veces–. Nunca te olvides de eso.

–Es ese el motivo de mi preocupación ahora –Nicolás miró su hermano a los ojos, tan negros cuanto los suyos, con firmeza–. Aunque me gustaría ver aquella chica otra vez por motivos muy personales, el no verla ya no escapa del ámbito personal. Ella me vio y al pez, si no vuelve pero busca respuestas a sus preguntas sobre el tema, todos estamos en peligro.

–Sé eso.

–Fallé en la única situación en que no debí haber fallado.

Juan Pablo se sintió orgulloso de su hermano. La declaración no tenía ni matices de reproches o lamentos, había sido una fría constatación de un hecho. Nicolás hablaba como un hombre, no como un niño.

–Aún me quedo con la opción de que la chica se resiste a tu hechizo. Por ahora no voy considerar que has fallado.

–Tienes motivos para pensar así –observó Nicolás, intentando hacer que su hermano hablara más de lo que quería.

–Por supuesto.

–Sabes muchas cosas que no me has dicho

Juan Pablo se quedó en silencio y Nicolás prosiguió:

–Incluso sobre nuestra familia. ¿Nunca vas a contármelas?

–Todo a su tiempo. Ahora, por cierto, no. Tienes esa historia de la chica para ocuparte.

Sabiendo que su hermano no diría nada más, Nicolás se quedó observándolo. Juan Pablo volvió a sorber su cerveza mientras lo miraba de una manera sombría. Nicolás tenía veintitrés años, sus padres lo habían dejado a los seis. Hacía diecisiete años que su hermano lo cuidaba como a un hijo. La muerte de los padres y los quince años que les separaban hacían que la relación entre ellos se aproximase más a la de un padre e hijo que a la de hermanos. Eran compañeros, pero Nicolás se sentía en una posición de obediencia todas las veces que quedaban en desacuerdo en algún tema. Quizás fuese porque Juan Pablo era el Consejero...

–Vete a la cama, niño, y duerme. Sueña con tu chica, pues mañana es otro día y ella puede venir.

–¿Eso es una orden? –preguntó Nicolás riendo.

–Estás muy viejo para que yo te dé ordenes. Eres un hombre, por lo tanto, lo que te doy son consejos.

Por primera vez Nicolás vio rasgos de cansancio en el rostro de su hermano. Sonrió. Eso le hacía más humano. Algunas veces, Juan Pablo parecía ser hecho de piedra. Se levantó, besó la mejilla de su hermano deseándole una buena noche y siguió hacia su cuarto deseando cumplir la orden de soñar con la chica.


JULIET NO PUDO contener el sentimiento de rabia de si misma que le invadió mientras el tren seguía para Tigre. Había pasado la mañana en el Jardín Botánico y, sin pensar, tomó el subte para Retiro y el tren. Si quisiera, podría bajar del tren, seguir hasta la boletería, comprar el pasaje de vuelta y volver. Nada le obligaba a quedarse más tiempo que ese en Tigre o a salir de la estación. Así lo haría.

A los pocos la rabia iba disminuyendo. Volvería a su pequeña ciudad en Arkansas más orgullosa de si misma y más segura. Para una chica que nunca había salido de su ciudad si no fuese llevada por sus padres o su novio, estaba comportándose muy bien en la capital de un país desconocido. Ex desconocido, pues ya se sentía familiarizada con la ciudad. Quizás fuese por el daño que Bryan le había hecho, por la falta de apoyo de su familia... fuese lo que fuese, la verdad era que no echaba de menos su vida o su casa.

Otra vez la fuerza del río había sido mayor que su voluntad y Juliet tenía en manos otro pasaje para un paseo de barco. Y esa vez algo aún más osado: un recorrido del Tigre a Buenos Aires. No quería hacerlo, pero el hombre insistió... no, él no había insistido, ella es quien había querido probarse a si misma que podía. El vendedor, viendo su indecisión le preguntó donde se hospedada y le dijo que serían diez minutos de taxi hasta su hotel. Rió. Ella no andaba en taxi, prefería recorrer la ciudad a pie.

Puerto Madero... estaba segura de que el barrio constaba en su mapa. Avergonzada demás de mirar el mapa delante de todos, siguió hacia el baño. Abrió una amplia sonrisa al ver que era cerca, muy cerca del centro. Bastaría con llegar a alguna calle y consultar su mapa para tomar la dirección correcta. Pues bien, no haría una tontería.

Nicolás se distraía conversando con sus amigos en la Estación. Casi cuatro horas y nada de la chica, por lo visto ella no vendría. Estaba cerca de la rampa de embarque de la lancha para Buenos Aires cuando alguien llamó a su móvil. Su corazón dio un vuelco al mirar la identificación de la llamada.

–Dime, Verónica.

–Hola, Nicolás. Estoy bien, aunque echándote de menos pues no has venido a verme desde el almuerzo.

–Verónica...—masculló él–. Si es una broma...

–Por supuesto que no haría eso contigo. Creo que acabo de verla ahora mismo. Es muy parecida al dibujo que me diste el domingo.

Nicolás sonrió. El sábado por la noche había hecho muchos dibujos del rostro de aquella chica. Primero, por gusto, después, para enseñarlo mientras la buscaba. Había dado uno de ellos a Verónica, es decir, había sido el único que había mostrado a alguien. Por lo visto, había sido útil.

–¿Dónde está?

–Ahora, en el baño. Quédate donde estás, ella ha comprado un billete para Buenos Aires.

–¿Segura de eso?

–Es el único paseo de ellos que aún queda hoy, ¿no?

–Si.

–El billete sólo puede ser para ahí.

–Desde luego. Gracias, Verónica.

–Cuidate, primo.

Nicolás concluyó la llamada con los latidos del corazón acelerados. No tuvo tiempo para hablar con el capitán, ella venía hacia la rampa de embarque.

Caminaba despacio, de una manera dudosa: podría ser mucha con confianza o insegura. Ella se acercó al grupo de marineros y él la miró a los ojos.

–Hola –saludó Nicolás.

Ella respondió muy bajo y desvió los ojos. El marinero de la lancha miró el billete en la mano de ella y la condujo hacia la escalera. El capitán miró a Nicolás con un brillo divertido en los ojos.

–Lo siento. No hay tiempo para que te compres un billete.

–¿He sido tan obvio?

–No. Lo único que esa mirada dijo es que estás enamorado de esa chica. Nada más –bromeó el capitán.

–La verdad –Nicolás rió.

–Es por ella que has venido a la Estación todos los días, ¿no?

Nicolás asintió, sonriendo. Pocas veces se había sentido más feliz en su vida.

–Vamos –llamó el hombre.

–¿Sin pasaje?

–Mañana te arreglas con la oficina. Mientras tanto yo les contaré tu problema.

–Ahora no es más un problema. Gracias.

Los dos hombres bajaron la escalera.

2 comentarios:

  1. ¡Oh, por Dios! ¿Y tengo que esperar hasta mañana para saber si Nicolás logrará hablar con Juliet? ¿Qué le dirá? ¿Cómo reaccionará ella?
    Me encantó el capítulo. Poco a poco nos dejas ver la ternura que hay en él, las dudas... veo que será un personaje absolutamente adorable.

    Besos,
    Bri

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  2. Muy buen capitulo me ha gustado mucho, estoy intrigada con el tema de los hechizos y lo que pueden hacer, me gusta mucho ese tema.
    De que hablaran me pregunto yo también, ella podrá resistirse a su hechizo, mejor que no a si se enamorara también de él !!
    buen fin de semana !!

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