martes, 13 de julio de 2010

La babosa


Ese pequeño cuento fue inspirado en el poema "Leilão de Jardim" de Cecília Meirelles.


El niño andaba de un lado para el otro, más agitado que habitualmente. La madre sonreía, observando su hijo... él venía creciendo tan rápido!

— ¡Mamá! ¡Hay un montón de mariquitas aquí! — él daba saltos de alegría frente a un rosal.

— No las asuste, Pedro, ellas comen los áfidos, que hacen mal a los rosales. Si quieres ver rosas bonitas en la primavera, deja las mariquitas ahí. — la voz tranquila de la madre traía implícita una orden.

— ¿No puedo coger ninguna? — una expresión de lloro se formó en la boquita rosada del chico, sus ojos azules exigían una respuesta.

— No, mi hijo. Si usted intentar coger una, asustará las otras.

El tono de la voz de ella dejaba claro que no quería más hablar de eso. Ya que no podía juguetear con las mariquitas, tenía que buscar otra cosa para distraerse mientras la madre podaba los rosales. El muro cubierto por la hiedra era reducto de varios animalitos, pero como algunos eran peligrosos, hacían mal a los niños, él era prohibido de llegar muy cerca. Sólo podía quedar mirando.

— No metas la mano en la hiedra, Pedro.

— Yo lo sé, mamá, estoy sólo mirando, como la señora me enseñó.

Madre e hijo intercambiaron una sonrisa llena de amor, pero el chico no quedó mirando su madre por más tiempo, porque un sapo pasó en su frente, saltando apresurado. Inmediatamente, Pedro se puso de cuatro y, saltando en una tentativa de imitar el sapo, hizo el mismo camino que él. La madre se rió mucho.

Pero inmediatamente el sapo perdió la gracia, y sus próximas víctimas fueron las mariposas coloreadas que sobrevolaban el jardín, buscando los últimos néctares del verano en la lucha por la supervivencia duro y largo invierno. Durante mucho tiempo, Pedro corrió de un lado para el otro del amplio jardín de su casa atrás de ellas.

La madre lo observaba con una punta de tristeza, se preguntaba si él continuaría a ser ese chico alegre que estaba en su frente tras encontrarse con el padre. Fuera una decisión desquiciada, de la cual ya se había arrepentido, pero que no podía volver atrás.

Pedro siempre le había preguntado sobre el padre, y ella lo había contestado con respuestas vacías. En el último verano esas preguntas se hicieron más frecuentes, él estaba comprendiendo mejor las familias de sus amigos y quedaba preguntando ¿por que la suya era diferente. ¿Donde estaba su padre? Muchas noches de sueño la madre había perdido pensando en cuál sería la mejor decisión para él. No podía ser egoísta, tenía la obligación de hacer lo que era mejor para su hijo. Había sido con uno aprieto en el corazón que decidiera presentarlo a su padre.

Lo había decidido en un momento de locura, e inmediatamente lo había dicho al hijo que iban a viajar al encuentro del padre de él. Pedro se quedó entusiasmado y lo dijo a todos sus amigos que iba a viajar para visitar el padre. Sus amigas de la aldea vinieron a conversar con ella sobre el tema y la aconsejaron a desistir de la idea, pero ya era tarde: no podía decepcionar su hijo.

— Mamá, ¿cuántos días quedan para el viaje para encontrar el papá?

El mirar ansioso del chico a hacía estremecer... y si el padre no quisiera verlos? Estaría ella proporcionando a su hijo una decepción aún mayor del que se desistiera ahora y sólo lo dejara ir atrás del padre cuando fuera hombre hecho? Rezaba todos los días para que las cosas no fueran así.

— Tres días, mi amor, por eso estoy apresurándome en dejar el jardín listo para el invierno. Cuando volvamos a casa, encontraremos nuestro jardín lindo como siempre ha sido.

— ¿Nosotros vamos a volver? Pensé que íbamos a quedar allá para siempre...

La madre dio un respingo... bien que sus amigas dijeron que había sido una mala decisión. Debería haber continuado su vida allí, sólo los dos... si amaban el bastante para una familia entera.

— Desde luego que nosotros vamos a volver, Pedro, esa es nuestra casa.

— ¿Y el papá va a volver con la gente? — su vocecilla infantil tembló, mostrando que él poseía una correcta noción de la vida adulta.

— Creo que no, mi amor.

El chico quedó un tiempo en silencio, mirando los pequeños animales del jardín y pensando en el futuro.

— Ni sé si yo voy a gustar de él. Si es un papá aburrido, es mejor que se quede allá mismo. — dijo Pedro tras un largo silencio.

Eso cortó su corazón de madre, demostraba la inseguridad que él tenía en relación a ese encuentro. Aún había tiempo para desistir... mientras no embarcaran en el navío, podría cambiar el rumbo de esa historia. Sin embargo, nunca había sido mujer de faltar con sus promesas al hijo, y le había prometido que encontraría su padre. Fuese cuál fuese el precio, tendría que cumplir eso.

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